Guillermo Fournier (*)

La democracia está en peligro en diferentes partes del mundo desde que una ola de gobernantes populistas llegó al poder para arrasar con leyes e instituciones. El desencanto hacia la clase política tradicional hizo que un amplio sector de la ciudadanía, en diversos países, diera oportunidad, a través del voto, a líderes demagógicos que no han demostrado sino ser mucho peores que sus predecesores.

¿Qué tienen en común los populistas? Ya sean de derecha o de izquierda, estos personajes comparten algunas características. La fórmula se repite en Brasil, Colombia, Estados Unidos, España, Reino Unido, Francia, o México. Básicamente, los presidentes y líderes de partido demagogos ofrecen soluciones simples a problemas complejos, afirman que existe una fuerza maligna culpable de todos los males de la sociedad, y dicen representar el legítimo interés del “pueblo”, con mucho énfasis en negar la pluralidad democrática, y dividir al país entre “buenos” y “malos”.

En campaña electoral repetirán hasta el cansancio que basta con que ellos suban al poder para que todo se resuelva: el crecimiento económico, los precios de los combustibles, la salud pública (será la mejor del mundo), los servicios públicos, y por supuesto, la corrupción. No suelen tener planes de trabajo ni propuestas reales de política pública, pues minimizan la importancia del profesionalismo en la administración pública. Aseguran con insistencia que es suficiente con ser “honestos” para dar resultados.

Sin embargo, una vez que asumen el gobierno empiezan las dificultades. Las altas expectativas que crearon con promesas grandilocuentes son imposibles de cumplir. Es habitual que la realidad del país no mejore, sino, por el contrario, que comience a deteriorarse en múltiples ámbitos. Cometen torpezas políticas que generan incertidumbre perjudicando la economía, hacen recortes presupuestarios en educación, salud y servicios públicos para financiar proyectos sin sentido, y colocan a personas sin competencia técnica ni experiencia en posiciones relevantes de poder.

Ante lo apremiante de la situación, claro está, no corrigen el rumbo; en cambio, doblan la apuesta.

Los fracasos del gobierno no son culpa del populista, ya que siempre encontrará pretextos absurdos para justificar su falta de capacidad. Uno de los preferidos es echarle la culpa al pasado; otro, inventar el cuento de una injerencia extranjera, o el complot de una fuerza doméstica que busca sabotear el proyecto transformador o revolucionario del demagogo.

Al principio, la gente que respaldó en las elecciones al populista le verá con buenos ojos, confiando en que el supuesto cambio llegará eventualmente. La decepción, no obstante, permea tarde o temprano, pues la calidad de vida de la población no mejora o solo lo hace de manera marginal y temporal. Por mucho que los gobiernos demagogos sean dados a repartir dádivas a las personas, las deficiencias en seguridad, salud, educación, suministro de energía eléctrica y demás, acaban por empeorar las condiciones generales de la sociedad.

Esto lo saben bien los líderes populistas, por lo que se dedican desde el primer momento a desmantelar las instituciones que puedan servir de contrapeso democrático. Si disponen de mayorías legislativas las usan para modificar las leyes a conveniencia, procurando cerrar la vía electoral, con el fin de perpetuarse en el poder. En el mismo sentido, priorizan la captura de los órganos autónomos encargados de organizar las elecciones, así como del poder judicial, y los medios de comunicación que lo permitan.

El propósito es obvio: garantizar que nadie los pueda sacar del gobierno, aún si su popularidad disminuye y la gente ya no los elige en las urnas. Una vez destruidas las instituciones y mecanismos democráticos, sale a la luz el talante autoritario y tiránico de los populistas. Cuando se alcanza este punto, ya es muy difícil deshacerse del demagogo, aferrado al poder por todos los medios. En Latinoamérica hay varios ejemplos que dan fe de la longevidad de las dictaduras -véase el caso de Venezuela con Hugo Chávez y Nicolás Maduro-.

¿Hay una salida? Es complicado, pero sí. Los países democráticos debieran vacunarse y crear anticuerpos para frenar el avance de los populistas cuya ambición destruye el desarrollo de las naciones. La conciencia ciudadana es fundamental para decirles no a los demagogos que repudian la corrupción en el discurso, aunque promueven el enriquecimiento ilícito de los suyos a costa del erario.

Mentir, robar y traicionar es el sello del populismo. No nos dejemos engañar por narrativas baratas; mejor juzguemos a los políticos por sus acciones y resultados.

Licenciado en Derecho, maestro en Administración, doctor en Gobierno

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