Monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán
“Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto” (Mt 2, 13)
Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el mismo afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en esta fiesta de la Sagrada Familia, en el último domingo del año civil, dentro de la Octava de la Navidad.
Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. Debemos afirmar como cristianos que somos, el plan original de Dios de la unión del hombre y la mujer para que vivan juntos en alianza sagrada, teniendo los hijos que Dios les dé, buscando siempre fortalecer su unión. La Iglesia cuenta con una Pastoral Familiar dispuesta a ayudar a las familias en su intención de vivir según el plan de Dios; cuenta igualmente con movimientos católicos que tienen el carisma de ayudar a fortalecer la vida matrimonial y la vida familiar, como lo son el Movimiento Familiar Cristiano (MFC), el Encuentro Matrimonial Mundial (EMM), las Dinámicas Matrimoniales, etc., etc.
La primera lectura de hoy, tomada del Libro del Sirácide (o Eclesiástico), nos habla del respeto y el honor que los hijos deben tener hacia sus papás, así como de la responsabilidad que tienen los hijos de cuidar a sus padres en su ancianidad.
Hoy en día el ritmo de la vida moderna, el hecho de que el hombre y la mujer trabajen, tanto como las distancias en las grandes ciudades, dificultan el tener cuidado de los ancianos. Además, los ancianos naturalmente no se quieren separar de su hogar y sus pertenencias, por lo que les cuesta mucho que los lleven a la casa de uno de sus hijos a ser cuidados. Mucho más les cuesta que los lleven a los asilos, aunque en algunos de ellos la vida realmente es agradable, aunque los ancianos suelen sufrir el abandono de sus hijos.
Es poco común, pero tengo unos tíos que tomaron la decisión de irse a un asilo, y luego se lo comunicaron a sus hijos. Cuántos problemas hay cuando se trata de varios hijos, pero que se desentienden y le cargan toda la tarea de cuidar a los papás a uno de ellos, que con frecuencia es una de las hijas, lo cual no deja de ser injusto. Dice el texto del Sirácide: “El bien hecho al padre no quedará en el olvido y se tomará en cuenta de los pecados” (Sir 3, 17).
El salmo 127, con el que hoy aclamamos diciendo: “Dichoso el que teme al Señor”, nos presenta la dicha del hombre que tiene una familia numerosa y dice: “Su mujer, como vid fecunda, en medio de su casa; sus hijos, como renuevos de olivo alrededor de su mesa”. Hoy en día los matrimonios en general tardan en recibir a sus hijos; cuando los tienen planean tener dos, según esto, para darles lo mejor en cuidados y atenciones.
Qué tragedias familiares suceden cuando luego se ven en dificultad física para procrear hijos, cuando por enfermedad o accidente pierden el único hijo que tuvieron.
Recuerden que siempre habrá niños sin padres esperando que alguna pareja llena de amor los adopte. Hay muchas parejas con la tristeza de no haber recibido hijos; no veo porque algunas autoridades prefieren a las parejas del mismo sexo para encomendarles a los pequeños. Mientras haya parejas de hombre-mujer solicitando la adopción, no hay razón que justifique el entregarlos en adopción a parejas del mismo sexo. Tener niños es un regalo del Dios de la vida; pero adoptar hijos nos es derecho de nadie, sino más bien son los pequeños los que tienen derecho a tener papá y mamá.
El Hijo de Dios pudo haber venido a este mundo simplemente apareciendo en medio de nosotros, pero él quiso nacer como todos, de una mujer, en la plenitud de los tiempos (cfr. Gál 4, 4). Aunque fue concebido por obra del Espíritu Santo, pudiendo haberse quedado sólo con su mamá, la santísima Virgen María, quiso como la gran mayoría de nosotros, tener un papá en la tierra, por lo que fue elegido el señor san José, quien le dio el nombre a Jesús y su ascendencia del rey David.
Así Jesús tuvo una familia completa. Nunca se avergonzó de llamarse “el Hijo del Hombre”, ni de que lo llamaran “el Hijo del Carpintero”. Fue sólo hasta el juicio ante el Sanderín donde reconoció ser hijo de Dios, lo cual fue la causa de su condena a muerte. Tengamos en cuenta que Jesús dedicó sólo tres años a su vida pública, mientras que durante treinta años vivió en el seno de su familia.
San Pablo en la segunda lectura, tomada de su Carta a los Colosenses, nos da la clave para vivir en armonía dentro de la comunidad cristiana, indicando que la base de la comunidad cristiana es la familia, llamada también Iglesia doméstica. Esta es la clave: “Sean compasivos, magnánimos, humildes, afables y pacientes” (Col 3, 12).
Tomando en cuenta esas cualidades, cada uno puede hacer su examen de conciencia, no para juzgar a su familia, sino para juzgarse a sí mismo. Porque alguien puede decir que ama a los suyos, y sin embargo, estar fallando en alguna de estas cualidades: se ama a la familia en la medida en que pongamos en práctica esas cualidades.
Si es cierto que algún miembro de la familia es quien está fallando, que eso no sea justificación para pagarle con la misma moneda, pues, dice San Pablo: “sopórtense mutuamente y perdónense cuando tengan quejas uno contra otro… (el amor) es el vínculo de la perfecta unión” (Col 3, 13-14).
Tengamos en cuenta que la familia que reza unida, así permanece…
