Presbítero Manuel Ceballos García
¡Tú eres el Mesías!”
En el centro de todo el escrito de San Marcos tenemos la profesión luminosa de fe de San Pedro, pero rodeada de dos grandes zonas de penumbra.
La primera área oscura envuelve a los discípulos y a la multitud presionados por la pregunta de Jesús: “¿Quién dicen que soy yo?”, que es visto según tres perfiles bíblicos diversos: Juan el Bautista, por su anhelo de verdad y de justicia; para otros, Jesús es Elías, el célebre profeta esperado para comienzos de la era mesiánica con el anuncio del juicio definitivo de Dios sobre la historia; y, para otros, Jesús es simplemente un profeta portador de una palabra divina, signo de esperanza para los más pobres de la Tierra.
Pero, San Pedro rompió todas aquellas definiciones proclamando que Jesús es “el Mesías”, una definición exacta pero todavía incompleta porque se entendía como un ser humano pero investido por la misión de ofrecer la palabra definitiva de Dios y de cerrar el camino de la historia. Por eso la respuesta de san Pedro es incompleta: Jesús no es solamente el Mesías, sino también “el Hijo de Dios”.
Todos los contemporáneos de Jesús querían un Mesías político que restaurara el trono de David y librara al pueblo de la dominación romana. Nadie pensaba en un Salvador que librara al hombre de la esclavitud del pecado; nadie pensaba que el Mesías cumpliera su misión redentora muriendo pacientemente en la cruz por toda la gente.
San Pedro, al confesar decididamente que Jesús es el Mesías, se elevó por encima de la opinión general de la gente, pero su fe era todavía imperfecta. Por eso pretendió disuadir a Jesús para que no emprendiera el camino de la cruz. Luego, Jesús prohibió a sus discípulos que vayan diciendo por ahí que él es el Mesías, porque quería evitar el riesgo muy probable de malentendidos en un pueblo que no era capaz de comprender el verdadero significado de su misión en el mundo.
El mismo camino de renuncia a sí mismo, de muerte, debe recorrer el que quiera ser discípulo de Jesús. Eso de “cargar con la cruz” significa que Jesús exige que, el que quiera ser su discípulo, tome su cruz y le siga. He aquí el más alto grado de mortificación, de renuncia voluntaria a los instintos de conservar la vida, los honores y las riquezas. El discípulo de Jesús no camina solo; no hace más que seguir al Maestro.
En este momento relatado por San Marcos, San Pedro no se resignó a la propuesta de Jesús de pobreza, de silencio, de debilidad y de muerte; San Pedro quería un Jesús triunfador e imperial; de ahí el reproche inmediato de Jesús: “¡Apártate de mí, satanás!”, lo que congeló sus ilusiones…
