Durante décadas, una fecha organizó la historia del Imperio inca: 1438. Según la cronología tradicional, ese año Pachacuti desplazó a su padre y tomó el poder en Cusco, desde donde puso en marcha una expansión extraordinariamente rápida.
Sus sucesores habrían extendido el dominio por los Andes con escasa oposición. Entre aquel supuesto nacimiento imperial y el inicio de la conquista española, en 1532, habrían transcurrido apenas 94 años.
Esa versión, consolidada por el arqueólogo John Rowe en la década de 1940, descansaba principalmente en la crónica del sacerdote español Miguel Cabello de Balboa, escrita en el siglo XVI a partir de tradiciones indígenas. Aunque otros relatos coloniales describían un crecimiento más gradual, las fechas elegidas por Rowe se convirtieron en el marco de referencia para interpretar los vestigios incas.
Ahora, nuevas dataciones por radiocarbono obligan a revisar ese calendario y la imagen de una conquista casi irresistible. Diversas investigaciones reunidas por la periodista Lizzie Wade en un reportaje de “Science”, publicado el 15 de octubre de 2026, sitúan la presencia inca en varias regiones décadas antes de lo previsto y muestran que algunas comunidades resistieron durante generaciones.
Una de las primeras discrepancias apareció en Chamical, al sur de Ecuador. Allí, el arqueólogo Dennis Ogburn encontró cerámica y armas incas en un asentamiento que interpretó como un puesto militar. La cronología convencional ubicaba la conquista de esa región entre 1463 y 1471; sin embargo, las muestras de los estratos más antiguos indicaban que el puesto probablemente había sido construido entre 1432 y 1451.
El desfase también alcanza al corazón del poder imperial. En Saqsaywaman, el conjunto ceremonial situado sobre Cusco, un equipo vinculado con la Universidad de Varsovia identificó una transformación arquitectónica que sustituyó antiguas terrazas por construcciones monumentales. Las dataciones de carbón sitúan el comienzo de la remodelación alrededor de 1400 y una intensificación de las obras hacia 1418, antes del inicio imperial propuesto por Rowe.
La expansión hacia el Sur podría ser todavía más antigua. Según los resultados recogidos por “Science”, cerámicas y arquitectura incas ya estaban presentes en varios sitios de los actuales Argentina, Bolivia y Chile hacia las últimas décadas del siglo XIV. Esto cuestiona que esas conquistas comenzaran durante el reinado atribuido a Topa Inca, entre 1471 y 1493.
Los arqueólogos Erik Marsh y Kevin Lane plantean que Yahuar Huacac, abuelo de Pachacuti, pudo encabezar aquel primer avance meridional. La atribución sigue siendo una hipótesis. Los restos permiten revisar cuándo hubo presencia inca, pero no identificar por sí solos al gobernante que ordenó cada campaña.
El cambio de fechas también devuelve protagonismo a quienes enfrentaron al imperio. En el altiplano peruano, Elizabeth Arkush comparó dataciones de asentamientos incas con las de los pukaras, fortificaciones de comunidades locales, entre ellas los collas. Encontró que ambos tipos de sitios coexistieron durante un periodo de entre 30 y 60 años.
Algunas de las mayores fortalezas seguían levantando murallas defensivas décadas después de la aparición de los primeros asentamientos incas, alrededor de 1400. Esa continuidad contradice la idea de un abandono inmediato ante los conquistadores. La ausencia de objetos incas en esos lugares puede reflejar una resistencia sostenida, en vez de demostrar que estaban deshabitados cuando llegó el imperio.
En el valle de Copiapó, en Chile, las investigaciones de Francisco Garrido sugieren otra trayectoria. Tras una etapa de intervención violenta en la localidad de Iglesia Colorada, entre 1400 y 1440, la presencia inca se concentró en torno a la fundición de cobre y dejó mayor autonomía a las aldeas. El investigador interpreta ese cambio como una posible respuesta a la oposición local. La revisión ha sido posible gracias a mejores calibraciones del carbono 14 y a modelos estadísticos que, en ciertos casos, reducen los intervalos de datación a unos 20 años. Pero los resultados conservan márgenes de incertidumbre: una fecha obtenida en un asentamiento no puede trasladarse automáticamente a todo el territorio imperial.
Todavía no existe un calendario completo que sustituya al tradicional, ni un nuevo año de fundación aceptado para el conjunto del imperio. Incluso hay indicios de una transformación rápida en Cusco, aunque anterior a 1438.
Lo que emerge es una historia más prolongada y desigual, en la que el poder inca se construyó mediante conquistas, acuerdos y conflictos que las crónicas centradas en los vencedores dejaron en segundo plano.
Investigador del Cephcis de la UNAM.
