La Biblia nos recuerda que somos hechura de las manos de Dios y que el hombre y la mujer tienen una tarea de colaborar en la obra de la procreación, por el mandato de “Sed fecundos y multiplicaos, henchid la tierra” (Gn 1,28). Dios es el autor de toda vida y pide ese cuidado sobre todo ante la vida humana, que incluso es valorada como “sagrada” (cf Gn 9,6).

“El hombre, a quien Dios ha confiado todo lo creado, dándole libertad e inteligencia, en su discernimiento entre el bien y el mal, debe saber trazar sus propios confines (o límites). Una vez más el hombre tiene que elegir entre transformar la tecnología en un instrumento de liberación o convertirse en su esclavo, introduciendo nuevas formas de violencia y sufrimiento”.

En la realidad que vivimos actualmente, en la que se insiste tanto en los derechos humanos y se pide dar a conocer los resultados de lo que se realiza, no puede ser aceptada la clonación humana porque sería una actitud racista, discriminatoria, selectiva, que contradiría también el compromiso de “los hijos que Dios les dé”.

El proyecto de eugenismo y toda forma semejante de discriminación resulta en la actualidad rebatida con principios humanos y espirituales que no dejan pie a ninguna acción que contradiga el principio de igualdad y dignidad de la persona humana en cualquier etapa de la vida en que se encuentre.

Se ha hablado de que en caso de continuar experimentando con la clonación y las intervenciones semejantes sobre la reproducción sería un reto a Dios para crear un alma y para alterar la historia personal e irrepetible, por el simple hecho de querer volver a crear un ser humano “idéntico” al que se aprecia y quiere sostener por algún motivo importante, que de todos modos resulta muy relativo.

Cada ser humano trae sus características y el más deficiente y que no puede valerse por sí mismo merece más atención, cuidado, respeto, cariño. Toda actitud de desprecio o rechazo a los de capacidades diferentes representa una injusticia tremenda y una falta de caridad, que contradice la advertencia de Jesucristo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).

La imaginación y curiosidad humana ha llevado a especular sobre posibles intervenciones a favor del ser humano integralmente considerado, pero también ha dado pie a numerosas desviaciones que no pueden ser pasadas por alto.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, doctorando en Bioética

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán