El presbítero Raúl Moguel Urtecho, quien fue a la gloria de Dios el pasado 11 de junio, fue ejemplar. Entre sus encomiendas estuvo ser párroco de Maní de 2004 a 2008 y ahí pudimos convivir con él y ver su trabajo.
A pesar de que vivo en Mérida, por mi mamá (q.e.p.d.) y mi familia, que viven en Maní, convivimos mucho con él.
Era un sacerdote muy emprendedor, que visitaba a las familias, tenía buen carácter y era humilde: no le importaba si solo comían chaya, atún o frijol; él aceptaba con gusto y alegría cuando las familias lo invitaban a almorzar.
Era el sacerdote que siempre daba confesiones a la hora que se le necesitara, era el pastor que llevaba al Santísimo Sacramento a los barrios, se sentaba a confesar y posteriormente realizaba la procesión hacia la parroquia en el Centro.
Recuerdo que en una fiesta de Corpus Christi, llegando con la Sagrada Eucaristía, al colocar la Custodia en el altar mayor se desmayó; aunque gracias a Dios no pasó a más.
Era el sacerdote que se preocupaba mucho por su parroquia. Ahí en Maní vivió una época un poco difícil, pues la gente se había distanciado por un tiempo de la Iglesia; sin embargo, al llegar el padre Raúl con su paciencia y humildad los fieles comenzaron a regresar poco a poco logrando formar nuevamente varios apostolados.
Cabe mencionar que hizo equipo con cuatro religiosas de la congregación de las Misioneras Hijas de la Madre Santísima de la Luz (¡gracias, hermanas!). También ellas visitaban casa por casa todos los días para invitar a participar.
Gracias a Dios se logró que la gente se acercara nuevamente, porque Maní siempre ha sido un pueblo muy católico, colaborador, entusiasta y a la gente le gusta rezar, cantar y colaborar con su párroco.
Entre otros recuerdos del padre, conviviendo con él vi que se pegaba en la frente y sonriente decía: “Maní de mis dolores”. Podría enumerar muchas cosas más del padre Raúl, pero será en otra ocasión.
Personalmente le decía “el cura de Ars”, refiriéndome al gran santo San Juan María Vianney, patrono de los párrocos y sacerdotes.
A unos días de su fallecimiento, lo recordamos con cariño y admiración. Con nuestra fe, confiamos en que ya está en el Cielo con Dios y, junto con muchas personas que lo conocimos y convivimos con él, nos atrevemos a considerarlo como un ejemplo de santidad.
