Por: Franck Fernández Estrada(*)
Sabido es que la menor distancia entre dos puntos es una línea recta. Pero si entre el punto A y el punto B encontramos un obstáculo, ya no es válido este axioma. Ha sido la razón por la que, desde la antigüedad, el ser humano ha tratado de facilitar la comunicación entre dos cursos de agua a través de un canal. Lo vimos en la época de los antiguos egipcios. Los egipcios comerciaban con reinos del Océano Indico y decidieron unir su río Nilo al Mar Rojo. Más adelante, en Grecia, incluso en la época en que Grecia fue provincia romana, se pensó hacer el canal de Corinto, lo que habría evitado circunvalar la península del Peloponeso. Famosa fue la construcción del Canal de Suez, que sí fue de gran utilidad para el comercio internacional en la medida en que, con unos pocos kilómetros a la izquierda de la península del Sinaí, se evitaba circunvalar el continente africano, que no es cosa menor.
Con el ímpetu logrado por la construcción del Canal de Suez, el gobierno griego de la época decidió llevar a buen puerto el milenario proyecto de construcción del Canal de Corinto. También con el aura que le había otorgado su construcción, la Compañía del Canal de Suez tuvo la intención de hacer lo mismo en Panamá. Sabemos cuáles son las consecuencias de todo este manejo por los franceses, las vicisitudes a las que se tuvieron que enfrentar puesto que unos cuantos kilómetros de arena, que fue lo que se encontraron en Suez, no era lo mismo que algunos kilómetros de selva tropical, montañas y un enemigo temible: el mosquito Aedes aegypti, con su horrible secuela de fiebre amarilla.
Al fracasar en sus intentos la Compañía del Canal de Suez, los derechos fueron comprados por los norteamericanos que, con el descubrimiento realizado por el doctor Carlos Finlay, cubano, podía ser controlado el vector de la fiebre amarilla. El éxito de la construcción del Canal de Panamá fue tal que, de inmediato, se pensó que Cuba podía también contar con su canal. La idea era dividir a Cuba en un lugar de su territorio que no excede los 80 km. Es decir, entre la Bahía de Cárdenas y la Bahía de Cochinos, tan célebre por los posteriores eventos de 1961.
La idea era hacer un canal con un ancho de 40 metros y 15 de profundidad, lo que permitiría que barcos de gran tamaño y eslora pudieran atravesarlo. Así, los barcos procedentes del Canal de Panamá (es decir, todos aquellos que venían de Asia, de la costa occidental de los Estados Unidos y de Sudamérica) podían llegar a los puertos occidentales de los Estados Unidos sin tener que emprender el Estrecho de Yucatán ni el Paso de los Vientos, que separa la isla de Cuba de La Española. El detalle es que esto sería válido solo para puertos de la Florida y Georgia. A un barco que viniera del Canal de Panamá le eran más directo ir por el Estrecho de Yucatán si la intención era llegar a los puertos de Mississippi o de Texas.
El proyecto nació tan temprano como en 1906, pero se concretizó solo en 1954 cuando el gobierno de Fulgencio Batista y Zaldívar lo publicó como proyecto de ley el 14 de agosto de 1954 en la Gaceta Oficial de la República con el número 1618. El nombre del proyecto era “Canal Vía Cuba”. Se le otorgaban todos los derechos de construcción y de explotación a la empresa norteamericana “Compañía del Canal Atlántica al Mar Caribe S.A.” por un periodo de más de 99 años de operación. Se mencionaba que había ganado la licitación ante otros dos competidores. El canal habría costado unos 400 a 700 millones de pesos cubanos que, como todos sabemos, en aquella época era equivalente su valor al dólar norteamericano.
Los detractores llamaban al proyecto “Canal Rompe Cuba”, no “V?ía Cuba”. Gran opositor fue José Antonio Echevarría, presidente en ese momento de la Federación Estudiantil Universitaria, quien abogó mucho por la no realización de este proyecto. Los que estaban en contra alegaban, no sin razón, que de esta forma se dividía la isla beneficiando a empresas particulares. También muchos economistas argumentaban el hecho de que no era válido para barcos que tuvieran como destino puertos del norte de nación norteamericana como Nueva York o Boston. También alegaban que este canal arruinaría con aguas salinas las fértiles tierras de la llanura de Colón, en el centro de la provincia de Matanza. Tierras que, por demás, en nuestros días se encuentran improductivas.
El trayecto debía seguir la ruta de un canal de drenaje que ya había sido realizado en el pasado y cuyo nombre era Canal El Roque. El centro de la provincia de Matanzas sufría frecuentes inundaciones, entre otras razones, por el paso de los ciclones. Esto ocasionaba la pérdida de los cultivos, amén de los trastornos de salud para los pobladores de la región, esa fue la razón de este canal de drenaje. A pesar de todo, el gobierno de Batista alegaba, lo que también es cierto, que este canal atraería una zona libre, hoteles, casinos, zonas industriales y vivero de empresas, trayendo grandes ganancias y trabajo para los nacionales. Si vemos los enormes dividendos que obtiene Panamá después de la firma del tratado Torrijos-Carter, podemos entender de lo que estamos hablando. Claro, el Canal Vía Cuba nunca hubiera tenido la importancia que tiene el Canal de Panamá.
Otro alegato del gobierno era que, para su construcción, se le hubiera dado trabajo a medio millón de cubanos durante el tiempo de su construcción y varios miles después con el funcionamiento. El Canal Vía Cuba hubiera sido una zona militarizada, controlada por la Marina de Guerra. Esto debido a su importancia estratégica para la seguridad del hemisferio americano en caso de conflicto contra un enemigo.
La “Compañía del Canal Atlántica al Mar Caribe S.A.” tenía el derecho de confiscar las tierras y desalojar a sus propietarios o arrendatarios. Esta compañía estaría exenta del pago de impuestos, recibiendo el Estado solo el 1% como royalties de las entradas brutas. Desde mi punto de vista sí habría sido un importante logro a largo plazo si consideramos la atracción turística, la zona libre de impuestos y el vivero de empresas e industrias que habrían recibido los alrededores del canal.
Lo importante a considerar en toda esta historia es el papel activo que tuvieron las revistas “Carteles” y “Bohemia”, de gran circulación en aquella época no solo en Cuba, sino en el resto de América Latina. Sirvieron de tribuna a todos aquellos que estaban en contra de este proyecto, prestando sus páginas para dar a conocer sus reclamos. El país realmente no estaría dividido por una franja de 40 metros de ancho. La unidad cubana necesitaba mucho más que eso para que el país se dividiera en este y oeste. Es necesario señalar lo que logró la sociedad cubana mediante el uso pacífico de la palabra contra la dictadura de Fulgencio Batista cuando podemos ver cómo son tratados los que osan hoy en día manifestar su descontento, por muy pacífica que sea la forma, ante la realidad actual de Cuba.
(*) Traductor, intérprete y filólogo; correo electrónico: altus@sureste.com
