Erica Millet Corona (*)
La Copa del Mundo deja, al concluir, espacios vacíos, no solo en las agendas que los aficionados acomodan alrededor de los partidos durante varias semanas, sino también vacantes emocionales.
En México, la euforia futbolera se dejó sentir intensa cuando la Selección Mexicana atravesó invicta la fase de grupos sin admitir gol. Las celebraciones en el Ángel de la Independencia y otras plazas públicas de diversas capitales del país, como nuestro Monumento a la Patria, fueron escalando en intensidad hasta alcanzar niveles insólitos que incluso cobraron vidas en lamentables incidentes.
En un artículo publicado en la Gaceta UNAM, Carlos Ochoa Aranda cita al especialista en sociología y antropología del deporte Sergio Varela Hernández: “El deporte sirve y contribuye para crear esta idea de pertenecer a una comunidad nacional. Una nación es tan grande que ninguno de sus individuos conoce personalmente a todos los demás, pero existen fenómenos como éstos que nos permiten sentirnos parte de ella”. De acuerdo con este mismo texto, es lo que el politólogo Benedict Anderson llamaba la “comunidad imaginada”.
Aunado a la desazón general por las precarias condiciones de vida y los problemas estructurales de nuestra sociedad, la desigualdad y la violencia, lo anterior crea el ambiente perfecto para una reacción desproporcionada de la afición, que exige al once nacional la pátina de esperanza tan necesaria en el desafortunado lienzo que es nuestra realidad, y eleva cada victoria en la cancha a una especie de hazaña o proeza: la buena noticia de la que estamos tan necesitados. El milagro, pues.
Todo lo observado —tal vez está de más decirlo— no sucede solo en México. En otros países, la afición por el balompié también alcanza niveles sorprendentes de fanatismo y, según explica Varela, los torneos internacionales están estructurados alrededor de representaciones nacionales, países que se enfrentan simbólicamente, lo cual genera sentimientos de pertenencia —y rivalidad, xenofobia y hasta odio, añadiría yo— muy fuertes.
Dejando de lado la política de los países organizadores, la corrupción de la FIFA y las teorías de conspiración en torno al avance de algunas selecciones, lo que más ha llamado mi atención es lo que las pasiones encendidas pueden provocar en cuanto a enfrentamientos entre aficionados fuera de los estadios, en terrenos mucho más confusos y que a veces se tornan en territorios de extrema violencia y obstinación: aquellas canchas llamadas redes sociales.
Algunos comentaristas suelen abordar el fútbol como materia y extrapolar temas históricos, políticos y estructurales, lo que convierte a las selecciones de los países en representaciones que pretenden condensar todo lo que está bien y mal de una nación en un solo grupo de humanos que se disputan una copa. Ello, además, se desborda e impacta en el ambiente de nuestras casas, lugares de trabajo y centros de convivencia.
Migración, dictaduras, racismo, corrupción, colonización y malinchismo son algunas de las acusaciones que se han vertido para descalificar logros de las selecciones e intentar sembrar culpa entre quienes las siguen. Se exige una especie de congruencia moral en cuanto a qué país debe apoyarse cuando —seamos honestos— el acto máximo de coherencia sería no seguir en absoluto una justa deportiva propuesta por una organización corrupta y de intereses tan cuestionables como la FIFA.
Si bien es imposible desligar a los países de su historia y sus gobiernos, contraponer pasado y presente representaría el principal obstáculo si se trata de otorgar un valor moral absoluto como “bueno” o “malo” a un equipo de fútbol. En mi opinión, bajar todo esto a la cancha es extremo, una discusión estéril. Todos los países tienen episodios históricos reprobables, endilgables a los gobiernos de determinada época. Opino que sería más sencillo y objetivo juzgarlos por su comportamiento deportivo o antideportivo dentro de la cancha.
Juan Villoro, en sus deliciosos intercambios epistolares sobre el mundial con el escritor argentino Martín Caparrós, lo llamó “la desatinada variedad de lo humano”; y el técnico de la selección argentina, Lionel Scaloni, lo sintetizó muy bien en una entrevista previa al encuentro que sostuvieron frente a Inglaterra. A pregunta expresa de un periodista de su país sobre qué les diría a los argentinos que se preparaban para vivir el encuentro de manera particularmente emocional, el DT del once albiceleste respondió: “les diría que tranquilos, es solo un partido de fútbol”.
Escribo estas líneas mientras las aguas se van asentando y el encono entre aficionados mexicanos, ingleses, argentinos, y españoles va dando paso a la calma y la sensatez. Hay muchos aspectos dignos de analizar sobre la animadversión latinoamericana al seleccionado argentino, o la exacerbada hispanidad que nos nació del alma cuando España se coronó campeón. Por ahora, dejo estas reflexiones un poco a medias, un poco con ganas de más, y me dispongo al punto final porque creo que ya es hora guardar el espíritu futbolero mundialista y volver a los problemas reales, esos que no dan tregua y que determinarán la realidad de la cual deseemos escapar dentro de cuatro años, cuando se juegue la próxima Copa.— Mérida, Yucatán
Licenciada en Periodismo y maestra en Relaciones Públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado
