Javier Moro nos habla del arquitecto de Nueva York, Rafael Guastavino
Durante la segunda mitad del siglo XIX Nueva York se convirtió en una de las ciudades del mundo que mayor cantidad de inmigrantes recibía. El auge económico de Estados Unidos alimentaba el sueño americano de muchos. Entre ellos llegó un maestro de obras desde Valencia, España, que, a pesar de vivir por años en la ruina con su familia, logró no sólo transformar su vida, sino también la de toda una nación a través de sus obras arquitectónicas.
El escritor y periodista español Javier Moro nos adentra a la vida de Rafael Guastavino, conocido hasta nuestros días como el arquitecto de Nueva York, a través de las páginas de su nueva novela “A prueba de fuego” (Espasa, 2021).
En sus páginas nos encontramos con un auténtico genio de la construcción que deslumbró a los grandes magnates norteamericanos, conquistados por las técnicas que empleaba en sus obras para evitar los incendios, el mayor mal de las megalópolis del Siglo XIX, y que incluyeron la Estación Central, el gran hall de la isla Ellis, parte del metro de Nueva York, el Carnegie Hall y el Museo Americano de Historia Natural, entre muchas otras.
En entrevista vía telefónica, Javier Moro platica, sin medirse en los detalles, todo lo que descubrió en la vida de este personaje valenciano, y que para lograrlo tuvo que recurrir a la investigación en archivos históricos y personales de familiares de Guastavino, que dan como resultado una narración que muestra cómo el carácter y las pasiones de una persona todavía están presentes en algunos edificios neoyorquinos.
¿Qué significó para ti escribir y adentrarte en la vida de Rafael Guastavino?
Fueron dos cosas. Primero, descubrir un personaje que había dejado una impronta muy importante en Estados Unidos, en la segunda mitad del Siglo XIX y que había caído completamente en el olvido. Es para mí como resucitar un muerto, una historia, al poder dar vida a dos personajes, Rafael Guastavino padre e hijo, pues no entendía porqué eran desconocidos hasta en Valencia, de donde eran oriundos.
La otra razón es por descubrir situaciones interesantes, como la relación conflictiva entre padre e hijo que me recordó ciertos momentos de mi familia. De alguna manera me sentí identificado con ello: trabajar con familiares de gran carácter. Por eso consideré importante reconstruir la relación entre Rafael Guastavino padre e hijo y entender que nos dejaron un legado tan importante en Estados Unidos: más de mil obras, trescientas veintiséis de ellas en Nueva York.
Edificios “vivos”
¿Cómo puede un edificio, un grupo de paredes, ventanas y puertas contener durante décadas el espíritu de su creador?
Rafael Guastavino decía que los edificios son como las personas: tienen alma. Algunos nacen mal desde el principio y no paran de dar problemas, y otros, sin embargo, nacen de pie y durante siglos son objeto de veneración y admiración por todo el mundo. Y él estaba convencido de que sus edificios tenían alma.
Por ejemplo, decía que cuándo el viento pasaba por los rascacielos que construyó en Nueva York, le daban la impresión que el edificio lloraba y gemía a través de sus vigas. Decía que la construcción es una proyección de nuestra humanidad. De la misma manera se emocionaba con las cúpulas maravillosas de la ciudad de Valencia, donde nació, una técnica novedosa que llevó a Estados Unidos y que dejó como parte de una historia arquitectónica prodigiosa, pero que permaneció en el olvido por muchos años.
La novela nos muestra un inicio que a cualquiera habría desanimado y motivado regresar a España; sin hablar inglés, una esposa inadaptada e ideas arquitectónicas que no eran aceptadas. ¿De qué estaba hecho el carácter del personaje para superar todos esos obstáculos?
De la misma pasta de los que han hecho América, de gente que llegaron con una visión y que nada de este mundo les iba a apartar de ello.
