“La educación es el vestido de gala para asistir a la fiesta de la vida”.— Miguel Rojas Sánchez

Recientemente se celebró el día del maestro. Como todos los años, modestia aparte, recibí felicitaciones, algunas personalizadas, otras que yo las llamo: genéricas. Durante más de 23 años me desempeñé como profesor de postgrado en la residencia de Ortopedia del IMSS, en la T-1, con orgullo presumo de unos 200 ortopedistas que andan por toda la república, que fueron mis alumnos, y 17 años como profesor de pregrado en la Universidad Anáhuac-Mayab; me confieso muy agradecido y contento; pero siempre que las recibo me siento un tanto, la verdad, lo diré: como un usurpador. Y es que maestro, maestro…, sin lugar a duda: los de la primaria; por supuesto, que cuentan secundaria, prepa, universidad y etcétera. Y siempre en esta fecha evoco a la escuela donde estudié toda mi primaria: la David Vivas Romero.

Todos los lunes la ceremonia de juramento a la Bandera: el amor y el respeto a nuestro lábaro patrio. La escolta formada por seis de mis compañeros recorriendo los pasillos que aún conservan los ladrillos blancos y rojos dispuestos en tablero de ajedrez.

“Bandera de México, legado de nuestros héroes, símbolo de la unidad de nuestros padres y de nuestros hermanos, te prometemos ser siempre fieles…”.

En esos mismos pasillos, la maestra Ruth, que era la directora, después de sonar una campana (que luego sería sustituida por un timbre), salía con una regla de un metro de largo para recorrerlos y amagar con un “reglazo” al niño que estuviera fuera del salón, método, créanmelo, más que efectivo para cazar prófugos. Luego llegaría al relevo directivo el maestro Evaristo Torres; lo recuerdo con su marcha claudicante aquejado por una secuela de polio, su rostro bonachón y un enorme corazón. Las clases de música, con una serie de canciones que alababan a los héroes de la patria, y desde luego sin poder olvidar:

“El cinco de mayo, nos preste su sol, que eclipsa la estrella de Luis Napoleón, / El mundo nos mira, con admiración y a México envidia su claro blasón

“¡Blasón!, ¡blasón!”

Esto último lo sustituíamos a todo pulmón con: “¡calzón!, ¡calzón!”, lo cual hacía que la maestra dejara de tocar y nos regañara, aunque ahora pienso que hacía un gran esfuerzo para no reírse. Recuerdo a mis inolvidables maestras: Edith, Lichy, Rosita y Rosa Elena.

Educación como complemento de la de casa. Si alguien entraba al salón de clases nos parábamos como resortes: “Buenos días”, y permanecíamos quietecitos hasta oír el: “pueden sentarse” y exclamar “¡Gracias!”. Disciplina que al quebrantarse venía el clásico: “Fulanito, dile a tu mamá que venga mañana a hablar conmigo”. Y sí, al día siguiente la memorable escena: donde después de la retahíla de acusaciones, la madre soltaba: “Cuando haga eso, maestra: ¡péguele!, yo le doy permiso, ¡péguele!”. Fue una época en que la educación en la escuela y en el hogar estaban imbricadas en una forma muy distinta a la actual.

Y la educación física: en aquella época, una vez a la semana teníamos deportes, las rigurosas tablas gimnásticas y después la cascarita de futbol…, una nube de niños detrás de una pelota yendo de un lado a otro para tratar de meter un gol a aquel osado que se atreviera a defender la portería, por lo general delimitada con un par de piedras.

Se vendían galletas, empanadas, había refrescos embotellados, a la salida un paletero y créanme: no teníamos ni la mitad del problema que es hoy en día la obesidad infantil. Una vez al mes nos llevaban al estadio Salvador Alvarado.

Cada 15 de mayo recuerdo la importancia de nuestra educación primaria, la cual a veces nos olvidamos cuando estamos en la cúspide de la pirámide educativa. Cuando en la residencia médica el adscrito me ofreció el escalpelo para mi primera cirugía, me dijo: “El bisturí se agarra igual que un bolígrafo” … ¿y quién me enseñó cómo se agarra un bolígrafo? Mi mano es la misma que alguna vez tomaba un lápiz y era sujetada por la de mi maestra de primaria para trazar mis primeras letras… ¿por qué no recuerdo eso con la misma frecuencia? Ese esmero para enseñarme a escribir con letra tipo Palmer, logrando una escritura nítida, que con los años se transformó en “letra de médico”: ilegible e inescrutable, a tal grado, que ahora digo que escribo en “arameo antiguo”, aunque en momentos de calma aflora de nuevo esa letra creada por mis maestras. Cómo olvidarlas enseñándome el gusto por la lectura, el aprender poemas y perder el miedo al pararme delante de un micrófono a declamar. La sonrisa de ellas cuando orgulloso llevaba alguno de los muchos trabajos manuales, hechos a base de latas, corcholatas, popotes, palillos…

Pero, algo muy importante: recuerdo con entusiasmo el amor que me inculcaron por mi patria, por mi bandera y por todos los héroes de nuestra historia, la oficial, que aún persiste a pesar de los embates, muchas veces auto infligidos, con la madurez de los años y el gusto por la lectura. Sobre todo, el respeto a los mayores, la disciplina y el amor al estudio, en una época despojada de redes sociales, celulares e internet, como complemento perfecto de lo asimilado en casa para cimentar lo que fue mi aprendizaje, esa magia del ser humano que sabemos cuándo comienza, pero ignoramos cuándo terminará, pues será el último día de nuestras vidas.

Lo que en aquellos momentos no pude dimensionar y ahora lo hago, es el gran esfuerzo por formar ciudadanos, mexicanos valiosos. Una escuela de gobierno que pese a sus carencias mantenía un estándar de las mejores en materia educativa. Sin embargo, desde entonces, el gremio de los maestros ha sido también uno de los que más han recibido el embate de malas decisiones, planeaciones, corrupción, sindicalismo errático. Se ha señalado, muy bien: “Mente sana en cuerpo sano”, tarea difícil cuando hay un déficit educativo y un sistema de salud deteriorado. La educación en México enfrenta en 2026 un panorama complejo, marcado por la implementación de la Nueva Escuela Mexicana, la falta de evaluaciones estandarizadas y un notable rezago tras la pandemia. Persisten desafíos estructurales como la desigualdad, la deserción de más de 4 millones de estudiantes, y la falta de infraestructura adecuada… Imposible no hablar de política, y después de lo ocurrido tan solo hace unos días con el fracasado dislate de adelantar vacaciones. Una vez más de risa, si no fuera patético…, eso sí: A los maestros un abrazo en su día.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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