Hubo un tiempo en nuestro querido Yucatán en que una mujer gordita era considerada “hermosa”. Era, sencillamente, la manera en que una comunidad entendía la salud, la prosperidad e incluso la felicidad. En una sociedad donde las sequías, las enfermedades y las limitaciones económicas marcaron la vida de incontables familias, la delgadez difícilmente podía asociarse con la belleza; era, más bien, el reflejo de la escasez y las privaciones.

La historia confirma que esa percepción no era exclusiva de nuestra región. Durante siglos, en distintas culturas, la gordura estuvo asociada con la riqueza, el poder y la fertilidad. Los retratos de reyes, nobles y comerciantes muestran cuerpos robustos porque simbolizaban una vida alejada del hambre y de las privaciones. Incluso el arte inmortalizó esa visión con las figuras femeninas de los grandes maestros, muy distintas a los estándares actuales y, sin embargo, consideradas durante siglos el ideal de belleza.

Quizá por eso resulta inevitable preguntarnos en qué momento cambiamos tanto. Hemos pasado de admirar la abundancia a convertir la delgadez en un ideal; de celebrar la vitalidad a perseguir una talla cada vez más pequeña. No porque la ciencia haya demostrado que la salud se encuentre en la extrema delgadez, sino porque la moda, las redes sociales y el mercado han decidido que así debe lucir la belleza.

En los últimos meses, nombres como Ozempic y Mounjaro dejaron de pertenecer exclusivamente al lenguaje de los endocrinólogos para formar parte de las conversaciones cotidianas. De pronto comenzaron a aparecer testimonios de transformaciones sorprendentes, fotografías del antes y el después, recomendaciones entre amigos y una creciente sensación de que adelgazar nunca había sido tan sencillo. Lo que nació como un tratamiento médico para personas con enfermedades específicas terminó convirtiéndose, para muchos, en el atajo más popular hacia el cuerpo “ideal”.

La ciencia como herramienta

Conviene decirlo con toda claridad. No hay absolutamente nada cuestionable en que una persona con diabetes, obesidad clínica o con una indicación médica utilice estos tratamientos bajo supervisión profesional. Sería injusto juzgar a quien enfrenta una enfermedad y encuentra en la ciencia una herramienta para mejorar su calidad de vida. La medicina existe precisamente para aliviar el sufrimiento humano y debemos celebrar cada avance que nos permita vivir mejor.

Pero esta reflexión no apunta hacia los medicamentos. Apunta hacia una sociedad que ha comenzado a creer que cualquier meta merece alcanzarse por el camino más corto.

Vivimos obsesionados con obtener resultados inmediatos. Queremos aprender un idioma en un mes, hacer fortuna sin esfuerzo, volvernos expertos viendo videos de un minuto y transformar nuestro cuerpo en cuestión de semanas.

Esa forma de pensar termina infiltrándose en todos los aspectos de nuestra vida. Ya no queremos construir hábitos; queremos comprar soluciones. Ya no queremos recorrer procesos; queremos resultados. La paciencia, que durante siglos fue considerada una virtud, parece haberse convertido en un estorbo. Hemos comenzado a olvidar que las transformaciones que realmente permanecen requieren tiempo, disciplina y constancia.

Y quizá ningún lugar refleja mejor esta contradicción que nuestra relación con el cuerpo. Durante años escuchamos que la salud dependía de pequeños hábitos repetidos todos los días: dormir bien, comer con equilibrio, movernos con frecuencia, aprender a manejar el estrés y construir disciplina. Era un camino lento, a veces frustrante, pero capaz de generar cambios reales. Hoy, en cambio, pareciera que buscamos una solución que nos permita llegar al mismo destino sin recorrer el trayecto.

El problema de las soluciones rápidas cuando sustituyen la construcción de hábitos es que pueden modificar la apariencia sin transformar aquello que sostiene un cambio verdadero. Un cambio estético que no está acompañado de nuevas conductas puede ofrecer resultados visibles, pero difícilmente cambia la relación que una persona tiene con su alimentación, su disciplina y su propio cuerpo. Cuando el objetivo se reduce únicamente a modificar una imagen, sin atender las causas que nos llevaron hasta ahí, podemos terminar dependiendo de soluciones temporales o tomando decisiones que, lejos de ayudarnos, pueden poner en riesgo nuestra salud. Porque los cambios que permanecen no nacen de la urgencia por ver resultados, sino de la constancia necesaria para construirlos.

Nadie quiere esperar

No puedo evitar encontrar un paralelismo con situaciones del ámbito financiero. Durante años he visto personas que desean construir patrimonio de un día para otro y terminan cayendo en fraudes que prometen duplicar el dinero en semanas. También he visto familias que se endeudan para aparentar un nivel de vida que aún no pueden sostener, porque nadie quiere esperar el tiempo necesario para construir estabilidad. El problema es el mismo: queremos los resultados antes de haber construido los cimientos necesarios.

Quizá lo que hemos perdido es la capacidad de reconciliarnos con los procesos. Deberíamos recordar que las grandes cosas de la vida siempre han requerido tiempo. Un árbol necesita años para ofrecer sombra. Una carrera profesional no nace de un solo ascenso, sino de décadas de preparación. Las finanzas sanas no aparecen con un golpe de suerte, sino con cientos de decisiones responsables. La construcción de un cuerpo sano nunca ha sido la excepción.

Tal vez por eso la conversación que necesitamos tener como sociedad no sea cuánto pesa una persona, sino cuánto pesa la presión que cargamos todos los días. El peso de compararnos. El peso de querer cumplir expectativas ajenas. El peso de creer que nunca somos suficientes. Y, sobre todo, el peso de la prisa: esa necesidad de llegar al resultado sin recorrer el camino. Ese sí es un peso que vale la pena perder.

Cuando logremos desprendernos de esa carga invisible, descubriremos que la verdadera belleza nunca estuvo en parecernos a alguien más, sino en aprender a habitar nuestro propio cuerpo con gratitud, responsabilidad y la serenidad de quien entiende que la salud merece mucho más que una moda y que una vida sana vale infinitamente más que el número que marque una báscula.— Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas. com

@kookayfinanzas

Profesora universitaria y consultora financiera

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