Cuando los funcionarios del gobierno de Donald Trump publican videos snuff de explosiones de supuestas embarcaciones de narcotraficantes, de un migrante que rompe en llanto esposado por funcionarios de inmigración o de ellos mismos delante de reclusos en una brutal prisión de El Salvador, a menudo pienso en una historia que san Agustín contó en sus Confesiones.
En el siglo IV d. C., un joven llamado Alipio llegó a Roma para estudiar derecho. Era un tipo decente. Sabía que la gente del centro del imperio se deleitaba con los crueles juegos de gladiadores, y se prometió a sí mismo que no iría. Sin embargo, con el tiempo, sus compañeros de estudios lo llevaron a un combate. Al principio, la multitud horrorizó a Alipio. “Todo se enfervorizaba en monstruosísimos placeres”, escribió Agustín, y Alipio mantuvo los ojos cerrados, negándose a mirar el mal que lo rodeaba.
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