Resonancias bíblicas
Víctor M. Arjona Barbosa (*)
“Los que esperan en Dios renovarán sus fuerzas, caminarán y no se cansarán, correrán y no se fatigarán y como las águilas sus alas levantarán”.
Lo anterior es el contenido del versículo 31 del capítulo 40 de Isaías, quien también nos dice en el versículo 29 que “Dios da vigor al fatigado y multiplica las fuerzas del débil”.
Con estas palabras de fortaleza, entusiasmo y esperanza, nuestras vidas han de vibrar con resonancias divinas para poder llevar sin limitación, ni timidez, la buena noticia alegre y siempre nueva de una realidad que ha estado presente en la historia de la humanidad: Que Dios nos ama de manera incondicional y personal, con entrañas de ternura y mirada de misericordia.
El amor de nosotros a los demás ha de reflejar el amor del Padre: Constante, comprensivo, gratuito, respetuoso, un amor no sólo para los familiares y los amigos, sino aún para los que no nos quieren bien, un amor sin pausas ni fatiga. El verdadero amor no se cansa, sino que nos impulsa a seguir caminando, avanzando y, como las águilas, desplegando las alas de la esperanza para poder volar en las alturas.
El Espíritu Santo, que es el amor hecho persona, nos mueve a reconocer a Jesús como Señor y Salvador, nos hace sentir la alegría de alabar a Dios, de darle gracias por todo lo que nos da, de orar por lo que nos desean bien y también por los que no lo hacen, de perdonar y pedir perdón y, sobre todo, de renovar y robustecer nuestra fe en Jesús, el único que puede salvarnos y dar la respuesta última al misterio de la vida y de la muerte, son los que viven y experimentan en sus personas el amor de Dios porque tienen la presencia del Espíritu Santo. Son los que proclaman las maravillas y los prodigios de Dios, los que dicen: “Señor, ¿A quién iremos? Tú sólo tienes palabras de vida eterna”, los que piden “¡Quédate, Señor, en cada corazón!”, los que sienten que el Espíritu se mueve dentro de ellos, los que experimentan gozo en el alma y como ríos de agua viva en su ser.
Son los que cantan ¡Aleluya! Porque la resurrección de Cristo venció al pecado y arrebató a la muerte su victoria, los que sacian su hambre de infinito con el pan de vida, los que tienen su esperanza en los cielos nuevos y la tierra nueva, los que reciben la palabra de Dios como semilla que cae en los surcos del alma para dar frutos abundantes.
En la plenitud de los tiempos mesiánicos Jesús vive hoy y sigue clamando:
El reino de Dios ha llegado y está entre ustedes. Porque lo creemos así, hemos de asumir el compromiso de ser constructores de su Reino, caminando sin cansarnos y levantando el vuelo como las águilas.
Profesor Universitario
