Una larga ovación para Emanuel Salvador y la OSY
Música de dos mexicanos, Revueltas y Manuel M. Ponce, formaron alianza con la escrita por un norteamericano que amó mucho a nuestro país, Aaron Copland, para tirar el reuma y llenar de ritmicidad el quinto concierto de la XXIX temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán. Un violinista portugués, Emanuel Salvador, llegó a proclamar la gracia de su instrumento.
La elocuente batuta del maestro Juan Carlos Lomónaco, anteanoche, en el teatro Peón Contreras, hizo aflorar las esencias del poema Sensemayá, un venerable concierto para violín y dos piezas orquestales inspiradas en nuestros bailes de salón citadinos y en el folclor del Medio Oeste estadounidense, respectivamente.
“Para matar a la culebra, se le da en la cabeza… no se le mira a los ojos… Sensemayá…” Imitando el ritmo versificado por el cubano Guillén, el inteligente don Silvestre armó una partitura breve, pero poblada por horizontes antillanos y clamor de plantaciones. Con esa víbora silente e insidiosa —¿metáfora de Washington?— el campesino debe ser muy cauteloso. Evadir darle de frente, no dejarse hipnotizar como los pájaros ingenuos, extinguirla poco a poco, como jugando.
En la pieza, el ritmo vale como función estructural y antecede a lo melódico. Las agrupaciones rítmicas serían afrocubanas, de ahí que este lenguaje de Revueltas nos parezca tan diferente del otro, el nacionalista de “Janitzio” por dar un ejemplo. Trompetas, oboes, guiro, tam tam; corno, tuba, maracas. Un universo sonoro se apiña en motivos bien diseñados, con poderosa misión descriptiva, sobre el simbólico acoso desde el inicio sinuoso hasta el climático final. “Sensemayá… se murió”.
A comienzos del pasado siglo, cualquier muchacha leía el “Manual de urbanidad” de Carreño y lloraba un poco con la canción “Estrellita” de Manuel M. Ponce y Cuéllar, quien fuera el compositor-puente entre el romanticismo y la modernidad.
Concierto para violín
De don Manuel, viajero frecuente por Europa, que tomó en préstamo motivos a Debussy y Franz Liszt, entre otros, escuchamos el único concierto para violín de su obraje, escrito en 1942, al final del cuarto —y último— período de vida según su biógrafo Pablo Castellanos.
Enfundado en camisa con lentejuelas, el Sr. Salvador saludó a Ponce con jubilosa destreza en ese largo Allegro introductorio cuyo proceso armónico nos invita a admirar la capacidad del compositor para amalgamar sus múltiples influencias europeas. Bello resultó el instante central, divagante en intimidad, en el cual borda el zacatecano remembranzas de algunas antiguas canciones suyas y se complace en aligerar de complejidades el lenguaje.
El solista portugués brilló en el movimiento final, aval para los buenos violinistas y punto en el que se encuentran el legado europeo, impresionista, con la experiencia rítmica de raíces nacionales. Visitante y orquesta fueron largamente ovacionados.
Tras el intermedio llegó la voz de uno de los músicos más destacados y creativos de los Estados Unidos en el siglo XX, el judío neoyorquino Aaron Copland, experimentador a partir de melodías populares tanto en su patria como de diversos países de Iberoamérica.
Copland merodeó por Ciudad de México desde 1934 y tuvo oportunidad de acudir a lugares donde se congregaban a bailar los capitalinos de todas las clases. Uno de esos sitios fue el célebre Salón México.
Quien escucha el poema sinfónico que don Aaron compusiera tras su visita a ese salón advierte poco a poco tres secciones rítmicas que representan los rangos sociales que en aquel sitio convivían, aunque en espacios vecinos y separados: los bien vestidos, los obreros de overol y los descalzos.
Combinando tres canciones populares con técnicas del jazz y remedos de Ravel, el Sr. Copland pretendió, según su propia confesión, dibujar una imagen de la compleja yuxtaposición de legados culturales que integran el pueblo mexicano.
La velada concluyó con la suite del ballet Billy the Kid que Copland compusiese en 1938 para una compañía de Chicago. En ocho segmentos que se interpretan en forma continua, se nos presenta seis años de la existencia de uno de los bandoleros con mayor leyenda en el Oeste norteamericano.
Con predominio de alientos y percusiones, nuestra orquesta hizo nuevamente honor a la tarea descriptiva de don Aaron. Las contradanzas pueblerinas, los duelos a tiros, las noches estrelladas en el desierto. Fue una lectura que mereció muchos aplausos.— Jorge H. Álvarez Rendón
