Un momento del concierto del viernes

Interpreta la OSY en su apertura a Federico Smetana

Este año que apenas comienza a deshojar su flor trae soplos de incertidumbre —nos aseguran noticiarios y entendidos— pero, en cuanto concierne a la Orquesta Sinfónica de Yucatán, todo parece marchar prudentemente sobre bonancibles fundamentos.

Motivo para esperanzas sería el primer concierto de la XXXIII temporada, que anteanoche tuvo lugar en el teatro José Peón Contreras, ante ese creciente y fiel público que acompaña cada logro del conjunto.

El que presenciamos fue el recital conocido como de “Año nuevo” y similar a los que se prodigan en muchos puntos del planeta a partir del paradigma vienés. Recepción entusiasta del calendario, pese a nubarrones y prosaicas evidencias. Que la música nos salve de vacilaciones y de dudas. Que el ritmo ensanche ilusoriamente el porvenir.

Como prescribe la usanza, el director titular de la OSY, maestro Juan Carlos Lomónaco, suele arrastrarnos al regocijo de los valses, las marchas y las polkas austriacos; nos convida a seguir los derroteros danzables de la familia Strauss y Franz Von Suppe.

Para esta ocasión hubo una variante clave: se incorporó al programa la música checa por medio de uno de sus más estimulantes abanderados: Federico Smetana, de cuya ópera “La novia vendida” escuchamos, en primer término, la radiante obertura, y después las danzas populares que contienen los tres actos de esa pieza.

A ritmo veloz en cuerdas agudas y graves se inicia la obertura con entusiasta embestida de danza para bracear después hacia una atmósfera más melódica como para establecer los dos tonos de la ópera cómica de la cual es pórtico. Don Juan Carlos acertó en los acentos dinámicos que otorgan al fragmento la alegría de una verbena popular.

Tras ofrecernos las tres danzas que refuerzan la ópera —la polka de los muchachos, el furiant de la taberna y la marcha de los cirqueros— nuestra orquesta dispensó la refinada y muy querida “Danza de las horas” del italiano Amílcar Ponchieli.

Entre recuerdos

Ponchieli fue un éxito como maestro de armonía, pues entre sus alumnos tuvo a Puccini y Mascagni, pero sus obras han pasado al olvido con excepción de la danza arriba mencionada y que adorna el último acto de su ópera “La Gioconda”.

Cuando el mundo aún no estaba digitalizado y las computadoras pertenecían a la ciencia ficción, el cronista y sus contemporáneos, aun de pantalones cortos, aprendieron a amar esta pieza gracias a Walt Disney, quien en su película “Fantasía” (1940) presentó con una parodia con hipopótamos, avestruces y elefantes bailando, con atuendos de ballet, la hermosa melodía.

Esperadísima en estos festivales de enero es la obertura más celebrada de Von Suppe, la de su opereta “Poeta y Campesino” con su rítmica variable y notables islas de lirismo que fomentan la ilusión. Nuestra orquesta fue precisa y elocuente.

El recital finalizó como era preciso, con dos imanes rítmicos de Johann Strauss hijo, quien universalizó el vals vienés modelado lentamente por su padre. El primero que escuchamos fue el llamado del “Emperador”.

Giros y giros frente a espejos gigantescos, follaje inequívoco de la Austria hegemónica en destrezas musicales, la pieza evoca siluetas que murmuran frases de autocomplacencia en medio de un esplendor fugaz.

Igual sentimiento, aunque más paisajístico, despertó “El Danubio azul”, suma del prestigio del vals como forma y sello de época. Es difícil que un cinéfilo no asocie esta pieza a las oníricas escenas de “2001, odisea espacial” de Stanley Kubrick (1968) con aquellas pausadas orbitaciones lunares que impregnaron a toda una generación.

El aluvión de aplausos condujo a la propina natural: la marcha al mariscal Radetzky, de Johann Straus padre, cuya ejecución el público acostumbra ritmar con palmas para evidenciar el regocijo colectivo.

Por tercer año nos preguntamos, ante sugerencias de aficionados, por cuál motivo, en este concierto dedicado al vals, se excluye siempre aquel “Sobre las olas” del mexicano Juventino Rosas, que se encuentra orquestado desde hace décadas. Sería un acuerdo muy estimado.— Jorge H. Alvarez Rendón

Orquesta 

La 33a. temporada de la OSY, enero-junio 2020, se inició en el Peón Contreras anteanoche.

Programas especiales

El programa 8, en marzo, incluirá el Réquiem de Mozart, para el que se tendrá un coro de 60 personas y cuatro solistas invitados. Y el 15, con el que se cerrará la temporada, con la Novena Sinfonía de Beethoven, que igualmente requiere coro, en este caso será de 80 personas y cuatro solistas.

Sin ópera

Tradicionalmente la OSY cerraba temporada con alguna ópera, pero en esta ocasión no se tendrá. La omisión se debe a recortes presupuestales, ante lo cual se decidió montar las obras citadas.

A Ciudad de México

La OSY sumaría una presentación extra en el Palacio de Bellas Artes, en marzo próximo, donde repetirá el programa nueve, que incluye como solista al pianista español Enrique Bagaría.

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