Presbítero Manuel Ceballos García
Este es mi Hijo: ¡escúchenlo!
San Mateo sitúa la Transfiguración de Jesús en su última subida a Jerusalén y a los seis días de haber anunciado la pasión a sus discípulos. La Iglesia celebra este misterio apenas comenzada la Cuaresma, que ha de ser para los cristianos como una marcha penitencial hacia la Pascua.
Jesús toma consigo a los tres discípulos que le acompañarán de cerca en Getsemaní porque quiere que sean testigos de su gloria los que ha señalado para que lo sean en el momento de su agonía.
Moisés y Elías aparecen con Jesús, en quien se revela Dios definitivamente. La Transfiguración es una manifestación de Dios en la que se anticipa la gloria de la ascensión de Jesús a los cielos.
La luz, la nube y la voz que viene de ella son símbolos frecuentes en las teofanías. También es característico en ellas el temor y el gozo que suscita la manifestación de Dios: es lo tremendo y fascinante que acompañe siempre a la experiencia religiosa.
San Pedro cree que llegó la hora del triunfo, quiso detener el tiempo y la marcha hacia Jerusalén. San Pedro no entendía nada, no comprendía que Jesús tuviera que morir en Jerusalén, aunque, precisamente, Moisés y Elías estuvieran hablando con Jesús de lo que “había de cumplirse en Jerusalén”.
Así pues, dos son los grandes signos de la Transfiguración en el texto del evangelio, que “predicen” la Pascua. El primero, es el de la voz divina que afirma: “Este es mi Hijo muy amado”. Esta voz resonó a la hora del bautismo de Jesús en el río Jordán; ahora en el momento de la transfiguración, la voz confirma el misterio que se verifica en el nombre de Jesús, residente en Nazaret y predicador por los caminos de Palestina. En el centro de nuestra fe, de nuestra espiritualidad debe brillar sobre todos, el rostro de Jesucristo, que ofusque las devociones fáciles, las mentiras de las sectas y la oscuridad de las supersticiones.
La Transfiguración, pues, es para nosotros el signo de la acción de la gracia que transforma, transfigura nuestra fragilidad y nuestra debilidad. La “voz” del episodio de la Transfiguración nos conduce a Jesucristo, señalándonos el camino de la vida. San Pedro, en su Primera Carta, afirma: “Esta voz bajada del cielo la oímos nosotros cuando estábamos con Él… Por eso hacemos bien en poner en ella nuestra atención, como lucero de la mañana hasta que despunte el día” (1 Pe 1, 18-19).
