Uno, dos, tres… por la adultez
Antonio Alonzo Ruiz (*)
El Sol se había ocultado.
El profeta encendió una pequeña lámpara de aceite que iluminó mi mente y abrió aún más mis oídos. El ambiente en la vivienda se tornó hogareño.
Y sin vulnerar la quietud de la noche, el profeta me dijo:
Mi infancia, avisado amigo, fue maravillosa. Recuerdo que después de ese inolvidable encuentro con la familia del Maestro, regresamos a nuestra pequeña aldea donde teníamos una pequeña granja de ovejas, muy cerca de Yurusalim.
Ahí viví en paz y sosiego por años junto a mis padres.
Mi padre, piadoso e instruido en las cosas del templo de Yahweh Elohim y mi madre, descendiente de las hijas de Aarón, me enseñaron todo lo referente a la Ley y los Profetas.
Desde nuestro padre Abraham, pasando por Moshé, liberador del pueblo de Isheral y Yehoshúa quien conquistó esta tierra que mana leche y miel, me hablaron de Sansón —fortaleza y servidor de Elohim— que mataba leones con sus manos y de los antiguos jueces y reyes defensores del pueblo elegido.
Los vívidos relatos de mi padre acerca de los profetas despertaron en mí gran predilección por Daniel, quien profetizó que todos los imperios idolátricos, desde Babel hasta Roma, serían destruidos al instaurarse el reino del cielo.
Esto y más, avisado amigo, aprendí de mis padres, confesó el profeta.
Poco a poco fue extinguiéndose la flama de aquella cálida lámpara.
Poco a poco fui quedando apaciblemente dormido.
Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento.WhatsApp: 9993-46-62-06.@delosabuelosAntonio Alonzo
