Cada día tomamos cientos de decisiones que consideramos propias: qué noticia leer, qué producto comprar, qué ruta seguir, qué película ver, con quién relacionarnos e incluso qué pensar sobre determinados asuntos. Sin embargo, una parte creciente de esas elecciones ocurre dentro de entornos digitales diseñados para conocernos, anticiparnos y mantener nuestra atención. La pregunta ética ya no es solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino algo más incómodo: ¿cuánto de lo que decidimos sigue siendo verdaderamente nuestro?
El problema no consiste en demonizar la tecnología. Los algoritmos facilitan tareas, acercan servicios, reducen tiempos y permiten acceder a posibilidades que hace pocos años parecían impensables. El riesgo aparece cuando la comodidad se transforma silenciosamente en dependencia y dejamos de distinguir entre una herramienta que nos ayuda a decidir y un sistema que comienza a decidir por nosotros. Una recomendación aparentemente inocente puede convertirse en una arquitectura de elección: vemos lo que el algoritmo selecciona, deseamos lo que nos muestra y terminamos creyendo que elegimos libremente entre opciones que alguien más ordenó previamente.
Esta concentración de poder ayuda a entender el tecnofeudalismo: un sistema en el que los dueños de las grandes plataformas se asemejan a nuevos señores feudales. No necesitan poseer lo que se produce, pues controlan el territorio digital por el que productores y consumidores deben pasar (la plataforma, los datos, la visibilidad y sus reglas). Cuanto más indispensable se vuelve ese territorio, mayor es su poder sobre nuestras decisiones.
Aquí surge el verdadero dilema ético. La autonomía humana supone capacidad para reflexionar, cuestionar y elegir conforme a valores propios. Sin embargo, las plataformas poseen una ventaja inédita: aprenden de nuestras búsquedas, compras, desplazamientos, contactos y tiempos de atención. No necesitan obligarnos. Les basta con conocernos suficientemente bien como para colocar el estímulo adecuado en el momento preciso. La coerción del siglo XXI puede ser mucho más sutil que una prohibición: consiste en hacer que una conducta inducida se experimente como una decisión personal.
Esto también afecta nuestra identidad. Durante siglos, la pregunta “¿quién soy?” perteneció al terreno de la conciencia, la familia, la comunidad, la educación y la experiencia. Hoy corre el riesgo de ser sustituida por otra: “¿qué consumo y cómo me ven?”.
Recuperar la soberanía humana
Las redes convierten la vida en escaparate y el mercado ofrece productos, experiencias y símbolos para construir una versión publicable de nosotros mismos. Cuando el reconocimiento externo (el estatus) determina el valor personal, la libertad disminuye aunque formalmente nadie nos haya quitado ningún derecho. Por eso, hoy más que nunca necesitamos hablar de soberanía humana. No significa abandonar teléfonos, plataformas o inteligencia artificial, ni refugiarnos en una imposible autosuficiencia tecnológica, sino recuperar espacios en los que la persona conserve la última palabra y que nos permitan ser más humanos. Esa soberanía puede construirse, al menos, en cinco dimensiones.
1) Soberanía cognitiva: utilizar la IA para ampliar nuestro pensamiento, no para sustituirlo. Consultar un algoritmo no debería eximirnos de contrastar información, formular preguntas ni asumir la responsabilidad de nuestras decisiones. Podemos aprender de lo que nos da la IA, analizar sus contenidos y criticarlos, pero no permitir que nos reemplace.
2) Soberanía identitaria: recordar que nuestro valor no depende de marcas, seguidores, fotografías ni aprobación digital. Podemos usar las redes sin permitir que ellas definan quiénes somos.
3) Soberanía temporal. La economía de la atención compite por minutos que nunca regresarán. Recuperar el tiempo exige establecer momentos sin pantallas, desactivar notificaciones innecesarias y reservar espacios para conversar, leer, caminar, cocinar, crear o simplemente pensar. No todo minuto disponible tiene que convertirse en consumo, productividad o dato.
4) Soberanía económica. El crédito y la compra inmediata son útiles cuando sirven a un proyecto de vida, pero peligrosos cuando convierten el ingreso futuro en pago permanente del consumo presente. Las tarjetas de crédito deben usarse responsablemente y aprovechar sus beneficios, pero ser “totalero” en cuanto al pago, es decir, liquidar los consumos cada mes en lugar de que se conviertan en parte de nuestro ingreso. Posponer 48 horas una compra no esencial, liquidar mensualmente el crédito, formar un fondo de emergencia y privilegiar activos que desarrollen capacidades son pequeñas decisiones que nos devuelven margen de libertad.
5) Soberanía comunitaria. Una sociedad formada únicamente por consumidores aislados es más dependiente que una comunidad capaz de crear vínculos. Comprar parte de lo necesario directamente a productores locales, fortalecer mercados de barrio, compartir conocimientos y recuperar actividades que podemos realizar por nosotros mismos, como elaborar nuestros alimentos o hacer reparaciones en casa, no elimina a las grandes plataformas, pero evita que se conviertan en el único camino posible para sobrevivir en el mundo actual.
La historia de Yucatán conoce bien los sistemas que convierten la dependencia en forma de vida. En las haciendas henequeneras, el peonaje por deudas y la tienda de raya ligaban al trabajador a un sistema del que era difícil salir. No es correcto equiparar aquella violencia con la experiencia digital contemporánea, pues las diferencias históricas y morales son enormes. Sin embargo, esa analogía advierte un riesgo: regresar a un peonaje por deudas alimentado por un sistema que nos estimula a consumir, comprar de inmediato y aparentar. Los nuevos señores feudales son los dueños de las plataformas donde compramos, vendemos, nos informamos y buscamos reconocimiento. Las cadenas ya no son físicas: pueden ser crédito, atención, datos, aprobación social y comodidad. Cuando el ingreso futuro queda comprometido para sostener el consumo presente, la deuda vuelve a reducir nuestra libertad.
La inteligencia artificial seguirá avanzando y sería absurdo intentar detenerla. La tarea ética consiste en decidir qué lugar ocupará en nuestra vida. Una tecnología verdaderamente humana no es la que hace todo por nosotros, sino la que aumenta nuestra capacidad de comprender, crear y elegir. La verdadera riqueza, entonces, no consiste en acumular objetos ni en delegar cada esfuerzo a una plataforma, sino en conservar algo que ningún algoritmo debería administrar en nuestro nombre: el derecho a pensar quién queremos ser y a disponer conscientemente de nuestro tiempo. Cuando nuestra esencia no está en venta y nuestro futuro sigue perteneciendo a nuestras decisiones, la tecnología vuelve a ocupar el lugar que le corresponde: servir a la persona, no gobernarla.— Mérida, Yucatán
*Doctor, Facultad de Contaduría y Administración. Universidad Autónoma de Yucatán
