Presbítero Alejandro Alvarez Gallegos

Hablemos de Bioética

Ante los múltiples abortos que se cometen, la Iglesia siente la grave urgencia de cumplir su labor profética de ser voz para los que todavía no tienen voz. “Cada día es mayor la masacre del aborto que produce muchas víctimas en nuestras ciudades y pueblos”.

Algunos, equivocadamente, consideran una desgracia que el acto sexual esté conectado con la procreación. Y así se llega a hablar del hijo no deseado, aunque sea la voluntad de Dios. “Una mentalidad hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y un concepto egoísta de libertad ve en la procreación un obstáculo para el desarrollo de la propia personalidad, así, la vida que podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo a evitar absolutamente, y el aborto en la única respuesta posible frente a una anticoncepción frustrada”.

Ante este panorama surgen serios interrogantes: ¿Cómo es posible hablar todavía de dignidad de toda persona humana, cuando se permite matar al más débil e inocente? ¿En nombre de qué justicia se realiza la más injusta de las discriminaciones entre las personas, declarando algunas dignas de ser defendidas, mientras a otras se niega esta dignidad?

En el lenguaje médico y penal se considera —con cierta imprecisión— aborto a “la interrupción del embarazo antes que el feto sea viable, es decir, que tenga la posibilidad de sobrevivir”. Estas expresiones no deben atenuar de ningún modo la gravedad del delito abominable que es el aborto, ya que en tal interrupción siempre hay la intención de “eliminar el producto”, lo cual equivale a terminar con la vida humana desde su inicio. La Iglesia ha definido el aborto, junto con el infanticidio, como “crímenes infames”.

“El aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción a su nacimiento”. Se trata del aborto provocado, o sea, cuando se destruye voluntariamente al embrión o feto. Es distinto al aborto espontáneo o accidental que sucede por alguna enfermedad, lesión o malformación por la deficiencia del útero materno o del feto.

“El primer derecho de una persona humana es su vida. Tiene otros bienes y algunos de ellos son valores más preciados; pero aquél es fundamental, la condición para todos los demás. Por esto debe ser protegido más que ningún otro. No pertenece a la sociedad ni a la autoridad pública, sea cual fuere su forma, reconocer este derecho a unos y no reconocerlo a otros: toda discriminación es inicua (indebida), ya se funde sobre la raza, ya sobre el sexo, el color o la religión. No es el reconocimiento por parte de otros lo que constituye este derecho; es algo anterior; exige ser reconocido y es absolutamente injusto rechazarlo”.

El inicio de la vida

Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto de la concepción al menos hasta un cierto número de días, no puede ser todavía considerado una vida humana personal. En realidad, “desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre… la genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese ser viviente: una persona, un individuo con sus características ya bien determinadas. Con la fecundación se inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar”.

Aunque la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observación de ningún dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embrión humano ofrecen “una indicación preciosa para discernir racionalmente una presencia personal desde este primer surgir de la vida humana. ¿Cómo un individuo humano podría no ser persona humana? El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida”.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, doctorando en Bioética

 

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