PRESBÍTERO MANUEL CEBALLOS GARCÍA
“Si tú quieres, puedes curarme”
Tras la curación de la suegra de Simón Pedro y a otros muchos enfermos, san Marcos nos cuenta un gran milagro de Jesús porque se trata de un leproso, una enfermedad que en la antigüedad se consideraba muy maligna. Este milagro nos lo cuenta san Marcos para resaltar la forma de curar tan llena de amor que tenía Jesús y para mostrar un ejemplo de fe. Además, la figura del leproso pregonando por todas partes lo ocurrido le sirve a san Marcos para indicar al lector la fama enorme de Jesús.
La lepra, en el sentido moderno, no fue definida hasta 1872 por el médico noruego A. Hansen. En tiempos antiguos se aplicaba la palabra “lepra” a otras enfermedades, por ejemplo, a enfermedades psicógenas de la piel, es decir, esa enfermedad o trastorno en la piel producida por factores psicológicos o emocionales en la persona. En el Antiguo Testamento solo se cuenta el milagro de curar a un leproso, de parte de Moisés (Núm 12, 10) y de Eliseo (2 Re 5).
Así pues, san Marcos menciona la curación de un leproso durante la actividad de Jesús en Galilea, haciendo notar que Jesús despidió a este leproso, una vez curado, ordenándole que se presentara a los sacerdotes, se sometiera a su inspección y que guardara silencio de lo ocurrido. El leproso, quebrantando lo mandado por la Ley, se había mezclado con la multitud (algo que sorprende porque le estaba prohibido a los enfermos acercarse a la gente). Sin embargo, Jesús no le hizo ningún reproche y lo curó, pero quiso que cumpliera lo estipulado en el Levítico (14, 1-32).
No obstante la advertencia de Jesús, el leproso saltó de gozo anunciando a todos su curación. Jesús quería evitar a toda costa la publicidad, temiendo el sensacionalismo de las gentes, ya que eso no era conveniente para realizar su misión. De hecho, al correr la noticia de esta curación, fue tanta la concurrencia de la gente que Jesús ya no pudo comparecer en público; se retiró, pero el pueblo encontró el modo de llegar a Jesús.
El pueblo siguió a Jesús, pero sin comprender el significado profundo de su predicación. Ahora bien, la incomprensión no se convirtió en enfrentamiento; el conflicto sólo aparece cuando entran en escena los fariseos y los escribas.
Así pues, hoy la Palabra de Dios quiere que nos identifiquemos con aquel leproso, sabiendo que todos tenemos dentro algo, mucho o poco, de lo que nos sentimos culpables. Podemos negarlo, esconderlo, o también podemos reconocerlo y acudir humildemente a Jesús, con la certeza de que “si quieres, puedes curarme”. Jesús tiene el poder y la compasión necesarios para cambiar nuestra vida.
