La Encuesta Intercensal 2025 del Inegi permite mirar a Yucatán más allá del crecimiento de su población. Sus resultados muestran algo más profundo: Yucatán atraviesa cambios estructurales. Cambia la forma de formar familias, de habitar las viviendas, de envejecer, de estudiar y de relacionarnos con la ciudad. No son transformaciones aisladas. En conjunto, dibujan una sociedad distinta y plantean preguntas importantes sobre el Yucatán que estamos construyendo.

Uno de los cambios más llamativos es la fecundidad. En Yucatán pasó de 1.9 hijos por mujer en 2019 a 1.1 en 2024. Es una reducción considerable en apenas cinco años. Menos nacimientos significan, con el paso del tiempo, una estructura demográfica diferente: menos niños, posteriormente menos jóvenes y una proporción mayor de adultos mayores. No se trata solamente de una cifra demográfica; es un cambio que terminará influyendo en la educación, los cuidados, los servicios de salud y, más adelante, en el propio mercado laboral.

Ese proceso ya empieza a observarse. Entre 2020 y 2025, la proporción de personas de 60 años y más en Yucatán aumentó de 12.4 a 14.7 por ciento, mientras que la población menor de 15 años disminuyó de 23.8 a 20 por ciento. La edad mediana pasó de 30 a 32 años. Estamos, por tanto, frente a una población que gradualmente envejece. Esto obliga a pensar desde ahora en sistemas de cuidados, servicios de salud, movilidad, accesibilidad y espacios públicos adecuados para una población con una composición diferente.

Quizá uno de los datos más interesantes sea el de la vivienda. Entre 2020 y 2025, las viviendas particulares habitadas en Yucatán pasaron de 658 mil a más de 775 mil, un crecimiento cercano al 18 por ciento, mientras que la población residente en ellas aumentó alrededor de 8 por ciento. Esto significa que ya no basta con preguntar cuántas personas viven en Yucatán; también debemos preguntarnos cómo viven. Hogares más pequeños, personas viviendo solas y nuevas formas de convivencia modifican las necesidades de vivienda y de servicios públicos.

Los hogares también están cambiando. Los hogares unipersonales representaban 12.5 por ciento del total en 2020 y alcanzaron 14.9 por ciento en 2025. Al mismo tiempo, disminuyó la proporción de hogares familiares formados por parejas con hijos y aumentó la de parejas sin hijos. La familia yucateca no desaparece, pero sí se diversifica. Y esa diversidad importa para pensar en vivienda, cuidados, consumo, movilidad y redes de apoyo.

Educación y conectividad

La educación ofrece una señal positiva. La asistencia escolar entre los tres y cinco años aumentó de 72.1 a 81.9 por ciento, mientras que también mejoraron otros indicadores educativos. Pero hay otro cambio que merece atención: la expansión de la conectividad digital. En 2020, 55.3 por ciento de las viviendas contaba con internet; para 2025 la proporción alcanzó 79.3 por ciento. Sin embargo, la disponibilidad de computadora, laptop o tableta pasó apenas de 38.6 a 40.7 por ciento. Es una diferencia importante: tener conexión no signifca necesariamente contar con el equipo adecuado para estudiar, trabajar o aprovechar plenamente los servicios digitales. La inclusión digital exige mirar ambas dimensiones. Debemos impulsar políticas públicas que disminuya esta desigualdad digital.

Mérida merece una reflexión particular. El municipio pasó de 303,783 viviendas particulares habitadas en 2020 a 358,808 en 2025. Además, 17.3 por ciento de sus hogares son ya unipersonales. Son señales de una ciudad que continúa creciendo, pero sobre todo de una ciudad donde cambian las formas de habitarla. La planeación urbana deberá considerar no solamente cuántas personas llegan o cuántas viviendas existen, sino qué tipo de hogares se están formando y qué servicios requieren.

Las políticas públicas suelen diseñarse para responder a una realidad determinada. Pero cuando la sociedad cambia, las políticas también deben hacerlo. La Encuesta Intercensal 2025 muestra que Yucatán ya no es el mismo de hace una década: nacen menos niños, aumenta la población mayor, los hogares son más pequeños y las formas de habitar la ciudad son distintas. Estos no son cambios coyunturales; son transformaciones estructurales que obligan a replantear la manera de planear el desarrollo del estado.

Como sociedad, debemos comenzar a discutir qué políticas públicas necesitaremos para ese futuro. No es una tarea exclusiva del gobierno. También involucra a universidades, empresas, organizaciones sociales y ciudadanía. Las estadísticas son útiles no solo porque describen el presente, sino porque permiten anticipar necesidades. La Encuesta Intercensal 2025 nos ofrece una fotografía suficientemente clara: Yucatán está cambiando. El siguiente paso es comprender hacia dónde y decidir, colectivamente, cómo queremos responder a esas transformaciones.— Mérida, Yucatán

*Presidente del Colegio de Maestros en Administración y Políticas Públicas para el Sureste

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