“Murió también el rico y lo enterraron”

Los dos personajes de la narración representan dos situaciones diametralmente opuestas: la acomodada del rico y la incómoda del pobre. El rico aparece aquí como un hombre cuyo ideal consiste en disfrutar de todo sin tener en cuenta a nadie.

Lázaro, por su parte, es el pobre a quien el rico ha olvidado, pero de quien Dios sí se acuerda. Lo que ciertamente no recibía Lázaro era la menor prueba de un amor humano. Lo que el rico le negaba al pobre Lázaro se lo concedían, a su manera, aquellos perros que venían a lamerle las llagas.

Abraham no atiende la súplica del rico y le hace ver que la diferencia entre su estado y el de Lázaro es una exigencia de la divina justicia. Tampoco serviría enviar un mensaje a sus parientes para advertirles del peligro que corrían, pues el que no escucha a los profetas, tampoco escucha, aunque le hable un muerto resucitado. Muchos vieron los milagros de Jesús y, sin embargo, no creyeron en él.

No debemos reducir la enseñanza de esta narración ejemplar a una enseñanza sobre la justicia de Dios, que premia a los buenos y castiga a los malos. Se trata de una severa amonestación a cuantos buscan la felicidad en las riquezas porque creen que se pueden salvar. Las riquezas materiales esclavizan y apartan de Dios, impide escuchar a los profetas, y cierra los ojos para ver la necesidad de los pobres.

Así pues, hoy escuchamos esa parábola que solo san Lucas nos ha conservado, la única de Jesús que tiene un personaje con nombre propio, Lázaro. Ante la muerte caen todas las defensas, todos los honores, todos los engaños y todas las fortunas económicas.

En realidad, esta parábola de Jesús entreteje en su interior una serie de significados que debemos resaltar y que se transforman en otros tantos llamados a la conciencia cristiana de cada uno de nosotros. Ante todo hay una evidente simpatía por una característica constante del mensaje de san Lucas que se asocia a la indignación por la vulgaridad de los excesos del rico.

Pero, también se da el vuelco de los destinos a la hora de la muerte, para introducir una antítesis entre el presente escandaloso de la historia en el que “se pisotea como polvo de la tierra la cabeza de los pobres” (Amós 2, 7), y el futuro del Reino de Dios en el que los pobres serán glorificados y los ricos tendrán el sufrimiento…

Para concluir la parábola tenemos la religiosidad del milagro fácil, encarnada por el rico Epulón —que para salvar a sus semejantes quiere que Dios recurra al prodigio estrepitoso de la resurrección de un muerto—, y, por otra parte, la religiosidad que se basa en la predicación de la Palabra de Dios.

 

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