La reciente modernización del acuerdo comercial entre México y la Unión Europea ha sido presentada principalmente como una noticia económica. Sin embargo, limitar su relevancia a la reducción de aranceles o a la apertura de mercados sería perder de vista un fenómeno más importante.

Este acuerdo refleja una transformación profunda del sistema internacional: los tratados comerciales del siglo XXI ya no son únicamente instrumentos para incrementar el comercio, sino herramientas geopolíticas para gestionar riesgos, dependencias y vulnerabilidades estratégicas.

Para entender esta transformación es necesario regresar al momento en que nació el acuerdo original. El Acuerdo Global entre México y la Unión Europea fue firmado en 1997 y entró en vigor en el año 2000, en una época marcada por el optimismo de la globalización. La Guerra Fría había terminado pocos años antes, Estados Unidos emergía como la potencia indiscutible del sistema internacional y predominaba la convicción de que la apertura económica generaría prosperidad, estabilidad y cooperación entre los Estados.

En aquel contexto, los acuerdos comerciales eran vistos principalmente como mecanismos para ampliar mercados, atraer inversión y aumentar la competitividad. La integración económica era considerada una fuente de beneficios mutuos.

China aún no ocupaba el papel central que tiene hoy en la economía mundial, las cadenas globales de suministro operaban con relativa normalidad y conceptos como seguridad económica, desacoplamiento tecnológico o resiliencia estratégica apenas figuraban en el vocabulario de los responsables de política pública.

Para México, el acuerdo con Europa representó una oportunidad para diversificar sus relaciones económicas tras la entrada en vigor del Tlcan. Si bien la integración con América del Norte avanzaba aceleradamente, existía la intención de ampliar la presencia mexicana en otros mercados y reducir, al menos parcialmente, la dependencia de un solo socio comercial.

El panorama es distinto 25 años después. La globalización no ha desaparecido, pero ha cambiado de naturaleza. La rivalidad entre Estados Unidos y China, las disrupciones provocadas por la pandemia, la guerra en Ucrania y el resurgimiento de políticas industriales han alterado las prioridades de los gobiernos. La eficiencia económica ya no es el único criterio para diseñar cadenas de suministro o relaciones comerciales.

Hoy, la seguridad económica se ha convertido en una preocupación central.

La diferencia fundamental es que, a finales de los años noventa, los gobiernos negociaban acuerdos comerciales para aprovechar las oportunidades de la globalización. Hoy los negocian para protegerse de sus riesgos.

Esta transformación responde a una realidad cada vez más evidente: la interdependencia económica no solo genera prosperidad, también puede producir vulnerabilidades estratégicas.

Durante décadas, la teoría liberal asumió que un mayor comercio reduciría los incentivos para el conflicto. Sin embargo, la experiencia reciente ha demostrado que los mismos canales que facilitan el intercambio económico pueden convertirse en instrumentos de coerción.

La política de “máxima presión” impulsada por la administración Trump hacia Irán buscó restringir sus ingresos petroleros y limitar su capacidad de financiamiento regional mediante sanciones económicas. De forma similar, Washington ha endurecido nuevamente las sanciones contra Cuba, ampliando restricciones sobre transacciones financieras, turismo y actividades comerciales vinculadas al gobierno cubano. La interdependencia dejó de ser únicamente una fuente de eficiencia económica para convertirse también en una fuente de poder.

México conoce bien esta realidad. Durante más de tres décadas, la estrategia económica del país ha girado alrededor de América del Norte. Actualmente, cerca del 80% de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos. Esta relación ha generado enormes beneficios económicos, pero también implica riesgos derivados de una alta concentración comercial.

Las amenazas arancelarias durante la primera administración Trump, las controversias energéticas bajo el T-MEC y la creciente tendencia estadounidense a vincular temas comerciales con asuntos migratorios o de seguridad muestran cómo la interdependencia puede transformarse en un mecanismo de influencia política.

La modernización del acuerdo con la Unión Europea adquiere una dimensión estratégica. No se trata de sustituir a EE.UU. ni de construir un contrapeso. La integración económica con América del Norte seguirá siendo el eje central de la economía mexicana. Sin embargo, fortalecer vínculos con Europa permite ampliar opciones, reducir vulnerabilidades y generar mayores márgenes de maniobra en el actual entorno incierto.

Además, Europa representa algo más que acceso a mercados. El bloque europeo se ha consolidado como una potencia regulatoria en ámbitos como la transición energética, la economía digital, la protección de datos y la sostenibilidad.

En muchas ocasiones, los estándares europeos terminan influyendo en prácticas empresariales y regulatorias mucho más allá de sus fronteras. Participar más activamente en esa relación puede ayudar a México a insertarse en algunas de las discusiones que definirán la competitividad global durante las próximas décadas.

Por ello, la importancia del nuevo acuerdo trasciende sus beneficios comerciales inmediatos. Su verdadero significado radica en que simboliza una transición más amplia del sistema internacional.

El libre comercio sigue siendo una fuente de prosperidad, pero ya no puede entenderse únicamente en términos económicos.

En un mundo marcado por la competencia entre grandes potencias, los acuerdos comerciales se han convertido también en instrumentos de seguridad económica y gestión estratégica. La modernización de la relación entre México y la UE es, en última instancia, una muestra de ese nuevo mundo.

Analista de política internacional

En un mundo marcado por la competencia, los acuerdos comerciales se han convertido en instrumentos de seguridad económica…

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