Es increíble el caso de Guastavino, que a pesar de los reveses y de estar en la ruina total, de ser denigrado, marginado, no escuchado y desdeñado por las autoridades norteamericanas y otros arquitectos que lo veían como un charlatán, él nunca perdió la fe en sus ideas, porque sabía que tenían que funcionar. Muchas veces me pregunto, porque es increíble, cómo tuvo la fuerza para mantener la fe durante aquel calvario que fue llegar a Estados Unidos, intentar explicar que tenía un sistema de construcción antiguo a prueba de fuego que salvaría los edificios de los incendios y que por eso lo consideraban un charlatán. Lo llevaron al límite y resistió. Y esta es la palabra clave en la vida de Rafael Guastavino, porque estaba hecho de una pasta que aún en lo último de la ruina nunca lo abandonó el optimismo, el que inyectaba a toda su familia. No sabía qué iba a comer la siguiente semana, pero en medio de esa ruina, siendo el responsable de la situación familiar, siempre estaba contento y animaba a los que tenía a su alrededor. Alguien así es indestructible, como sus edificios, ¡a prueba de fuego! ¿Cómo se transforma la relación padre e hijo cuando se quedan solos en Nueva York?
Esa parte es para mí la más bonita, la clave del libro y meollo de la novela. Todo reposa sobre esa relación. No se puede entender que primero eran dos personas: Rafael Guastavino padre e hijo, que tenían el mismo nombre. Una relación muy curiosa.
Al principio llegan, el niño tiene diez años de edad y es la voz de su padre porque éste no habla inglés. Por eso el niño es el que habla y cuenta las bondades del sistema arquitectónico de su papá, quien toma la palabra en las reuniones con los grandes arquitectos y funcionarios del urbanismo de la ciudad de Nueva York, y por ello su papá lo trata como un adulto.
Pero cuando el niño crece, tiene 30 años y es responsable de más de 200 personas —entre diseñadores, arquitectos de una empresa enorme y que le hace viajar sin parar— el padre lo trata como un niño, porque no quiere que se vaya de su lado. Considero que este es el eje muy humano de la historia en “A prueba de fuego” y resume la relación entre padre e hijo.
Varias lecciones
¿Cuál es el legado que nos hereda Rafael Guastavino en cada uno de sus edificios, no solo los de Nueva York sino para el mundo entero?
Hay muchas lecciones que nos da Guastavino, y una de ellas es que lo ligero o simple es mejor. O sea, la arquitectura tiene que ser lo más ligera posible. Y sabía que tenía esa gran responsabilidad como arquitecto, a diferencia de otras artes.
Por ejemplo, si yo escribo un libro que no funciona o es malo, pues nadie lo lee y no pasa nada. Pero si un arquitecto hace un edificio horroroso, y mira que los hay, condena a toda una generación e incluso a varias a disponer de los espacios y no poderlos tirar, porque cuesta mucho hacerlo. De ahí que la responsabilidad de un arquitecto es enorme, y Guastavino era muy consciente de todo eso.
Pero, ya para contestar a tu pregunta, podríamos resumir en una frase que él decía que no hay que anteponer el ego del arquitecto el gusto personal a la belleza. No valen los caprichos en la arquitectura. Hay que tener en cuenta que cuando se trabaja en la arquitectura se hace para el público, la gente y la comunidad, y eso hay que tenerlo en cuenta. No es para lucirse.
El legado de un valenciano en Estados Unidos pesa tanto a pesar de los años que es difícil opacarlo o superar el título que lleva hasta hoy de “arquitecto de Nueva York”.
Así es. Rafael llega en 1881, siendo la segunda mitad del siglo XIX. Ahora queda como un gran arquitecto del pasado y su técnica todavía se emplea en muchas partes del mundo porque es tremendamente eficaz, pues no requiere de madera pues sus edificios se sostienen con ladrillos y cemento pegados. Hay que considerar que es una técnica que se ha modificado con las décadas, porque la arquitectura ha cambiado mucho desde esa época. Han pasado ya 200 años, por lo que ya se hacen los edificios de otra manera, ahora no tienen el alma que él les imprimía. Guastavino sienta las bases del modernismo.
