Hay noticias que informan y otras que nos detienen por dentro. La muerte repentina de Fernando Jorge Ponce Goff, a los 36 años, pertenece a esas que nos dejan sin palabras, porque nos enfrentan con una realidad para la cual nadie está preparado.
Era joven. Esposo. Padre de dos niños. Hijo amado. Un hombre con proyectos, afectos y una vida que parecía extenderse hacia adelante.
Su partida, inesperada y prematura, ha tocado profundamente a muchas personas. Pero detrás de cualquier apellido notable o trayectoria profesional existe algo sencillo y grande: una familia que ama.
Y hoy mi pensamiento está especialmente con sus padres, Fernando José Ponce Díaz y María Valentina Goff Ailloud.
A Fernando José lo recuerdo con afecto desde aquellos años de juventud en Mérida, en el Montejo y el CUM, antes de continuar su preparación fuera del país. Con Valentina compartí aulas en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán. La vida nos llevó después por caminos distintos, pero hay afectos que sobreviven al tiempo.
Por eso estas palabras no buscan explicar nada. Buscan, simplemente, estar cerca.
Como padre, no alcanzo a imaginar lo que significa perder a un hijo. Como hombre de fe —una fe que también conoce dudas y silencios— tampoco me atrevería a decir que comprendo los designios de Dios. Y como amigo, sólo quisiera acercarme con respeto, cariño y el corazón abierto.
¿Qué puede decirse ante un dolor así? Muy poco, probablemente.
Hay momentos en los que el consuelo no está en la frase adecuada, sino en la presencia: en un abrazo, en sentarse junto a quien sufre, en saber guardar silencio. Acompañar también significa no intentar explicar el dolor ni apresurar el duelo. Simplemente permanecer.
Pienso también en Andrea, su esposa, y en sus hijos, Fernando y Nicolás. Ellos vivirán una ausencia imposible de sustituir, pero crecerán rodeados por la memoria de un hombre que los amó.
Algún día esos niños preguntarán cómo era su padre. Entonces habrá historias, fotografías, recuerdos de su voz, de su manera de reír, de sus sueños y de sus valores. Tal vez descubran en ellos mismos algún gesto suyo.
Y sabrán algo esencial: su historia no comenzó con una pérdida. Comenzó con el amor de su padre.
Las personas que amamos permanecen en aquello que sembraron: en sus hijos, en sus enseñanzas y en la manera en que tocaron la vida de los demás. La muerte puede arrebatarnos una presencia, pero no puede borrar una historia compartida.
Habrá días en los que recordar a Fernando será doloroso. Habrá otros en los que una anécdota quizá consiga provocar una sonrisa. Y esa sonrisa no será olvido. Será amor.
Para quienes creemos en Dios, existe además un refugio que no siempre ofrece respuestas, pero sí compañía.
El Salmo 34 dice: “Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón”. No explica el misterio del dolor. Sólo recuerda que Dios está cerca. Y quizá eso sea lo que más necesitamos cuando ya no alcanzan las explicaciones: sentir que, aun en medio de lo incomprensible, no estamos solos.
A mis queridos Fernando y Valentina quisiera decirles algo desde el afecto y la amistad de tantos años: no tengo respuestas para ustedes. Pero sí tengo cariño, recuerdos y un profundo respeto por su dolor.
Sé que alrededor de ustedes hay muchas personas que los quieren y que, aunque nadie pueda cargar en su lugar una pena tan grande, sí podemos caminar cerca y acompañarlos.
Ojalá llegue un día, sin prisa y sin fecha, en que junto a la pena de su ausencia pueda habitar también la gratitud de haber tenido a Fernando y de haber compartido con él una parte irrepetible de sus vidas.
Que Andrea encuentre brazos que la sostengan. Que Fernando y Nicolás crezcan rodeados de amor y de historias sobre su padre. Y que Fernando y Valentina encuentren, a su tiempo, momentos de serenidad dentro de una ausencia que nadie puede pedirles que olviden.
Porque un hijo nunca deja de ser hijo.
El amor cambia de lugar: deja de estar delante de nuestros ojos y comienza a vivir para siempre dentro de nosotros.
A Fernando y Valentina, a Andrea, a Fernando y Nicolás, y a toda su familia, mi cariño, mi respeto y mi abrazo sincero.
Y desde mi fe —humilde, imperfecta, pero sincera— y, sobre todo, desde la amistad y el respeto que les tengo, me uno de corazón a sus oraciones.— Mérida, Yucatán
*Expresidente del Colegio Yucateco de Arquitectos, A.C.
