Presbítero Manuel Ceballos García
“José, no dudes…”
José era un varón justo que aquí significa tanto como cumplidor de la Ley y, a la vez, bondadoso o bueno. Y porque era justo y bueno, se encontraba perplejo en una situación insólita que estaba viviendo en aquel momento.
Además, José conocía por su esposa el origen de su maravillosa esperanza, y pensó retirarse respetuosamente ante el ‘Misterio’.
Pensó que, una vez que María había sido distinguida por Dios con tal alta vocación, él no debía intervenir en absoluto haciendo valer sus derechos de esposo.
Sea lo que fuere, lo cierto es que la embajada del ángel a José no tiene únicamente el sentido de sacarle de apuros y devolverle la tranquilidad. Significa también para José una vocación excelsa.
Además, José era legalmente el papá del niño y a José correspondía, entre otras cosas, darle un nombre.
En este caso, José es informado por Dios sobre el nombre que había de llevar el hijo de María. Su nombre será “Jesús”, esto es, “Dios salva”. Y, en este nombre, va indicada ya la misión que trae Jesús al mundo.
Por eso, la vida de Jesús —sus palabras y sus obras—, significan que Dios está con nosotros y nos salva. De Jesús se dice que Dios estaba con él (Jn 8,29; Act 10,38) y Jesús es para nosotros la presencia de Dios en persona (2 Cor 4,6; Col 2,9 Jn 14,6.9).
Cristo, pues, entró a nuestra historia con signos preciosos descritos en el texto de san Mateo.
José es el que, a través de su paternidad legal, tiene la función de introducir a Jesús en la corriente viva de la esperanza y de la promesa proclamada por Isaías. San José acogió el anuncio sorprendente del ángel con amorosa obediencia y, así, se convirtió en el íntimo colaborador de Dios en el gran proyecto de la encarnación.
La noche de la angustia de san José fue transformada por el ángel: “No temas recibir en tu casa a María”, porque “el hijo que ha concebido viene del Espíritu Santo”.
Esta fue la sorpresa extraordinaria que trastornó la vida de san José, de modo que se abrió para él una vida nueva y una misión única: la de ser el padre legal de Jesús.
La historia de san José enseña a las parejas de todos los tiempos a saber esperar la presencia de Dios que disuelve todos los grumos del sufrimiento y de la inmadurez para hacer brillar el esplendor del amor, para llegar a ser una única existencia, una auténtica comunión de vida.
Así pues, aunque José tenía sus planes, su proyecto de futuro, todo lo tuvo que cambiar cuando Dios entró en su vida y cambió todo.
Esa disponibilidad de san José para entrar en el proyecto de salvación de Dios, fue a costa de renunciar a sus propios planes.
Y, ¡santa paz!
