Me sorprendió en forma grata la manera como se comportó España en la final de fútbol el domingo pasado. No pretendo hacer apología de los españoles, tampoco es que mis expectativas sobre su comportamiento cívico fueran menores, y mucho menos que, señalando las que a mi juicio fueron sus virtudes, busque denostar al rival.
No puedo negar, por otro lado, que mi sorpresa vino al comparar no únicamente la forma como jugaron, sino sus festejos con los de campeones anteriores en la misma justa.
Pienso que quizá se pueden extraer algunas lecciones de su comportamiento. Quiero decir que el equipo dejó enseñanzas que se pueden, mejor aún, se deben aplicar lo mismo en el deporte (desde la niñez) que en la sociedad y, muy especialmente, en la política.
En un mundo donde el éxito va acompañado de la estridencia, en el que los triunfadores son los individualistas, y los valientes, los que confrontan en medio de aspavientos, el comportamiento de España resulta por demás extraño y, a la vez, refrescante.
Partamos de que, en nuestro conflictuado y estridente planeta, donde desde atalayas como la Casa Blanca y el Palacio Nacional se hace de la marrullería y la simulación la patente del actuar cotidiano, el equipo español demostró que se puede ganar sin artimañas ni sucios artificios, y se festeja sin humillar.
Vivimos una época que premia la espectacularidad, la viralidad, las acciones incendiarias, el desafío ofensivo. Sin embargo, hay grandes logros que se construyen de manera silenciosa. Gracias a ese equipo rescatamos del baúl una vieja idea: la eficacia rara vez hace ruido.
También demostró, en medio de una sociedad cada vez más individualista, que la suma de las partes es más fuerte que los grandes personalismos. Un acertado principio empresarial sostiene que las organizaciones fuertes dependen más de sistemas excepcionales que de individuos excepcionales. El equipo mostró un muy sólido comportamiento colectivo; en casos así, todas las piezas son necesarias, pero la ausencia de una no afecta significativamente el proyecto.
No hubo un jugador empeñado en convertirse en el protagonista. El protagonismo fue compartido.
En tiempos en que se confunde liderazgo con protagonismo, recordamos quién es un verdadero líder. Para ello releemos a John C. Maxwell. “Fui contratado como pastor principal, lo que significaba que tenía la posición y el título de líder… pero (eso) no me convertía en líder”. El verdadero líder, relata, era un granjero al que la gente escuchaba cuando hablaba, lo respetaba cuando sugería, lo seguía cuando dirigía. Maxwell tenía el poder del cargo, el granjero, el liderazgo y la seguridad.
Es en la victoria donde se ve el carácter.
Si un vencedor necesita humillar, insultar o exagerar su superioridad, probablemente la victoria no le dio seguridad, sino poder.
Otra lección: la ausencia de victimismo. Cierto que cuando se gana es difícil incurrir en este sentir, pero el conjunto español no necesitó alimentar esa narrativa para competir. Poco o nada se habló del club aparte de lo que hizo en la cancha.
En especial en política, se recurre al victimismo para ocultar incompetencia y sesgar la realidad. En muchos y lamentables casos se ejerce desde el poder, dado que se vuelve necesario para desviar la atención de temas inconvenientes, poner un velo a la incapacidad y sostener regímenes ineficaces y corruptos. Del victimismo Cuba ha hecho su penoso distintivo.
En cuanto al entrenador del club, Luis de la Fuente, es de destacar su sobriedad. No conozco al hombre, pero proyecta una autoridad despojada de toda soberbia. El tipo transmite que, de tan seguro, no necesita levantar la voz. De ahí el comportamiento del equipo en la cancha.
Leí alguna declaración que se le atribuye. A su modo de ver el fútbol, es fundamental ser un buen jugador, quién duda de eso, pero añade que también hay que ser buena persona.
Ignoro si los jugadores son buenas personas, pero sí veo que, por su comportamiento, la selección de España es, además de un buen equipo, un equipo bueno.
La sobriedad, educación, buen comportamiento, ausencia de soberbia, respeto al rival, carencia de distractores y elegancia en la victoria… ¡ah cómo nos hacen falta en la sociedad actual!
Otro país, otro mundo seríamos si tomáramos las lecciones que nos dejó este equipo en el mundial de fútbol. Vale la pena el esfuerzo, para contrarrestar lo contrario, siempre más fácil.
España no ganó únicamente un campeonato; hizo un llamado al mundo para cambiar el estilo de contender y ejercer el éxito.— Mérida, Yucatán
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@olegariomoguel
Politólogo
