Uno, dos, tres… por la adultez
Antonio Alonzo Ruiz(*)
Corría la mitad del año 27, los húmedos calores del verano de HaGalil influían ya notablemente en la piel y en el humor de las personas.
El fuerte clamor de las aguas del Yarden guardaba aún la demandante predicación del precursor que pedía un cambio por dentro —cambiar criterios para interpretar la realidad— y un cambio de conducta que hiciera creíble la buena nueva del Reino.
Yeshuá de Natzrat se encontraba en la región de Decápolis, pisando ya la frontera con HaGalil, caminando a las orillas del Yarden donde, meses atrás, se había despedido del Precursor.
El joven Johannes Marcus había ido en busca de Yeshuá para darle la noticia del perturbador suceso, del cual había sido testigo y que, con detalle, relató al Maestro.
Yeshuá al recibir la noticia de la muerte de Juan, su primo, lloró amargamente.
Sin embargo, el hondo pesar no le hizo perder ni el sentido de su misión ni la convicción de que la voluntad de su Abbá llevaba las riendas de la historia.
Más tarde, Yeshuá dijo a sus discípulos: “la semilla ha caído en el surco”.
Salieron pues y predicaron por toda aquella región y traían a los enfermos en camillas adonde oían que él estaba y, donde quiera que entraba, colocaban a los enfermos en las plazas y pedían siquiera tocarlo y cuantos lo tocaban quedaban sanos.
La muerte del Bautista, avisado lector, fue buena semilla que pronto comenzó a dar frutos abundantes.
Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento Saludable. WhatsApp: 9993-46-62-06. @delosabuelos Antonio Alonzo
“La muerte del Bautista fue buena semilla que pronto comenzó a dar frutos abundantes”
