Uno, dos, tres… por la adultez
Antonio Alonzo Ruiz(*)
El mensaje de este nuevo profeta, mi avisado lector, había causado gran agitación desde Edom hasta Fenicia; desde la tierra de los Nabateos hasta Iturea; desde las costas mediterráneas hasta el desierto oriental.
Querido lector, les aseguro que era impresionante ver decenas de miles de personas acercarse a escuchar el nuevo mensaje de arrepentimiento y conversión, y como suele ocurrir, algunos lo hacían por simple curiosidad, otros por miedo pero muchos confesaban sus pecados y con fe se bautizaban en las aguas del Yarden.
Los judíos de Yurusalim y los sacerdotes con sus levitas, asustados por el impacto que estaba causando el profeta, enviaron una delegación, debidamente facultada por el Sanhedrin, para interrogarlo acerca de quién era en realidad y cuáles sus pretensiones.
Al profeta no le preocupaban las preguntas que tuvieran en su mente, sino las intenciones que escondían en su corazón.
Sabía que le preguntarían si era Eliyahú y, más aún, si él era el Mashiaj anunciado por los profetas.
Sabía también que no les interesaba saber sus pretensiones y menos aún quién era él; solo querían hacer notar al pueblo que cualquier profeta incluso el Mashiaj, tendría primero que recibir la total aprobación por parte del Sanhedrin. Y el interrogatorio comienza:
¿Quién eres tú?, le preguntan.
Con fortaleza aguanta la grave tensión y guarda silencio.
¿Eres tú Eliyahú?, continúan las preguntas.
Sabiendo el profeta que es más peligroso aceptar un honor inmerecido que recibir una injusta calumnia, pronto contesta: “No, no lo soy”.
Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento. WhatsApp: 9993-46-62-06. @delosabuelos Antonio Alonzo
