El maestro Juan Carlos Lomónaco dirige a la Orquesta Sinfónica de Yucatán en el cuatro programa de su XXXVI temporada de conciertos

Con Schumann y Brahms ofrece su cuarto programa

Con raíz germana e intensamente romántica se elaboró la esencia que florecería como centro tutelar del cuarto recital de la XXXVI temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, que tuvo lugar anteanoche en su sede, el teatro Peón Contreras.

El maestro Juan Carlos Lomónaco determinó ubicarnos ante los textos de dos románticos que fueron entrañables amigos —Roberto Schumann y Johannes Brahms—, obras instaladas en la esfera de sus respectivas etapas de aprendizaje, cuando todavía invocaban ese mercurio creativo que es el único en afianzar las excelencias.

Para 1841, don Roberto poseía cierto renombre por inolvidables piezas para el piano, su instrumento predilecto. A instancias de su esposa Clara —principal admiradora y sin límites— había experimentado faenar en la música de cámara (tríos, cuartetos y demás), pero en lo íntimo deseaba ampliar sus horizontes hasta alcanzar el género de la sinfonía, considerada entonces la suprema forma musical.

A diferencia de Mendelssohn, bajo cuyas órdenes laboraba en Leipzig, don Roberto se hallaba limitado en las disciplinas —armonía, contrapunto, transporte— que permiten intentar la orquestación de piezas extensas combinando ritmos, desarrollando temas, maniobrando tiempos, logrando coloraturas memorables.

Por lo tanto, Schumann se entregó con tesón al estudio y alcanzó cierto éxito con su primera sinfonía, pero, cuando inició de inmediato un segundo y más ambicioso intento, el trabajo se volvió arduo y trabajoso. En vez de una sinfonía en toda forma obtuvo una sinfonietta, conocida ahora como Obertura, scherzo y final Op 52 que fue la que escuchamos como inicio.

Aseguran los expertos y los aficionados a la obra de Schumann que es posible advertir en los tres movimientos, pero sobre todo en el final, la lucha del compositor por dominar las formas y poner a cubierto su torrente sentimental. Alguien indicó que desea ser clásico en cuanto a la forma, pero lo arrastra el ímpetu romántico.

La versión de nuestra orquesta fue equilibrada y elocuente. Nos permitió asomar, como detrás de un biombo, al afán indagador de don Roberto.

El público disfrutó el texto inicial, plenamente romántico en efusividad y colorido, rítmicamente dominante; aceptó la agilidad danzable del trío que brilla en el scherzo, muy bien enfocado, así como el control armónico de la poco compleja experiencia polifónica que refleja el momento final.

Hora de Brahms

Brahms era muy joven todavía cuando obtuvo el puesto de director de coros en el principado de Detmold, en cuya biblioteca existía un tesoro de nocturnos, divertimentos y serenatas de los siglos XVII y XVIII que se dio a la tarea de estudiar con genuina curiosidad para captar los secretos estructurales de sus antecesores clasicistas. Aquel era un archivo de piezas de ocasión para divertir a una nobleza ociosa.

Cosecha de aquellas pesquisas fue la Serenata No. 1 en Mi menor op 11 en la que reinan los instrumentos de aliento y que pasó por etapas de duda y numerosas etapas instrumentales hasta llegar a la versión en seis movimientos y cuarenta y cinco minutos de duración que nuestra orquesta nos regaló después del intermedio con la supresión de un doble minueto.

No cabe duda que don Johannes supo reanimar una forma de diversión palaciega que ya estaba casi en desuso. Utilizó danzas populares más próximas a su época con detalles originales como ese solo de trompeta en el allegro inicial, el empleo evocador del corno en numerosos instantes, sobre todo en el segundo scherzo, así como traviesos “diálogos” entre alientos y cuerdas en el Adagio con aire de nocturno.

Se escucha al joven que aspira a maestro utilizando formas ya obsoletas, pero dándoles, con atrevida prudencia, su propia voz, todavía naciente. Más que doblegar la imagen del pasado, Johannes intenta revivir las armonías acercándolas a la musculatura romántica, expresando los atributos optimistas y libertarios del siglo XIX con sus afanes de progreso. Nuestra orquesta recibió prolongados aplausos por la bien equilibrada versión que nos ofreciera.— Jorge H. Álvarez Rendón

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