“Jugamos como nunca y perdimos como siempre”.— Frase popular
Después de la embriaguez del jolgorio deportivo viene la inevitable cruda realidad.
Acabamos de vivir, por tercera ocasión, un Mundial de fútbol en nuestro país. Y como siempre la propaganda, la publicidad y toda la infraestructura mediática se batieron para hacer creer al más pintado aficionado que había posibilidades de ser campeones del mundo. Que esta vez sí, que ya era hora y cuando las dudas aparecieron, se las dejamos a la casualidad con el ya muy trillado “y si sí”, o directo a la religión: rezándole al Niño Dios disfrazado de futbolista. Todo cifrado en el eterno “si Dios quiere”.
Entre la fe, la propaganda y el “y si sí”, México repite la misma historia en la cancha y en la calle.
Dicen los medios que el México-Inglaterra fue el partido más visto del siglo: 60 millones de personas frente al televisor. Solo que, como reza el dicho, “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Y a cambio, hacemos apologías de la derrota como si fuera sagrada o purificadora. “No importa, la otra será”, “demostramos garra y deseos, el marcador es lo de menos” decimos como si tuviéramos que acostumbrarnos a perder, ergo no tiene nada de malo, eso es lo nuestro.
Otra vez nos encontramos en la misma situación que en mundiales anteriores, demostrando sin rodeos el verdadero nivel del fútbol mexicano. Pero esto que ocurre en el deporte no es el único foco rojo en el radar del país. Históricamente, la publicidad y el aparato mediático han influido para crear un nacionalismo forzado, casi siempre con base en sucesos negativos distrayendo a la gente cual circo romano o buscando efectos como el de la “caja china”, para desviar la atención de las mayorías.
Desde la Independencia fabricamos mártires que, a fin de cuentas, generaron cierta tranquilidad en la población: tener a alguien en quien creer para no encarar la realidad. Ahí está “el Pípila” del asalto de Hidalgo a la Alhóndiga de Granaditas o recordemos la leyenda mitificada de los Niños Héroes a la que para la opinión de la mayoría de los investigadores se le agregó un aderezo para alimentar el sentimiento nacionalista después de la humillante derrota de 1847, cuando Estados Unidos nos arrebató en un abrir y cerrar de ojos, aproximadamente la mitad del territorio.
Lo mismo ocurrió en la Revolución. Entre violaciones de todo tipo —físicas, de pactos, de acuerdos, de territorios o de propiedad privada— se formaron leyendas como la de Pancho Villa: de cuatrero analfabeta a líder de la División del Norte, romantizado a pesar de su crueldad.
Para muchos historiadores, en el terremoto del 85 fueron muchos los “milagros” y héroes que surgieron para tratar de hacer olvidar a la población de una realidad muy triste que se veía metro a metro entre las excavaciones. En los setenta, el presidente José López Portillo anunció el yacimiento Cantarell y sentenció que era “hora de administrar la abundancia” para ayudar a olvidar el nefasto sexenio anterior de Luis Echeverría, pero lo único que no se administró fue precisamente esa aparente abundancia: hoy Pemex es uno de los lastres más pesados para la administración pública debido a su fuerte déficit económico.
Y en el fútbol ocurre lo mismo. En Argentina 78, México asistió con una selección plagada de jóvenes estrellas que prometían mucho, tras pasar “limpiamente” el “duro” filtro de Concacaf. Cuatro años antes nos había eliminado nada menos que el “poderoso” Haití. Pero en Argentina, según la TV y otros medios había llegado la hora de demostrar el verdadero nivel. Incluso la prestigiada revista Selecciones del Reader’s Digest mencionó la posibilidad de que México disputaría la final para ser campeón del mundo. La estrategia era sencilla, le ganamos a Túnez, empatamos con Alemania y con todo contra Polonia. Resultado: tres partidos, tres derrotas, último lugar general y un aplastante 6-0 en contra de Alemania.
Si México ha asistido a tantos mundiales es porque Concacaf, históricamente ha sido de los de más bajo nivel en el mundo. Pero mientras africanos, asiáticos y hasta árabes mejoran su fútbol con método y trabajo, en México seguimos dejándolo todo al “si Dios quiere”.
Aquí está la analogía que incomoda:
Jugamos al “y si sí” en la cancha igual que en las urnas y en la calle. Imagínense que en el campo de la ingeniería se calculara un edificio pensando en que la estructura “si Dios quiere” no fallará, en lugar de un análisis estructural detallado y adecuado.
Votamos por el candidato o partido político sin plan “y si sí” resulta honesto. No exigimos cuentas “y si sí” ahora no roba. Nos pasamos el alto, evadimos impuestos, tiramos basura “y si no” me cachan. Ciframos el país en la fe, no en la acción. Esperamos el milagro del técnico, del presidente, del Niño Dios, pero sin proyecto.
Las potencias no le rezan a las eliminatorias o al desarrollo económico. No clasifican o progresan por fe. Tienen procesos a varios años. Nosotros tenemos cábala, veladoras y comerciales que venden que “ahora sí es nuestro momento”.
Si queremos que cambien las cosas, tenemos que empezar ya. En el deporte, con programas de trabajo que se cumplan, con fuerzas básicas reales, con dirigentes que no vean al fútbol como negocio de las televisoras. En la administración pública, por consiguiente, con planeación, con castigo severo a la corrupción, evitando la impunidad y con ciudadanos que dejen de jugar al “y si no me ven”.
Porque mientras el país entero siga operando bajo la lógica del “si Dios quiere”, el marcador va a ser el mismo: jugamos como nunca y perdemos como siempre.
La próxima vez que lo digamos, habría que preguntarnos: ¿y yo qué estoy haciendo para que quiera Dios?
¿Ud., qué opina?— Mérida, Yucatán
condeval1@hotmail.com
Ingeniero, valuador, Maestro en dirección de gobierno y políticas públicas
