Panaderías de París tienen una dispensa para continuar operando

Francia ajusta sus costumbres a la nueva situación

LE VESINET, Francia (AP).— En Francia, la lucha contra el Covid-19 se libra una baguette a la vez.

Ya no es solo un producto básico, el icónico pan francés y el ritual de comprarlo a diario se han cargado de consideraciones morales, cívicas y de salud pública inimaginables antes de que el nuevo coronavirus lo pusiera todo patas arriba.

En una nación en cuarentena, comprar una barra de pan del día es una excusa perfecta para salir de casa. Con una notable excepción: una localidad de la costa mediterránea en la que el alcalde prohibió que la gente hiciera exactamente eso para que se quedara en casa.

Pero evitar el crujiente placer de una baguette recién horneada se ha vuelto un pequeño sacrificio en momentos en que a todos se le piden sacrificios. Para algunos, no comprar pan a diario y quedarse en casa es un gesto de solidaridad con médicos y enfermeras que luchan para salvar vidas en las salas de urgencias.

La mayoría de los infectados con el Covid-19 tienen síntomas leves o moderados, como calentura y tos, que desaparecen en dos o tres semanas. Pero en otros, especialmente la gente mayor o con males preexistentes, la enfermedad puede manifestarse con un cuadro más grave, incluyendo neumonía o la muerte.

En busca del equilibrio entre su amor al pan y la lucha contra la pandemia, algunos franceses han comprado numerosas barras para congelarlas. Antes, eso habría sido inaceptable desde el punto de vista gastronómico. Pero descongelar y recalentar es ahora una decisión pragmática y cívica, y claramente mejor que no tener pan.

Los franceses llevan siglos horneando pan y acuñaron la baguette hace unos 120 años en París. Millones de franceses consumen miles de millones de barras cada año y no solo como alimento. Los comensales usan trozos para empujar la comida del plato a los cubiertos. La corteza hace que el pan sea fácil de tomar y su masa esponjosa absorbe las salsas y los jugos de las carnes. La salinidad de la baguette acentúa los sabores y la neutralidad de su masa doma el sabor de los quesos más fuertes.

“Es indispensable. Necesitas el pan para la comida, para darles sabor, para alimentarte. Es bueno para todo”, dice Yves Lagrellette, protegido por una mascarilla, mientras hace la compra de pan semanal en Le Vesinet, al oeste de París.

Cuando a principios de mes el gobierno decretó el confinamiento, cerró escuelas y negocios no esenciales, y obligó a las familias a permanecer en sus casas, ofreció a los panaderos una dispensa especial para trabajar a diario si así lo deseaban.

La panadera Margot Hazard señala que ella y su esposo Cyril piensan que sus panes y pasteles brindan una sensación de normalidad a los clientes que esperan en fila, respetando el espacio de los demás y la solicitud en el cartel colocado en el aparador: “Tres personas como máximo en la panadería”.

“El trabajo es realmente difícil en este momento”, admite Margot. “Algunos clientes están muy preocupados de que toquemos su pan y su cambio. Todos están un poco nerviosos. Y nosotros también estamos nerviosos”.

Pero en Sanary-sur-Mer salir a comprar una barra de pan supone una multa de 135 euros. El alcalde Ferdinand Bernhard dice que no debería aprovecharse la compra del pan como excusa.

“Éste no es momento para el ánimo de la gente. La prioridad es no enfermar. Pueden congelar el pan e incluso vivir sin él”, opina.

“Esto no es un sacrificio. Es una adaptación”.

 

Pan Puntos de vista

Para la panadera Margot Hazard, seguir comiendo baguettes “es superimportante para la moral”.

Así no

“Una vida sin pan, queso y vino no es una vida francesa”, dice.

Menos riesgo

El alcalde Ferdinand Bernhard advierte que en Sanary-sur-Mer “si vas una vez a la semana (a la panadería) reduces el riesgo por siete, para ti, para el panadero, para su entorno y el tuyo”.

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