Los mayas creían que al morir el espíritu se separaba del cuerpo y, una vez en el inframundo, podía gozar o sufrir según su conducta en vida

Las culturas maya y española no entraron en contacto entre sí sino en la primera mitad del siglo XVI, pero, aun distanciadas por el océano y por las diferencias históricas, ambas ya compartían ideas sobre lo que sucedía después de la muerte.

Que el espíritu subsistía a la desaparición del cuerpo físico y que aquél podía terminar en un lugar plácido o en uno de tormentos según la conducta que se tuviera en vida eran puntos en común entre las religiones maya prehispánica y cristiana.

Menos coincidentes eran las prácticas de enterramiento de los difuntos, a los que en el México actual se les comienza a recordar el 31 de octubre.

“Para los mayas antiguos, la muerte era una especie de vida; creían que el alma persistía después de la muerte”, recuerda el antropólogo Indalecio Cardeña Vázquez, presidente del Círculo de Estudios Humanísticos de Yucatán, A.C.

Jerarquía

El deceso no acababa con las diferencias de clase. “Los dirigentes eran considerados dioses, semidioses o enviados de los dioses; a la muerte de ellos se pensaba que podían renacer después de un tiempo como deidad o regresar con aquélla de la cual decían descender o ser enviados”, explica.

Las almas de la gente común, añade, se dirigían al inframundo, donde tenían un destino que dependía de su actuar en vida: las de las personas virtuosas llegaban a un sitio de gozo donde abundaban el alimento y la bebida, “incluso aquello de lo que hubieran carecido” en su existencia material, y las de las viciosas se iban al estrato más bajo, el Mitnal —vocablo de origen náhuatl con el que se le nombraba en la Península—, donde pasaban penurias.

En ese sentido, Cardeña Vázquez recuerda que en su “Relación de las cosas de Yucatán” fray Diego de Landa escribió que quienes llegaban al Mitnal eran “atormentados por los demonios” y pasaban por “grandes necesidades de hambre y frío y cansancio y tristeza”.

“También”, continuaba el fraile, “había en este lugar un demonio, príncipe de todos los demonios, al cual obedecían todos y llámanle en su lengua Hunhau y decían (que) estas mala y buena vida no tenían fin, por no tenerlo el alma”.

En los enterramientos también se evidenciaba la diferencia social. Indalecio Cardeña indica que los restos de los gobernantes podían colocarse en una construcción especial, como lo fue el rey Pakal en el Templo de las Inscripciones, en Palenque. “Pakal consideraba que renacería como el joven dios del maíz”.

Quienes no tenían esa jerarquía eran enterrados bajo el piso de las casas, ya fuera directamente o puestos dentro de una vasija de barro grande con tapa. “Esa casa era abandonada y se construía otra en el mismo terreno o al lado”, apunta.

“Se puede deducir a partir de documentos coloniales que eran tenidos en mucha estima en la memoria”, subraya.

Miedo a la muerte

De acuerdo con los relatos de fray Diego de Landa, los mayas tenían “mucho, obsesivo temor a la muerte” y cuando alguien fallecía “era cosa de ver las lástimas y llantos que por sus difuntos hacían y la tristeza grande que les causaban”.

La aflicción continuaba por días y “hacían abstinencias y ayunos por el difunto, especialmente el marido o la mujer, y decían que se lo había llevado el diablo, porque de él pensaban que les venían todos los males, en especial la muerte”.

Siempre de acuerdo con el religioso, el cuerpo era amortajado y en la boca se colocaban maíz molido y piedras que se usaban como moneda “para que en la otra vida no les faltase que comer”. Era inhumado en el interior o detrás de la casa junto con “algunos de sus ídolos”.

La “gente de mucha valía” era incinerada y sus cenizas, colocadas en vasijas grandes “y edificaban templos sobre ellas”. Entre las demás personas principales, a los padres fallecidos se les elaboraban estatuas de madera con un hueco a la altura del colodrillo —parte posterior y baja de la cabeza—, por donde se introducían las cenizas de alguna parte del cuerpo que se elegía para incinerar. Posteriormente, esta parte era cubierta con la piel desollada del colodrillo del finado. El resto del cuerpo era inhumado.

Cardeña Vázquez afirma que los fallecidos eran enterrados con acompañantes. “En el caso de los dirigentes, eran sirvientes que se sacrificaban en ese momento para que los atendieran después de la muerte. Para las personas comunes se sacrificaba un perro”.

En el panteón maya era Ah Puch el dios de la muerte. “Se le representa como un esqueleto y puntos negros que significan la putrefacción del cuerpo”, precisa el antropólogo.

Ixtab era a su vez la deidad del suicidio por ahorcamiento y de las mujeres que morían durante las labores de parto.

Altares

Cardeña Vázquez hace notar los puntos de coincidencia del cristianismo y las creencias precolombinas, que, “junto con las ideas medievales que todavía gravitaban en el pensamiento europeo (a la llegada de los españoles a América), como la costumbre de conmemorar a los difuntos en noviembre y poner ofrendas, hacen que vaya surgiendo la idea de los altares para los difuntos”.

“Hay estudios contemporáneos que señalan que la conmemoración actual de los fieles difuntos tiene más rasgos medievales europeos que indígenas”, dice.

Sin embargo, agrega, todavía prevalecen ideas de la cosmovisión maya, como que al regresar al mundo material las ánimas están hambrientas, de ahí la necesidad de colocar comida en los altares según el momento del día.

Hasta hace algunos años se tenía asimismo la costumbre de limpiar la casa y lavar la ropa “para que cuando las ánimas lleguen no vean que todo está sucio” y ellas decidan ordenarlo.— Valentina Boeta Madera

“Hay estudios contemporáneos que señalan que la conmemoración actual de los fieles difuntos tiene más rasgos medievales europeos que indígenas”

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