El libro recurre también al género epistolar. ¿Qué tanto poder histórico puede haber en un conjunto de cartas en tiempos donde el poder de la palabra se encerraban en hojas dentro de un sobre y que ahora hemos olvidado con los avances tecnológicos?
Sin las cartas creo que no hubiese podido hacer el libro, porque yo no quería inventarme la vida de Guastavino, por el simple hecho de haberlo descubierto. En ningún momento quería fabular sobre él. Quería aportar algo a su biografía, datos que no se supieran y hacer un semblante de su vida lo más cerca posible a lo que pudo ser o fue. Es cuando encuentro unas cien cartas, que atesoraba un heredero de la familia Guastavino en Florida, que armo el libro pues fueron para mí una ventana abierta al alma de los personajes.
Hombres de convicciones
Así como sus edificios, ¿Rafael Guastavino fue un hombre a prueba de fuego que venció todo para lograr sus sueños?
¡Sí, por supuesto! Necesitaba construir de la misma manera que respirar, tanto que hacía unos presupuestos nefastos, porque su objetivo era construir la obra y le daba igual el resto, incluyendo el presupuesto. Por eso muchas veces se enredaba y no le alcanzaba el dinero, pues lo importante para él era mantenerse activo. Y prueba de ello es que su última obra fue también su última morada, La basílica de San Lorenzo en el centro de Asheville, Carolina del Norte.
Fue un hombre de acción hasta el final de sus días, un gran constructor y diseñador.
Fue una mezcla de arquitecto, constructor y artista. Algo que ya no se dio en el Siglo XX, tiempo de la híper especialización.
En tiempos de Covid y pandemia mundial ¿cómo hubiese actuado Guastavino y su visión arquitectónica?
Hubiese seguido trabajando, porque nada lo habría detenido. Y quizá habría empleado su talento en hacer edificios de salubridad social, porque él ya era un pionero en eso. El antecedente es haber ganado un concurso siendo muy joven, a los 20 años en Filadelfia, cuando aún vivía en Barcelona. Era un ensayo sobre la salud en los edificios industriales y cómo mantener la salud de los obreros.
Ya había previsto grandes entradas de luz natural, ventanales por donde entrara el aire, conceptos que se pondrían de moda un siglo después. Y sus grandes construcciones eran de hierro forjado y cristal, una auténtica maravilla y templos. Fue un hombre adelantado a su tiempo, por lo tanto hubiese profundizado en el tema y buscado cómo hacer edificios salubres. ¿Qué le dirías a nuestros lectores qué aún no se animan a leer “A prueba de fuego”? ¿Qué se van a encontrar en su interior?
Que no es una novela de arquitectura sino la historia de un hombre, en este caso Rafael Guastavino hijo, quien cuenta en primera persona su vida y la de su padre. Es la historia de un hombre que en el fondo fue abandonado por su madre y que quiere saber por qué. Es una historia en la que todo aquel que tenga una relación intensa con sus padres e hijos se sentirá identificado.— Renata Marrufo Montañez (@RenataMarrufo)
Sobre el escritor
Javier Moro nació en Madrid en 1955. Es escritor y periodista,
Estudió historia y antropología en la Universidad de Jussieu. Su narrativa ha sido galardonada en distintas ocasiones: en 2003 obtuvo el Christopher Award con “Era medianoche en Bhopal”.
El 2011, el Premio Planeta con “El imperio eres tú”, y en 2008, el Premio Primavera de Novela con “Mi pecado”.
Otros títulos suyos son “A flor de piel”. “El sari rojo”, “El pie de Jaipur”, “Las montañas de Buda”, “Senderos de libertad” y “Pasión india”.
