No hay “imperialismos buenos, los hay de simplemente nocivos a peores. Sin embargo, en la práctica la diferencia entre ellos pudiera ser significativa para quienes viven —vivimos— a la sombra de alguna potencia hegemónica.

Lo anterior se desprende de una discusión que actualmente tiene lugar entre dos teóricos de una potencia imperial —Estados Unidos—, ambos académicos de gran renombre que examinan la naturaleza del fenómeno de la hegemonía en el contexto internacional actual y que hoy coinciden en su crítica —demoledora, por cierto— de la política imperial del presidente Donald Trump, tanto en Irán como en Ucrania.

Los dos consideran que, pese a que Washington se niegue a reconocerlo, Estados Unidos y sus aliados —Israel en Irán y la OTAN en Ucrania— van camino a fracasar en sus objetivos políticos y militares originales.

Los dos enfoques no difieren mucho en sus conclusiones, pero sí en su concepción de la naturaleza de la política imperial posible en Irán y en Ucrania.

Si la Casa Blanca hubiera estado habitada por un personaje menos inmoral e ignorante que su actual ocupante las situaciones en Europa y en el Medio Oriente podrían haberse resuelto de manera pacífica.

Los académicos de referencia son John J. Mearsheimer —R. Wendell Harrison Distinguished Service Professor de Ciencia Política de la Universidad de Chicago— y Jeffrey D. Sachs —University Professor de la Universidad de Columbia y director en esa universidad del Centro para el Desarrollo Sustentable.

Como el concepto de soberanía está en el centro de visión de ambos académicos, no está de más recordar que la definición aún vigente de soberanía emergió de un conflicto terrible: de la llamada “Guerra de los 30 años” y que en 1648 desembocó, por agotamiento, en la “Paz de Westfalia”. Ahí, tras el fin de un conflicto religioso y político particularmente sangriento dentro del Sacro Imperio Romano-Germánico, se propuso que para evitar un nuevo choque de poderes en el corazón de Europa, los firmantes —monarquías y principados en que se había dividido el otrora gran imperio— se comprometieran a observar una regla de oro en su relación: el respeto de las fronteras y no intervenir en los asuntos internos de los otros, es decir que se respetara la soberanía de cada estado.

Casi cuatro siglos después de la “Paz de Westfalia” es claro que ninguno de los dos principios acordados entonces se respetó, pero ambos sobreviven ¡en la Carta de las Naciones Unidas!

Para examinar la naturaleza de la política entre naciones Mearsheimer parte de la concepción realista del ejercicio del poder. Se trata de una visión donde el ser y el deber ser suelen no coincidir, una donde principios y acuerdos entre estados en torno a fronteras y soberanías internas valen solo en la medida en que existe poder para defenderlas.

Este autor sostiene que la competencia incesante entre las grandes potencias es una realidad estructural e histórica del sistema internacional y producto inevitable de la desigualdad en la distribución mundial del poder.

Por lo anterior, el internacional es un sistema siempre competitivo y donde el ideal de sus miembros más poderosos es lograr la hegemonía mundial o al menos que sus rivales no acumulen poder ni consoliden alianzas que puedan menoscabar su seguridad. En cualquier caso, la evolución de ese sistema es siempre impredecible y cargada de inseguridades puesto que no existe ninguna instancia supranacional efectiva a la que las naciones puedan apelar cuando sus intereses chocan. En fin, que ahí la política del poder es la única instancia efectiva.

Mearsheimer prueba que en cualquier época las potencias se han empeñado a sangre y fuego en construir, mantener y ensanchar sus respectivas esferas de influencia y constreñir la soberanía de aquellos otros actores nacionales que constituyen su zona de dominio geopolítico.

En contraste, el profesor Sachs, sin negar las conclusiones de Mearsheimer y sin proponer una explicación alternativa a su realismo, ha elaborado una teoría normativa para la conducta de las grandes potencias centrada en el concepto de las “esferas de seguridad”.

En este caso, las grandes potencias podrían y deberían abstenerse de intervenir en el juego interno de los países que han quedado dentro de lo que la geopolítica le ha llevado a considerar como “su” zona natural de seguridad, y limitarse solo a impedir que esa zona se establezca una presencia militar de otra potencia.

Un ejemplo de que tal política es posible se tiene en el examen de las condiciones aceptadas por Austria en 1955. Ahí y entonces se materializó la aceptación de la neutralidad explícita de ese país derrotado en la II Guerra Mundial y ocupado en 1945 por sus cuatro vencedores.

