Hay guerras que se libran en los territorios. Y hay guerras que se libran, silenciosamente, sobre la conciencia del mundo.
La que hoy encabeza Donald Trump no es solo una confrontación geopolítica: es una maquinaria que ya empezó a triturar economías, a tensar mercados, a disparar el precio de lo esencial y a sembrar una incertidumbre que no reconoce fronteras.
Lo que parecía lejano ya se siente cercano. Lo que parecía ajeno ya nos toca.
Se nos dijo muchas veces que las guerras modernas serían quirúrgicas, contenidas, inteligentes. Nada más lejos de la verdad.
Las guerras siguen siendo lo que siempre han sido: desorden, dolor y negocio. Porque cuando el mundo tiembla, alguien siempre hace negocio.
Ganan los que venden armas. Ganan los fabricantes de uniformes, de botas, de botones y de cinturones. Ganan los que abastecen alimentos para los ejércitos.
Ganan los que diseñan y venden aviones de combate que cuestan millones de dólares. Ganan los que producen drones capaces de vigilar, perseguir y destruir con precisión milimétrica.
Ganan los que fabrican minas que seguirán matando mucho después de que los discursos anuncien la paz. Ganan los mercados de la guerra. Ganan los inversionistas del miedo.
Ganan los que han convertido la muerte en una cadena de suministro perfectamente aceitada.
Y mientras tanto, perdemos todos. Perdemos quienes no pedimos estas guerras. Perdemos quienes no las entendemos. Perdemos quienes asistimos, impotentes, a la repetición de una historia que juramos no volver a vivir.
Perdemos quienes vemos imágenes que ya no deberían existir en pleno siglo XXI, y sentimos cómo el corazón se nos revuelve con el estómago. Perdemos porque la inflación deja de ser un dato técnico y se convierte en angustia diaria. Perdemos porque la estabilidad económica se fractura y el futuro se vuelve incierto. Perdemos porque cada decisión tomada lejos de nosotros termina afectando lo más cercano: la mesa, el trabajo, la tranquilidad.
Esta no es una guerra de héroes. Es una guerra de proveedores.
Pero hay algo aún más inquietante que el estruendo de las armas: el deterioro del lenguaje público, la banalización del poder y la desaparición progresiva de la verdad.
Vivimos tiempos en los que los discursos oficiales, en distintos países, parecen construidos sobre versiones parciales, contradictorias o comodines de la realidad.
Se descalifica al adversario en lugar de resolver los problemas. Se administra la percepción en lugar de enfrentar los hechos.
Se repiten frases que pretenden tranquilizar, pero que en el fondo solo evidencian desconexión. Y en ese ruido, la justicia se va diluyendo.
Como bien recuerda la Campaña Pascual por la Paz en este abril de 2026, retomando Laudato Si’ (70):
“Cuando la justicia ya no habita la Tierra, toda la vida está en peligro.”
Nunca esa advertencia había sido tan clara.
En Yucatán, vemos autoridades enfrascadas en pleitos estériles mientras las necesidades reales quedan desatendidas. A nivel nacional, el discurso oficial insiste en construir su propia narrativa, aunque la experiencia cotidiana diga otra cosa. Y a nivel global, la contradicción se ha vuelto norma: hoy se afirma una cosa, mañana la contraria, como si la coherencia fuera prescindible.
Mientras tanto, los más vulnerables cargan con el peso completo de estas decisiones. El pobre se aleja cada vez más de cualquier oportunidad real. El migrante es perseguido, señalado, tratado como amenaza en lugar de ser reconocido como ser humano.
La desigualdad no solo persiste: se profundiza, se normaliza, se vuelve paisaje. Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿Qué nos queda frente a un mundo que parece haber extraviado el sentido? Nos queda la responsabilidad. No una responsabilidad abstracta o grandilocuente, sino concreta, cotidiana, incómoda.
La solución no será inmediata. No será sencilla. No vendrá de un solo liderazgo ni de una sola decisión. Pero empieza en algo que todavía está a nuestro alcance: hacer cada uno lo que nos corresponde. No ceder ante la indiferencia. No acostumbrarnos al horror. No justificar la injusticia por cansancio o por miedo. No repetir sin pensar lo que otros quieren que creamos.
Sostener la dignidad, incluso cuando el entorno la erosiona. Elegir la empatía cuando el discurso dominante empuja al rechazo. Actuar con justicia en lo pequeño, aunque lo grande parezca perdido.
Porque si los que ganan la guerra son los que lucran con la destrucción, entonces el resto del mundo tiene que decidir de qué lado de la historia quiere estar.
No hay neutralidad posible frente al dolor. No hay distancia segura cuando la injusticia se vuelve norma.
O se normaliza la barbarie, o se le pone un límite. Y ese límite no lo van a imponer los poderosos, ni los mercados, ni los discursos vacíos. Ese límite lo ponemos nosotros.
Cada vez que nos negamos a aceptar la mentira como verdad. Cada vez que defendemos la dignidad, aunque sea en lo pequeño. Cada vez que entendemos que la paz no es un discurso, sino una responsabilidad.
Y todavía —todavía— estamos a tiempo. Porque el día que la guerra deje de escandalizarnos, ese día ya no habrá nada que salvar.
Porque si los que ganan la guerra son los que lucran con la destrucción, los únicos que pueden evitar que todo esté definitivamente perdido somos los que todavía creemos —y practicamos— la humanidad.— Mérida, Yucatán.
Abogada y escritora
