“Cómo ganar afecto y simpatía en cuatro cómodas lecciones” es el libro que puede escribirse tras el festejo, ayer, de los cincuenta años de laboriosidad artística de don Salim Alcocer Lixa, a quien conocemos más bien como Tío Salim, amigo de todos, pero, en especial, de los niños.

En el teatro Mérida —desde hace unos años llamado Armando Manzanero— una multitud de admiradores se congregó ayer al mediodía para seguir un programa que fue resultado de la colaboración fructífera de amigos del mago y ventrílocuo a quien hemos recibido desde la pantalla de televisión, por las ondas de la radio y numerosas presentaciones personales.

Bajo la mirada coordinante del actor Juan Ramón Góngora y guión de Joaquín Pat, con presentador tan experimentado como don Mario Chacón Medina, el espectáculo conmemorativo, “Fiesta y fantasía”, se subdividió en cuatro estampas que sumaron placeres para la vista, el oído y la imaginación recuperativa del pasado.

Casi repleto el lunetario de esa joya del art decó que fue el cine Mérida, fundado en 1949, ante numerosas familias con sus retoños, don Mario recibió a la concurrencia después de un vídeo realizado por Herbert Perera sobre el medio siglo del tío Salim como animador, mago, ventrílocuo y impulsor de causas de beneficio social.

El primer cuadro, chinesco, con el dragón milenario y un par de danzantes con paraguas (Cindy Cabrera y Alix Alcocer) contó con la simpática danza de un mandarín de ocho años y finalizó con la actuación del enigmático mago Puruxón Li.

El público descubrió pronto, al levantar una mascada, que el tal Puruxón no era otro que el mismo homenajeado en su faceta de mago con todos los elementos usuales en estos actos que desafían la vista y dan fe de la veloz digitación del comediante. El tío Salim, sin decir media palabra, se echó al público a la bolsa, hizo aparecer rostros de asombro y desvaneció las pocas dudas que restaban sobre el afecto de los yucatecos hacia el Tío.

La segunda estampa corrió a cargo del payasito Franky con sus afamadas marionetas. Chicos y grandes disfrutaron una atractiva rutina que incluyó un trapecista, el Negrito Bailarín de aquel Cri Cri, la rumberita –“¿Qué le pasa a mi niña?” – y el portentoso Gustavito que le hace la competencia a su manejador.

El tercer eslabón del homenaje se sostuvo en las artes del mago Rigel y un niño de siete años llamado Noel como su espontáneo colaborador. Movimientos intrigantes y velocidad de manos bajo un ovillo de niebla, Rigel —de estricto smoking— llevó el placer al auditorio con números de aros, globos, pañuelos y demás.

Para finalizar, conforme al plan inicial del homenaje, que nació como sugerencia del maestro Ariel López y otros integrantes de la llamada Generación de oro del canal 13, integrado por antiguos camarógrafos, técnicos, artistas y guionistas de aquella empresa, se representó en el escenario un cuadro rememorativo de los programas que el tío Salim transmitía para sus sobrinos cada semana.

Hubo una mesa, cámaras, invitados, y desde luego la pareja de Globito y Bizcochito, emblemas de la empresa galletera que patrocinó numerosas presentaciones de don Salim Alcocer Lixa a través de los años.

De sus tres muñecos —Rufino, el conejo Max y el viejo Cuxo— el tío Salim seleccionó al primero para el acto final de su despedida y justo antes de la entrega de reconocimientos por parte de la generación áurea y la Policía del Estado.

Rufino fue la voz para agradecer la fidelidad del público en estas bodas de oro profesionales del Tío con un oficio que —con humorismo sano, educativo y ejemplar— le permitió llegar a los hogares como un amigo y un maestro.

Don Rufino finalizó cantando “La muñeca fea” de Gabilondo Soler con un cuadro vistosamente adornado con luces coloridas.

El público abandonó la sala con la convicción de haber presenciado un acto de justicia y gratitud hacia un artista sumamente querido y respetado.— Jorge H. Álvarez Rendón.

 

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