No es cosa menor que dos mexicanos obtengan dos de los galardones más prestigiosos de las letras. A uno le fue otorgado el más alto en idioma español, el Premio Cervantes. El otro conquistó el Alfaguara de novela.
Las letras mexicanas están de fiesta por estos lauros, independientemente de si se comulga con las obras de los recipiendarios.
Mucho se ha dicho de Gonzalo Celorio, un hijo de la UNAM, que recibió el llamado Nobel en español, séptimo mexicano en conquistarlo y quien con ello corona toda una vida dedicada a las letras desde numerosos ángulos.
David Toscana recibió, por “El ejército ciego”, el Alfaguara de novela, galardón que calificó como “el que todos deseamos”.
Ambos reconocimientos se entregaron en España, país que asume con seriedad su papel de padre y promotor de la lengua española. Basta echar un vistazo a las páginas de certámenes literarios para constatar que más del noventa por ciento son convocados por instituciones de aquel país.
La visita española de estos mexicanos reconocidos se suma a la de Claudia Sheinbaum, si bien ella fue a Barcelona, que no a Madrid. Al cabo de estas citas en la antigua Iberia quedan rescoldos para desmenuzar.
Toscana recibió el galardón a finales de enero, y al hacerlo hizo un elogio de la literatura como actividad esencialmente sonora, táctil y sensorial, más allá de lo visual. “El ejército ciego” es una alegoría del tema.
Al avanzar en sus páginas y descubrir la multitud de 15 mil ciegos, con un tuerto intercalado por cada cien, es imposible no pensar que México es un gigantesco ejército ciego, creado por el PRI y perfeccionado y mantenido así por la 4T para sus fines electorales. En este enorme ejército, uno de cada tantos puede ver con un solo ojo, pero, como en el libro de Toscana, los tuertos, “¡cíclopes del infierno!”, son más despreciados que los ciegos.
Los tuertos no aprovechan su condición favorable y se pierden en la fatuidad y la inutilidad.
Anteayer jueves, Celorio recibió, de manos de Felipe VI, el premio Cervantes. Puso énfasis en lo innegable, por encima de soberanías malentendidas y falsos enconos históricos desde las mañaneras para seguir alimentando al ejército ciego. Imposible disociar “la nacionalidad mexicana” de la “historia y cultura españolas”.
Sin sumisiones ni halagos, el académico destacó que, sin la lengua española, “ni México ni ningún otro país hispanoamericano habría podido configurar su nacionalidad”.
En efecto, hacer de la lengua materna un instrumento no sólo literario y lingüístico, sino de construcción social y nacional, es reconocer lo obvio, sin caer en nacionalismos bananeros desde cuya atalaya se exigen disculpas por la Conquista.
Guste o no, la sangre española corra por la mayoría de los mexicanos. Uno que lleva altas dosis de hemoglobina hispana en las venas es AMLO, aquel falso profeta que desde su mesianismo exigió más de una vez unas disculpas del todo banales. Tan necia demanda tuvo como fin desviar la atención de temas en verdad trascendentes, que desnudan su supuesta lucha anticorrupción. También buscaba el aplauso de su ejército ciego.
La terna de visitas de mexicanos a España se cierra con la de Sheinbaum a la cumbre de “las izquierdas”, encuentro donde su defensa del régimen cubano causó la indignación de unos y la carcajada de otros.
Defender en la llamada “Cumbre por la Democracia” a la dictadura que aplasta al pueblo cubano por casi siete décadas desvanece cualquier credibilidad por ese encuentro de líderes. Por el contrario, confirma que para los dirigentes que acudieron, la democracia no es más que un membrete.
Con tan paradójica postura, resulta imposible no evocar a la llamada “República Democrática Alemana” antes de la caída del muro, un país que llevaba en el nombre la “democracia”, pero donde la ley que imperaba era la del ministerio de seguridad, la temida Stasi.
En el manual del perfecto dictador, es regla sine qua non que los discursos apelen a valores elevados como el amor y la paz. En su campaña de 2012, AMLO hizo insistente referencia a lo que llamó la “República amorosa”. Era candidato, por supuesto. En sus acciones como titular del Ejecutivo, años después, quedó de manifiesto que eso no era sino otro membrete.
Los altos funcionarios cubanos son propensos a usar también esos valores para señalar a su adversario ubicado a noventa millas como el villano de la película, asumiendo ellos el papel de víctimas amorosas. Son los contrasentidos de aquellos que al exterior asumen esas posturas, cuando tienen sometido, amordazado a su pueblo.
Tal paradoja está patente en el discurso de Claudia Sheinbaum en España: “En vez de sembrar guerra, sembremos paz, sembremos vida”. Elevados conceptos pronunciados por la cabeza de un movimiento que ha sembrado encono y guerra interna de siete años a la fecha, y ha señalado y acusado sin derecho de réplica desde su púlpito cotidiano a quienes no comulgan con su movimiento.
Un régimen cuyas baladíes exigencias de disculpas por la Conquista y la siembra cotidiana de enconos internos crea energúmenos que balean y asesinan turistas impulsados por los resortes de la pureza prehispánica y el odio al que es distinto.
Los acontecimientos en Teotihuacán son una muestra del alcance que tiene seguir manteniendo al ejército ciego.— Mérida, Yucatán
olegario.moguel@megamedia.com.mx
Politólogo
