A mediados del siglo pasado la designación de la palabra “kitsch” para todo aquello que manifestara exageración, cambio radical o exotismo desmedido resultaba poco conocido.
En el mundo del arte, la creación de modelos saturados de colores y formas geométricas irregulares causaban en la sociedad extrañeza e incomodidad; sin embargo, el acelerado desarrollo tecnológico y global ha gestado alteraciones intrínsecas en la psique de todos los individuos.
Lo que antes era escandaloso o excéntricamente absurdo, hoy se ha vuelto común y aceptable.
Por ejemplo, en el escenario de la moda, quién no recuerda el sobresalto y lo irreverente que se consideraba el uso de la minifalda o lo ridículo que parecía teñirse el cabello de matices variados; pero eso ha quedado en el olvido.
Las propuestas kitsch parecían peligrosas porque desafiaban lo establecido, lo que por generaciones se había conservado como intocable o perenne.
La amenaza que representaba esta nueva idea irrespetuosa de lo eterno e inmutable venía a enfrentarse con una sociedad anclada en convicciones ideológicas, religiosas y axiomáticas inamovibles.
Ahora, en estos tiempos, somos espectadores de una realidad totalmente diferente de la pasada; hemos sido rebasados y hasta esclavizados de las influencias kitsch.
Ya que cotidianamente contemplamos vivencias y acontecimientos paradójicos o inadmisibles que a la gente le parecen algo común o normal.
Lo que antes era casi imposible hoy ya no lo es, lo pretérito ha caducado, lo irracional es ya reglamentario.
Actualmente, en el ámbito de la política en México, también estamos dominados por el influjo kitsch; porque haciendo un análisis del panorama gubernamental constatamos cómo el proceder de los legisladores, gobernadores y servidores públicos ha dejado de ser lo que fue.
Las convicciones han sido abandonadas y traicionadas, los ideales de partido asumidos como identidad personal se desechan ante la avidez económica.
Lo incoherente como norma
Pero lo más sorprendente y afín al ideal kitsch es hacer de lo incoherente norma de conducta.
El filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetski, hablando de la influencia kitsch en el contorno político dirá que: “la relación del kitsch y la política es particularmente sorprendente en el caso de los regímenes totalitarios”.
Y esto se debe a que la intención oscura de muchos políticos es ganarse el corazón y los sentimientos de las masas para luego poder manipularlas e ir disfrazando los problemas graves que aquejan a las comunidades.
Recientemente, las redes sociales y medios de comunicación nos dejaron ver a la diputada local de Morena en Veracruz Victoria Gutiérrez Pérez con su propuesta de enviar café veracruzano a Marte a través de un proyecto llamada: “Proyecto Ares”.
O qué tal, el diputado local, nuevamente de Morena, Roberto Zatarain Leal que rindió su informe de resultados ante un “Parlamento Galáctico”, integrado por legisladores extraterrestres.
Creo que estamos ante una nueva era, donde el kitsch político ha infestado el seno de los ideales partidistas, porque da la impresión de que, para nuestros líderes o candidatos a cargos públicos, la exaltación de lo espectacular es prioridad, aun cuando no se solucionen los verdaderos problemas que afligen a los ciudadanos.
Con desconcierto, también en Yucatán, el kitsch va influenciando el devenir político porque la solidez de permanencia en los ideales en bien del pueblo que cada asociación política anhelaba ha pasado a ser erradicado por candidatos que hoy van de partido en partido, dando clara evidencia de buscar estar en el color de moda.
“El kitsch es ya tendencia y se extiende fuera de sus territorios de origen; se ha infiltrado ya en todos los ámbitos del espectáculo y del ocio de masas…” dirá Lipovetsky; por tanto, nos corresponde despertar de nuestra pereza racional para optar por aquello que sea cierto y eliminar de nuestra sociedad y política el dominio del kitsch que tanto deterioro está causando en nuestro estilo de vivir y elegir.— Mérida, Yucatán
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Sacerdote católico