Tras la derrota del régimen nazi, Austria fue ocupada por los aliados pero diez años más tarde pudo negociar la recuperación de su esencia como Estado soberano, pero a condición de formalizar su compromiso de no unirse a la OTAN (aunque sí a la Unión Europea) y mantener una neutralidad militar a cambio de recuperar la libertad de decidir autónomamente su régimen interior y hoy Austria este integrada económica y política con Europa Occidental pero no militarmente.

Desde la perspectiva de Mearsheimer y de Sachs, Ucrania es un país que por su frontera con Rusia el Kremlin considera que debería quedar claramente dentro de la esfera natural de influencia y de seguridad de Rusia. Sin embargo, poco a poco la OTAN y quien le domina o dominaba entonces —Estados Unidos— se propusieron intervenir en sus procesos internos para llevar al poder a un gobierno antiruso y para terminar por ser parte activa de la OTAN, una alianza militar básicamente antirrusa.

Para Estados Unidos, Ucrania no es un país cualquiera sino uno particularmente estratégico.

En 1997 Zbigniew Brezezinski, un teórico muy influyente en el diseño de esa política en Washington, publicó The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic Imperatives. En ese libro, Brezezinski propuso que Washington debería proponerse convertir a Ucrania en lo que definió como un “estado pivote” de Occidente, es decir convertir a Ucrania como un país que en sí mismo era irrelevante para Estados Unidos pero que debido a su posición geoestratégica podría ser transformado en un estupendo instrumento para promover políticas y acciones que debilitaran aún más a una Rusia que ya había dejado de ser la gran potencia que había sido la URSS, dividirla y eliminarla definitivamente como competidora de Estados Unidos.

Pues bien, Zbigniew Brezezinski ya murió, pero su propuesta fue puesta en marcha y sigue vigente, quizá con menos entusiasmo por parte de Washington, pero sí de Berlín, Londres o París, aunque cada vez pareciera tener menos posibilidades de materializarse y en cambio Ucrania cada vez más parece un Estado inviable.

Quizá a Ucrania misma le hubiera convenido seguir el camino de Georgia y no el que le marcó Brezezinski. Como se recordará, en 2004 el presidente de Georgia —otro estado fronterizo con Rusia— Mijaíl Saakashvil se propuso acabar con los movimientos prorrusos en dos provincias: Osetia del Sur y Abjasia, y negociar su ingreso a la OTAN para protegerse de Moscú.

El proyecto se vino abajo tras una invasión rusa en 2008 para apoyar a los rebeldes y transformar a sus territorios en estados independientes respaldados por tropas rusas.

Finalmente, aunque Georgia dice que mantiene su aspiración a ingresar a la OTAN en la práctica esa posibilidad ya desapareció y el Kremlin ya no ve a Georgia como una amenaza para la seguridad rusa. En este caso y en el de Austria, lo propuesto por Sachs puede funcionar: un país en la zona de seguridad de una gran potencia puede salvaguardar su soberanía interna a condición de no jugar el papel de “país pivote” de los rivales de esa potencia.

Mearsheimer y Sachs por la vía de dos conceptos diferentes pero emparentados —“zonas de influencia” en el primer caso y “zonas de seguridad” en el segundo—, llegan a un punto de acuerdo : Rusia perdió su estatus de gran potencia hegemónica de la Europa del Este al desaparecer la URSS en 1991 pero sigue siendo una potencia nuclear y perdería mucho de la seguridad que conserva más si dejara que Ucrania se convirtiera en el “estado pivote” de Occidente que vislumbrara Brezezinski.

¿Y cómo concluir esta columna desde México? Para Estados Unidos y para el mundo nuestro país está en una de las zonas definidas por los conceptos de Mearsheimer y Sachs. Imposible evitar el que Estados Unidos no nos considere como “zona de seguridad” pero dirigentes y sociedad en México debemos esforzarnos por no permitir que se nos considere como una “zona de influencia” de Washington como es hoy el caso de Venezuela, donde las políticas y procesos internos son determinados o condicionados por Washington.

La presidenta Sheinbaum debe tener todo nuestro respaldo para mantener el máximo espacio posible para el ejercicio de nuestra soberanía interna no obstante la natural dureza de la política entre naciones.— Ciudad de México.

contacto@lorenzomeyercossio .com

Historiador y analista

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán