Uno de los tesoros más grandes de la monarquía británica, que ayer perdió a su gran lidereza, la reina Isabel II, son las llamadas Joyas de la Corona, que constituyen la colección más completa de ajuar real del mundo, indica el sitio web Royal Collection Trust.
Su larga historia, que abarca casi mil años, y su continuo uso ceremonial en el servicio de coronación y en la Apertura Estatal del Parlamento los convierten en una de las expresiones de la magnificencia soberana.
Las Joyas de la Corona comprenden una serie de artículos desde orbes, cetros y coronas, hasta platos de altar de oro y plata dorada. Todos están íntimamente relacionados con el estatus. La más antigua de ellas es la cuchara del siglo XII utilizada para la unción ritual del soberano en la coronación.
Hoy día, las Joyas de la Corona consisten en gran parte en las piezas notables realizadas para la coronación de Carlos II en 1661, y posteriormente complementadas en momentos definitivos de la historia monárquica. Diseñados con materiales singularmente preciosos, incorporan algunas de las piedras preciosas más famosas del mundo.
La corona de San Eduardo es la más importante y sagrada de todas las coronas. Solo se utiliza en el momento de coronarse.
El magnífico marco de oro macizo pesa 2.23 kg y está adornado con piedras semipreciosas.
Esta pieza se hizo para la coronación de Carlos II en sustitución de la corona medieval fundida por los parlamentarios en 1649, tras la ejecución del rey Carlos I.
Se decía que esta corona medieval perdida pertenecía al santo real del siglo XI, el rey Eduardo el Confesor.
La corona de San Eduardo fue utilizada por última vez para coronar a la reina Isabel II en 1953.
Del Estado Imperial
En la colección también sobresale la corona del Estado Imperial, la cual usaba la monarca cuando salía de la Abadía de Westminster después de la coronación. También se utiliza en otras ocasiones estatales, incluida la apertura estatal anual del parlamento.
La pieza se hizo para la coronación del rey Jorge VI en 1937, reemplazando la corona hecha para la reina Victoria en 1838, indica Historic Royal Palaces.
Esta corona está hecha de oro, contiene 2,868 diamantes, 17 zafiros, 11 esmeraldas, cuatro rubíes y 269 perlas, y pesa más de un kilogramo.
Si bien la corona y sus joyas nunca han sido tasadas oficialmente, se calcula que su valor ronda los tres a cinco mil millones de libras.
Joyas famosas
La pieza contiene algunas de las joyas más famosas de la colección: el rubí del Príncipe Negro, el diamante Cullinan II así como los zafiros de Stuart y de San Eduardo.
El rubí del Príncipe Negro está ubicado en la parte frontal de la corona. En realidad, no se trata de un ribí, sino una piedra semipreciosa llamada bala o espinela.
Según se puede leer en el sitio web, la piedra fue entregada en 1367 a Eduardo, el Príncipe Negro, hijo del rey Eduardo III, por Pedro el Cruel, rey de Castilla, quien tomó el rubí de un rey musulmán de Granada.
El diamante Cullinan II, de 317.4 quilates, está engastado en la banda frontal de la corona. Es la segunda piedra más grande tallada en Cullinan Diamond.
El gobierno de Transvaal, en el actual noreste de Sudáfrica, entregó el diamante sin tallar a Eduardo VII en su cumpleaños número 66 en 1907. El obsequio simbolizó las buenas relaciones entre las dos naciones después de la Guerra de Sudáfrica.
El zafiro de Stuart está colocado en la parte posterior de la corona. Pudo haber pertenecido al rey Carlos I, cuyo hijo James II, sacó la joya de contrabando del país cuando fue depuesto durante la Revolución Gloriosa de 1688. El zafiro regresó a Inglaterra y fue colocado en la corona en 1838.
En la parte superior de la corona hay una cruz patada, en cuyo centro está el zafiro de San Eduardo, que fue usado en un anillo por San Eduardo el Confesor y descubierto en su tumba en 1163.
Las Joyas de la Corona se mantienen bajo vigilancia armada en la Casa de las Joyas en la Torre de Londres.
