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Presbítero Dr. Manuel Ceballos García

“¿Es lícito divorciarse?”

Los fariseos le pidieron a Jesús que se definiera en la polémica mantenida entre dos rabinos muy famosos, sobre el motivo suficiente para repudiar a la mujer, conforme a lo dispuesto por Moisés. Le plantearon el problema de raíz sobre la licitud o no del divorcio por parte del marido. San Marcos escribió para los romanos, a quienes no les interesaba la legislación mosaica sobre el llamado “libelo de repudio” entre los judíos, pero que, seguramente, les preocupaba el problema más radical del divorcio.

Jesús les preguntó qué ordenó Moisés y los fariseos respondieron correctamente; así se fijó el estado jurídico de la cuestión. Jesús no discutió este punto, pero interpretó esa ley como una concesión necesaria que hizo Moisés a causa de la dureza del corazón de los judíos, incapaces de guardar un orden moral más alto. Jesús, que no condenó a Moisés, denunció la dureza del corazón de los judíos y proclamó lo que fue en un principio y lo que debe ser el fin: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe nadie”.

Jesús no opuso una ley a otra; pero corrigió y completó lo que era todavía imperfecto en la ética del Antiguo Testamento, proponiendo las exigencias propias del Evangelio. El creyente no debe desoír esa palabra en la que se propone claramente cuál es la voluntad de Dios.

Jesús, pues, condujo a sus interlocutores hacia el horizonte positivo del amor matrimonial perfecto. Del texto del Deuteronomio (24, 1-4), relativo al procedimiento dado por Moisés sobre el divorcio con la relativa confirmación oficial de “repudio”, Jesús pasó al texto luminoso del Génesis en donde el amor se inscribe en la carne viva, es decir, en la existencia misma del hombre y de la mujer.

En dicho texto —Génesis 2— el ser humano de todos los tiempos se siente solo, sin una “ayuda semejante” o, como dice el texto hebreo, una ayuda “que le esté de frente”, una persona en la cual pueda fijar la mirada en un intenso diálogo del espíritu. Por lo tanto, la aparición de la mujer borró toda soledad: los dolores, las fatigas, las ansiedades y las alegrías del hombre ahora comenzaron a fundirse en el corazón de otra persona “semejante a él”.

El complemento de los dos sexos y la relación de amor se celebraron con el estupor del hombre enamorado que elevó al cielo el primero y el eterno canto de amor: “Esta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos”. Entre los dos se estableció una comunión tan profunda que lo hizo una única existencia, “una sola carne”, una unidad que ni se acabará ni siquiera con la muerte, porque “fuerte como la muerte es el amor”.

La propuesta de Jesús rompió los intrincados nudos de las controversias de los fariseos. Jesús no fija su atención en el fracaso sino en la norma fundamental positiva que está en la raíz del encuentro de amor matrimonial. El matrimonio es un ideal de donación integral que exige empeño, seriedad, amor auténtico y que no se puede anular por una dispensa o cuestiones subjetivas. EL matrimonio requiere alimentar continuamente la fidelidad.

 

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