En México existe una bestia enorme que destruye y/o corrompe todo lo que toca. Es una bestia invencible hasta ahora, ante la cual se han doblegado desde presidentes hasta policías de tránsito, pasando por secretarios de estado, gobernadores, dirigentes de partidos, jueces, magistrados, ministros, prominentes empresarios, comerciantes, proveedores del gobierno y un largo etcétera.
Esa bestia es la corrupción, que ahora amenaza dañar severamente a la 4T de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, como antes destruyó al PRI y echó del poder al PAN. No es una desmesura. Si esta bestia no es exterminada o al menos frenada, la 4T puede terminar como un oxigenante suspiro en la historia de México, pero nada más.
En este contexto, tiene gran relevancia la declaración de la nueva presidenta de Morena, Ariadna Montiel Reyes, contra la corrupción. Ariadna la abordó en dos niveles: a) la no tolerancia de la corrupción en Morena, es decir, en las dirigencias y candidaturas del partido porque “en Morena los corruptos no tienen cabida”, y b) también en los gobiernos emanados de ese partido, porque “esta dirigencia no tolerará corrupción en ningún gobierno de Morena”.
En el caso de los gobiernos, entiendo que la nueva dirigente denunciará pública y formalmente las corruptelas en esos gobiernos (y obviamente también en los no morenistas), porque no podría hacer más. Pero tal señalamiento puede tener una fuerza impulsora para que las instancias correspondientes —órganos internos de control, Secretaría Anticorrupción, Auditoría Superior y sus similares estatales— trabajen y ofrezcan resultados tangibles y proporcionales a la bestia mencionada, resultados inexistentes hasta hoy.
Y sería deseable que la intolerancia a la corrupción se extendiera a los otros poderes de la Unión y no se limitara al Ejecutivo.
En cuanto al ámbito interno morenista y a tono con el discurso de su nueva dirigencia, cabría esperar una rendición de cuentas ejemplar y una gran transparencia en el gasto de los 2,500 millones de pesos que, en números redondos, recibe anualmente Morena, debido a los privilegios del financiamiento público que antes beneficiaron al PRI y al PAN.
En el encomiable discurso anticorrupción, hay una afirmación que debe matizarse: “Donde antes hubo corrupción, hoy hay austeridad y honestidad”, dijo Ariadna Montiel. Se entiende la expresión en su ámbito volitivo, pero es inexacta. En muchos espacios públicos donde antes hubo corrupción —ciertamente no en todos—, la sigue habiendo y, dicen las víctimas de las corruptelas, a veces es peor que antes. Seguramente la propia dirigente ha escuchado esas expresiones en sus recorridos por el territorio nacional.
La bestia —insisto— es enorme y posee fuerza descomunal. Hay que exterminarla o, al menos, enjaularla. Y en cuanto a la austeridad, uff, hay morenistas destacados que le dan de puntapiés y parecen exorcizarla como demonio.
La advertencia y las alianzas. En su discurso al asumir el liderazgo de Morena, en sustitución de Luisa María Alcalde —quien dejó el partido con 12 millones de militantes—, Ariadna Montiel lanzó un aviso expreso a quienes busquen candidaturas para 2027:
“Si tenemos certeza de cualquier acto de corrupción, aunque se haya ganado la encuesta, no serán candidatos. La honestidad es un mandato ético que no admite excepciones”.
De cara a los miles de candidatos que serán postulados en 2027, es seguro que habrá ocasión de aplicar la advertencia. Y ya se verá si se materializa o quedará en simple papel mojado.
Por otra parte, existe un tema que debiera ser examinado por Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, la recién nombrada presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones, y es el de las alianzas con el PVEM y el PT, que negaron su apoyo a la iniciativa de reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum.
A nadie se le oculta la importancia de esas alianzas porque, debido a las restricciones constitucionales, éstas permiten alcanzar los votos necesarios en el Congreso para aprobar reformas a la Constitución, pero también se precisa que en Morena se analice su costo ético y político.
Si bien el PT puede ofrecer motivos ideológicos en sus posicionamientos, cualquier alianza con el Verde, que no es partido ni ecologista, pero SÍ mercenario, implica sacrificar los principios éticos y políticos en el altar del pragmatismo. ¿Es políticamente correcto empoderar a los mercenarios y entregarles posiciones que rebasan con mucho su representatividad? ¿es sensato ceder al chantaje de quien cada vez quiere más? ¿Es racional someterse al secuestro y pagar un rescate permanente y sin medida?— Ciudad de México.
Periodista
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