Silvia América López Escoffié (*)
Hay historias que terminan en los libros, pero cuyas consecuencias siguen caminando entre nosotros.
La historia política de México es, en buena medida, la historia de cómo hemos intentado sustituir el poder de las personas por el poder de las instituciones. Y quizá todavía no hemos terminado esa tarea.
Desde la época colonial se construyeron estructuras profundamente desiguales. La riqueza, la tierra, la educación y el acceso a las decisiones estuvieron concentrados durante largos periodos en pocas manos.
Nuestra Independencia y décadas después la Revolución, transformaron profundamente al país pero no pudieron borrar de un día para otro esas estructuras, ni las formas personales de ejercer el poder. En vez de ello, apareció un desafío enorme: ¿cómo construir un Estado nacional cuando el país estaba lleno de liderazgos regionales, militares y políticos que habían adquirido poder propio?
México necesitaba dejar atrás la lucha entre caudillos.
Y para ello se tomó una decisión trascendental.
En 1929, por iniciativa del general Plutarco Elías Calles, se fundó el Partido Nacional Revolucionario, PNR, con la intención de crear una estructura política nacional que permitiera encauzar los distintos liderazgos y sustituir la disputa personal por el control institucional de la sucesión política.
Fue, sin duda, un paso fundamental en la construcción del Estado mexicano.
Pero hay una diferencia importante entre institucionalizar a los hombres del poder e institucionalizar verdaderamente el poder.
Y ahí está una de las grandes paradojas de nuestra historia:
México logró institucionalizar a los caudillos, pero nunca terminó de institucionalizar el poder.
El caudillo encontró nuevas formas de sobrevivir. Se convirtió en jefe político. El jefe político, en gobernador. El gobernador formó su grupo. Y el grupo, en ocasiones, en una estructura capaz de transmitir influencia de una generación a otra.
Cambió el nombre, cambió el partido, cambiaron los discursos y cambiaron las alianzas. Pero en muchas zonas, lugares, ha permanecido algo más profundo: la estructura del poder.
Por eso todavía podemos encontrar municipios, regiones y espacios políticos donde determinados grupos o familias mantienen durante décadas una enorme influencia.
No es un fenómeno exclusivo de una ideología ni de un partido. Puede vestirse de cualquier color.
Porque el caudillismo no es solamente una forma de hacer política. Es una manera de ejercer el poder en la que importa más la lealtad personal que la institución; más la cercanía con quien manda que la fortaleza de las reglas; más quién controla que cuáles son los límites que debe respetar quien controla.
Y cuando eso sucede, las instituciones terminan siendo utilizadas en beneficio de esos “líderes”, en lugar de ser ellas las que les pongan límites a quienes detentan el poder público.
Por supuesto, las instituciones también deben transformarse y cambiar. Deben evolucionar conforme cambia una sociedad.
El problema no es que cambien.
La pregunta es “hacia dónde cambian”.
¿Se vuelven más fuertes, independientes y capaces de controlar al poder?
¿O terminan debilitándose frente a quienes lo ejercen?
Una democracia no se construye solamente con elecciones. Necesita instituciones capaces de garantizar derechos, impartir justicia, fiscalizar el dinero público y establecer límites a quienes gobiernan.
Porque los gobiernos pasan. Los funcionarios pasan. Los partidos pasan Los líderes pasan, pero las instituciones deben permanecer y sostener a un Estado.
Y aquí aparece una responsabilidad que muchas veces olvidamos: ninguna institución puede ser más fuerte que la cultura ciudadana que la defiende.
Si los ciudadanos aceptamos que una persona está por encima de las reglas, el caudillismo encuentra terreno fértil.
Si aceptamos que un partido está por encima de nuestras convicciones, también.
Si dejamos de cuestionar por miedo, conveniencia, costumbre o lealtad, el poder aprende que puede avanzar sin ser observado.
Por eso, esta no es solamente una historia de políticos. También es una historia de ciudadanos.
Durante mucho tiempo hemos esperado que otros resuelvan la política por nosotros. Hemos permitido que las decisiones queden en manos de grupos, dirigentes y partidos, para después lamentarnos de sus consecuencias.
Pero el poder no se sostiene únicamente desde arriba.
También necesita de quienes lo aceptan desde abajo.
Por eso la verdadera transformación no consiste solamente en cambiar de partido, de gobernante o de grupo político.
Consiste en cambiar nuestra relación con el poder.
En entender que ningún líder, ningún partido, ningún grupo y ninguna familia debe estar por encima de las instituciones.
Y que una sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de cuestionar incluso a aquellos con quienes simpatizan.
Porque quizá el gran pendiente de nuestra historia no sea solamente haber dejado atrás a los antiguos caudillos.
Quizá sea haber aprendido, finalmente, que el poder debe estar por debajo de las instituciones y nunca por encima de ellas.
Los caudillos crecen cuando los ciudadanos guardan silencio.
Las instituciones se fortalecen cuando los ciudadanos las defienden.— Mérida, Yucatán
Exdiputada
