El director titular de la la Orquesta Sinfónica de Yucatán

Brindó esplendor Iván Donchev al programa siete

Pues henos todos aquí, atemorizados por la bacteria chinesca y otras desventuras urbanas cuando un pianista búlgaro —Iván Donchev— aparece, suma su purísima claridad de fraseo a singular concentración expresiva y otorga al homenaje a Beethoven que sostiene la Orquesta Sinfónica de Yucatán su primer momento de esplendor auténtico.

El suceso tuvo lugar anteanoche en el escenario del teatro Peón Contreras. El séptimo recital de la XXXIII temporada de nuestra orquesta nos reveló las pericias del ejecutante eslavo, quien transformó el Concierto en Do Menor No. 3 en una ocasión feliz, de relieve memorioso.

Tan optimista y tenaz como siempre, el director titular, maestro Juan Carlos Lomónaco, acomodó saberes y estratagemas para arraigar la solvencia requerida en el acceso a un discurso orquestal con ese hálito de audacia que don Ludwig Van Beethoven obtuviera en los avances armónicos de su tercer concierto, un poco ya en las comarcas del Romanticismo.

Mucho dicen la postura y otros rasgos gestuales. A un pianista dominante se le reconoce desde que ingresa al proscenio, se acomoda frente a su fiel amigo y, como en este caso, espera atento, porque el Allegro con brío se inaugura con un extenso avance orquestal en el que se exhiben las ideas que el solista reclamará enseguida.

Mientras aguarda, Iván ingresa emocionalmente en la atmósfera del proceder beethoveniano y en el momento exacto ataca con un ceremonial de precisión que despeja estructuras e impulsos rítmicos con cálida, envolvente sonoridad.

El maestro Lomónaco precisa las voces seccionales y define tiempos para clarificar el dialoguismo.

Fue la elaborada cadencia un nuevo testimonio de la habilidad del búlgaro al unificar poderío y desenfado dando la idea cabal de lo que esos solos fueron en su origen: un alarde de segura improvisación.

El segundo movimiento marca el advenimiento del lirismo. Es el piano el que ahora abre el discurso. Con ligeros apuntes de pedal, cuidadas transiciones y toques cuidadosos, Donchev revela dulzuras de uva moscatel. Con frases dialogantes le acompaña nuestra orquesta en un instante de genuino ingreso a la emotividad romántica.

Iván se consolidó en ese Rondó con derivaciones en allegro que colma el tramo final. Momento de gentil interacción entre voces orquestal y solista. El maestro eslavo mantuvo el sentido rítmico y aportó una sensación de cristalina agilidad en sus réplicas antes de la vigorosa conclusión. Cayeron vítores y palmas que Iván agradeció con dos números extras: una pieza del inglés Edward Elgar y el Estudio Revolucionario de Federico Chopin.

Momento de Sibelius

Como hay que disfrutar de Jean Sibelius antes que los activistas aleguen que fue su esposa quien compusiera sus obras, abrimos las orejas, después del intervalo, para disfrutar con el fino tejido de la Segunda Sinfonía del finlandés.

La favorita de muchos —me incluyo—, la segunda es pieza de sonoridad densa, envolvente, que resalta por la búsqueda de acomodos sonoros y temáticos. Sus cuatro instantes fueron sorteados con eficacia por el maestro Lomónaco.

En el Allegretto estableció el fértil contraste entre cuerdas graves y alientos para ajustar una atmósfera de profunda añoranza. El misterioso ambiente del Andante —remedo de un poema sobre don Juan y la Muerte— se consiguió en menor medida, con el pizzicato en los chelos alternando con la severa melodía de los fagotes y así como las siguientes variaciones.

Nuestra orquesta logró colorido tanto en el Scherzo integrador del tercer movimiento como con el Allegro final con sus fanfarrias de trombones y ese segundo tema, tan sereno, que crece en ecos graves hasta el ampuloso clímax. La lectura del maestro Juan Carlos mereció una nutrida ovación.— Jorge H. Álvarez Rendón

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