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REGÁLAME SEÑOR, TU MISERICORDIA

Presbítero Manuel Ceballos García

Al principio de esta sección está la perplejidad de los “parientes” que creen que Jesús está loco.

Lo primero que destaca hoy el evangelista san Marcos es la presencia de “escribas llegados de Jerusalén”.

Quizá el autor añade esta observación llevado de su habitual desconfianza frente a Jerusalén.

El tribunal jerosolimitano no tardó en hacer pública su sentencia: Jesús arroja los demonios porque “está de acuerdo con el príncipe de los demonios”. Entonces Jesús contesta sabiamente oponiendo a los escribas un argumento directo: si Satanás arroja a Satanás, entonces se trata de una guerra civil y, por tanto, su reino está amenazado.

No habría, pues, por qué preocuparse de ello.

Jesús acusa duramente a sus detractores. La “sentencia” del tribunal implicaba en los “jueces” una mala voluntad manifiesta: querían cerrar los ojos a la luz.

Por eso, Jesús distingue dos clases de pecado: contra el Hijo del hombre y contra el Espíritu Santo.

El primer tipo se refiere a los pecados que son retenidos como tales, mientras que el segundo se refiere a aquellas acciones que, siendo en sí pecaminosas, vienen presentadas bajo el disfraz de “virtud”.

Por eso, estas obras malas no obtendrán nunca perdón, ya que la primera condición para ser perdonado es sencillamente reconocer que se ha pecado.

Estas escenas que nos presenta el texto del Evangelio de hoy iluminan sustancialmente dos actitudes respecto de Cristo y de Dios, dos elecciones fundamentales, aquella según la “voluntad de Dios” (Gen 2 con la armonía entre hombre y Dios, hombre y hombre, hombre y mundo) y aquella según la propia voluntad (Gen 3 con el rompimiento de las armonías anteriores).

El choque entre Bien y Mal está a la raíz de todo hombre. Por eso Dios pregunta siempre, todos los días: “¿Dónde estás?”.

Jesús tiene hoy una frase muy fuerte que siempre ha suscitado interrogantes y siempre ha impresionado: ¿Por qué todas las blasfemias serán perdonadas, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo “nunca tendrá perdón”?

La respuesta está precisamente en la explicación añadida por san Marcos: “Porque decían: está poseído por un espíritu inmundo”.

Jesús, al contrario de muchas teorías judías de su tiempo, anunció el perdón absoluto de Dios, declarando que no vino a condenar sino a salvar y perdonar, de modo que todas las miserias, vergüenzas y abyecciones de las personas no lo detendrán en su misión.

La única barrera insalvable es la que ponga el ser humano por motivos egoístas, de interés, de celos, de odio y de falsedad… Son los que, como afirmó el profeta Isaías, “llaman bien al mal y mal al bien, cambian lo amargo en dulce y lo dulce en amargo” (5, 20).

 

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