No todos los ríos se miden por su caudal. Algunos se miden por las consecuencias de cruzarlos. Una noche de enero del año 49 a. C., un general romano se detuvo frente a un pequeño río del norte de Italia. No era un cauce imponente ni una frontera natural infranqueable. A simple vista, parecía apenas una corriente más en la vasta geografía de Roma. Sin embargo, aquel río, llamado Rubicón, separaba dos mundos: el de las leyes que limitaban el poder de los hombres y el de la ambición, la incertidumbre y el conflicto.

El general era Julio César. Al frente de sus legiones, sabía que cruzar aquel río significaba desafiar la autoridad del Senado romano y romper el orden político establecido. También sabía que no habría marcha atrás. Según la tradición, fue entonces cuando pronunció una frase que atravesaría los siglos: “La suerte está echada”.

César avanzó. Y con ese paso cambió el destino de Roma para siempre. Aquel acto desencadenó una guerra civil, marcó el fin de una época y abrió el camino hacia una nueva forma de poder. Desde entonces, cruzar el Rubicón se convirtió en el símbolo universal de una decisión irreversible, de ese momento en que el regreso deja de ser una opción y las consecuencias comienzan a escribir la historia.

El Rubicón era un río pequeño. Sus consecuencias fueron inmensas. La historia suele funcionar así. Pero quizá la enseñanza más importante de aquella noche no sea la ambición de Julio César, sino la existencia misma del límite que decidió cruzar.

Roma no había establecido aquella frontera por casualidad. Existía para impedir que el poder militar se impusiera sobre las instituciones civiles. Era una línea diseñada para recordar que incluso los hombres más poderosos debían someterse a reglas que estaban por encima de ellos. César decidió que sus objetivos eran más importantes que ese límite.

La historia recuerda a Julio César porque fue él quien cruzó el río. Pero la pregunta verdaderamente importante no tiene que ver con un general romano. Tiene que ver con nosotros. Es fácil exigir límites para quienes piensan distinto, para quienes gobiernan o para quienes ejercen poder. Mucho más difícil es aceptar esos mismos límites cuando interfieren con nuestros intereses, nuestras convicciones o nuestras preferencias. La verdadera prueba de una sociedad no está en el respeto que muestra por las reglas que le favorecen, sino por aquellas que le incomodan.

Toda democracia descansa sobre un acuerdo silencioso: aceptar que existen normas que valen incluso cuando no nos benefician. Respetar una regla únicamente cuando nos resulta conveniente no es una expresión de ciudadanía, es una forma de oportunismo. Por eso los límites dejan de protegernos el día que comenzamos a creer que fueron creados para los demás.

Cuando asumimos que nuestras causas son tan justas, nuestras razones tan válidas o nuestras circunstancias tan excepcionales que merecen un trato distinto, el límite pierde su carácter universal y comienza a deteriorarse.

Ese proceso rara vez ocurre de manera abrupta. Las sociedades no suelen abandonar sus principios de un día para otro, lo hacen gradualmente. Una excepción parece razonable, luego aparece otra, más tarde una tercera. Cada una encuentra una justificación convincente, cada una parece menor. Por fin llega un momento en que la regla sigue existiendo en el papel, pero ha dejado de existir en la práctica.

Esa es, tal vez, una de las lecciones más incómodas del Rubicón. Los límites rara vez desaparecen porque la sociedad los considere inútiles, con frecuencia desaparecen porque empiezan a estorbar. Se convierten en obstáculos para alcanzar objetivos legítimos, para acelerar cambios deseados o para imponer soluciones que consideramos necesarias, y es precisamente entonces cuando más falta hacen.

Quizá por eso el desafío no sea únicamente político, también es cultural. Nos hemos acostumbrado a exigir que las reglas se cumplan, siempre que se apliquen a los demás. Queremos que la ley alcance al corrupto, pero justificamos el favor, defendemos el mérito, pero buscamos la recomendación, exigimos orden, pero celebramos la excepción cuando nos beneficia, nos indignan los privilegios ajenos y toleramos los propios. No es una falla exclusivamente mexicana, es una tentación tan antigua como la política misma.

Pero ninguna democracia puede sostenerse por mucho tiempo cuando la excepción se convierte en costumbre y el cumplimiento de las reglas depende de la conveniencia de cada quien. Las repúblicas no se debilitan únicamente cuando sus gobernantes dejan de respetar los límites, también se debilitan cuando los ciudadanos comienzan a considerar que esos límites fueron creados para otros.

¿Seguimos creyendo que las reglas deben aplicarse a todos por igual, incluso cuando no coinciden con nuestras preferencias?

Toda democracia comienza a debilitarse cuando sus ciudadanos dejan de preguntarse qué es correcto y empiezan a preguntarse únicamente qué les conviene. Cuando la conveniencia desplaza al principio, la excepción sustituye a la regla y el interés personal ocupa el lugar del bien común, el deterioro institucional suele ser cuestión de tiempo.

Los límites suelen parecer innecesarios justo antes de demostrar por qué eran indispensables. La madurez de una democracia no se mide únicamente por su capacidad de cambiar, sino también por su capacidad de conservar aquello que vale la pena proteger. Porque las sociedades rara vez pierden sus libertades, sus instituciones o sus principios de una sola vez.

Con frecuencia los entregan gradualmente, excepción tras excepción, convencidas de que cada renuncia es pequeña y cada justificación es razonable. Hasta que un día descubren que aquello que parecía un simple límite era, en realidad, una protección.

El problema del Rubicón nunca fue el río. Fue olvidar por qué estaba ahí.— Cancún, Quintana Roo.

Empresario y analista cívico

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