“Atrapados en el cristal. Miles de jóvenes yucatecos se han vuelto adictos a la metanfetamina, una peligrosa droga que provoca trastornos del comportamiento, paranoia, alucinaciones y delirios”. Reportaje de Hernán Casares Cámara, Diario de Yucatán, Publicado 04-Jun-2023
Han transcurrido tres largos años desde la publicación de este excelente reportaje que consta de dos partes, y la metanfetamina avanza en comunidades pequeñas de Yucatán.
No es solo un problema policial, es de salud, de familia y de falta de oportunidades para los jóvenes.
“El cristal es la primera droga de impacto y la más consumida en Yucatán, luego del alcohol y la marihuana, sobre todo entre jóvenes del interior del Estado”.
El cristal es una variante de la metanfetamina, un estimulante sintético del sistema nervioso que, a su vez, es un derivado químico de la anfetamina.
Esta droga aumenta la cantidad de dopamina en el cerebro, una sustancia que actúa como neurotransmisor y está relacionada con la experiencia del placer y la felicidad.
Su consumo aumenta la energía, alienta la actividad física y propicia un estado de euforia, una sensación placentera de bienestar y de locuacidad, además de disminuir el apetito y la necesidad de dormir. Sus efectos duran de seis a ocho horas.
Empieza un viernes después del partido. Vives en el puerto de Progreso. Y un amigo te dice “pruébalo, es para aguantar toda la noche, para no tener hambre en la lancha, para reírte un rato”. No huele, no parece droga. Parece un pedacito de vidrio molido. Cristal.
Llamémosle Juan. Tiene 19 años, es de una comisaría del puerto. Hasta hace un año salía a pescar con su papá a las 4 de la mañana.
Ahora lleva tres días sin dormir, sin comer, con la misma ropa. Su mamá no dice “mi hijo es adicto”. Dice “mi hijo no está”. Y tiene razón. Porque el cristal no solo te roba el cuerpo, te va convirtiendo en otra persona.
Esa es la historia que en numerosos pueblos de Yucatán y en nuestra misma ciudad se repite. Puede ser en la puerta de mi casa, en la tuya, en la tienda de la esquina.
No son jóvenes malos. Son jóvenes sin red. Sin algo o alguien de quien agarrarse. Sin apoyo real. Sin propósito aparente.
Hace cinco años en el Puerto de Progreso se hablaba de la droga como de una de la frontera o de las grandes ciudades.
Hoy, en las tienditas, en los campos de fútbol a medianoche y en los muelles, los padres ya saben su nombre: cristal.
No huele como la marihuana, no necesita mucho para prepararse y una dosis cuesta menos que una cerveza.
Por eso entró tan rápido a los pueblos. Y por eso está golpeando donde más duele: a jóvenes de entre 15 y 29 años que estudian, pescan o están sin empleo fijo.
¿Por qué es diferente a otras drogas?
El cristal es metanfetamina. Es un estimulante del sistema nervioso central cien veces más potente que la cafeína y mucho más adictivo que otras sustancias.
En las primeras horas provoca euforia, energía desbordada, no comer ni dormir por uno o dos días. Pero el costo llega rápido.
Los médicos de los Centros Comunitarios de Salud Mental y Adicciones lo describen así: después del subidón viene un bajón profundo con ansiedad severa, depresión, irritabilidad y paranoia.
Con el consumo frecuente aparecen la psicosis, la pérdida acelerada de peso, daños en dientes y piel, y problemas cardíacos.
El cerebro se acostumbra tan rápido que el joven ya no consume para sentirse bien, sino para no sentirse terriblemente mal. Esa es la trampa. Y por eso el regaño, el encierro o la amenaza no bastan.
No es solo cosa de la policía. En las comunidades donde se ha logrado frenar el avance, la estrategia no empezó en la patrulla, sino en la asamblea vecinal.
“Cuando el pueblo lo nombra, deja de ser un secreto a voces”, explica una psicóloga del Centro de Integración Juvenil en Mérida.
“Mientras se esconde por vergüenza, el vendedor tiene ventaja”.— Mérida, Yucatán
Abogada y escritora
