Monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán
“Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré” (Jn 2, 19).
Muy queridos hermanos y hermanas, los saludo afectuosamente en este tercer domingo de Cuaresma, deseándoles todo bien en el Señor.
La primera lectura de hoy nos presenta los diez mandamientos de la Ley de Dios. Quizá para algunos sea un poco difícil escuchar los mandamientos en una época en que se vive con un pensamiento relativista, el cual postula que el individuo es la medida de sí mismo y que nada ni nadie debería imponer reglas, especialmente de orden moral.
Particularmente cuesta aceptar a la Iglesia y a todas las iglesias y religiones en la medida que nos recuerden estos mandamientos o nos den cualquier orientación en el comportamiento que se requiere en el mundo de hoy.
Sin embargo, reglas hay por todas partes: en el deporte, en el trabajo, en cualquier agrupación, sin olvidar las leyes de cada nación y pueblo, pues las reglas y normas son indispensables para la sana convivencia humana. Por otra parte, los mandamientos corresponden perfectamente a lo que la ley natural le dicta a cada persona en su conciencia.
Es probable que muchos hayan olvidado los diez mandamientos o que jamás los hayan memorizado, pero a pesar de esto, con mucho provecho podemos reflexionar sobre cada uno de ellos y esforzarnos por fijarlos en nuestra memoria y en nuestro corazón, encontrando la felicidad plena al ponerlos en práctica.
Con gran beneficio también podríamos leer lo que dice de cada mandamiento el Catecismo de la Iglesia Católica, que nos ayudará a profundizar y encontrar el verdadero sentido de cada uno.
Quien no tenga el Catecismo en su casa, le recomiendo que lo adquiera o que lo busque en internet para leerlo ahí.
Muy oportuno en esta Cuaresma será esta lectura y reflexión, aunque fuera en lugar de otros sacrificios, dedicando una media hora diaria durante esta semana.
Los primeros tres mandamientos se refieren al amor a Dios y nos llaman a no divinizar a nada ni a nadie; a referirnos con respeto a Dios y todo lo sagrado que le rodea; y a santificar las fiestas dedicándole al Señor algunos días del año comenzando por los domingos, palabra que significa “Día del Señor”.
Los otros siete mandamientos se refieren al amor al prójimo. El cuarto mandamiento nos manda honrar a nuestros padres. En este tiempo en que las costumbres y los sistemas educativos están de cabeza, en muchas familias parece que los papás se dedican a honrar a sus hijos, dándoles todo lo que les piden y hasta lo que no les piden. Otras personas que representan a los papás y que deberían ser una extensión de su autoridad, como los maestros en la escuela, se sienten siempre en peligro de ser acusados por “exceso” de autoridad. Veneremos a nuestros padres y demás autoridades, con la obediencia y el respeto que nos merecen.
Ayudemos al los niños y a los jóvenes a entender, practicar y gozar este mandamiento, como lo hicimos la mayoría de los miembros de la tercera edad en nuestro tiempo.
En cuanto a los otros mandamientos, les recomiendo ante todo leer y reflexionar lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia sobre el sexto y el séptimo mandamiento.
Les aseguro que se van a encontrar con un tesoro.
La segunda lectura de este domingo, tomada de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios, nos presenta dos actitudes extremas ante la fe y ante la persona de Jesús que tenían los judíos o los griegos, y que todavía hoy las tienen la mayor parte de las personas.
Actualmente, al igual que los judíos de aquel tiempo muchos esperan milagros para poder creer, y al igual que los griegos de aquel tiempo, muchos quieren entenderlo todo desde la lógica humana o desde los postulados de las ciencias.
Los cristianos ofrecemos como carta de presentación la cruz de nuestro Señor Jesucristo, “escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Cor 1, 23).
El Santo Evangelio de hoy según San Juan, nos presenta la expulsión de los vendedores del templo. Jesús en forma violenta, con un látigo hecho de cordeles, echa fuera a los mercaderes del templo con sus vacas, ovejas y palomas, que se vendían para ser ofrecidas en sacrificio; y a los cambistas les tumba las mesas con todo su dinero.
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