Presbítero doctor Manuel Ceballos García
“Hemos venido a adorarlo”
Se dice en este relato de San Mateo que se trata de “Belén de Judá” para distinguirlo de otro pueblo situado en tierras de Zabulón y, sobre todo, para subrayar que Jesús nació en la tierra de sus padres como convenía al “Hijo de David”.
Por otra parte, San Mateo no dice que aquellos personajes fueran reyes. Lo importante en este caso es que, la confluencia de todas las esperanzas del mundo señalaban a Jesús como salvador universal, de judíos y de no judíos. Estos personajes, a quienes tradicionalmente llamamos “reyes”, representan las esperanzas de los paganos, de los extranjeros. En todo el Oriente se esperaba en aquellos tiempos que comenzara la “edad de oro” bajo el señorío de un monarca universal.
Lo que Mateo quiere decirnos en este relato, es que Jesús fue aceptado por los extraños y rechazado por los suyos, los judíos. La astucia de Herodes, que se finge interesado por adorar a Jesús, pone al descubierto una táctica bastante generalizada por los poderosos de este mundo. Muchos han sido los que desde entonces han fingido proteger la fe, cuando, en realidad, lo que desean es controlarla o acabar con ella. Por eso no podemos ser ingenuos.
Los personajes que aparecen en el relato de San Mateo encarnan la universal espera mesiánica, auténtica coordenada humana del existir; son personificaciones del eterno anhelo del ser humano que solo en Dios puede encontrar paz.
“Y tú, Belén, de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo, Israel”. Es Israel el depositario de esta guía; sin embargo, encerrado en su torpeza y en su indiferencia, Israel no supo descifrar su sentido más profundo. Y el pastor enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel será descubierto solamente por estos personajes extranjeros, “venidos de Oriente” y destinados a sentarse a la mesa en la alegría de la comunión con Dios.
En efecto, San Mateo subraya la “grandísima alegría” con que los magos acogen la revelación mesiánica destinada a ellos, mientras que se va delineando el símbolo del rechazo encarnado en el rey Herodes, y “con él toda Jerusalén”.
Los magos entraron en el humilde palacio de este rey, vieron a la madre del Mesías y, en el centro, al niño ante el cual se arrodillaron para adorarlo, mientras le ofrecían sus regalos. Así, la historia de estos personajes se convirtió en un emblema para todos los que, bajo la guía de la razón y de la palabra de Dios, buscarán al Señor con corazón sincero.
