A la distancia, con la pantalla en el medio, se percibe la intensidad de Carla Guelfenbein. Responde con entusiasmo, con compromiso. Se entiende entonces el origen de la prosa vitalizante —por directa, sin rebuscamientos— de “La naturaleza del deseo” (Alfaguara, 2022), su más reciente novela.

Es la historia de una relación apasionada. De amor carnal, sí; pero también intelectual, cómplice y —cada quien en su ciudad de residencia— filial.

Guelfenbein concede que la naturaleza del deseo que plantea es sombría, pero también hay luz en ella. “En ese sentido, yo diría que hay una continuidad en mi obra en esta novela”, le dice al Diario. “En otro aspecto, evidentemente estoy entrando en ámbitos nuevos, como por ejemplo es primera vez que exploro muy profundamente lo erótico; pero la muerte, la pérdida, la orfandad son temas que me han rondado desde mi primera novela y ésta es la novena”.

La relación de él y ella, los protagonistas, se sostiene con llamadas por teléfono, correos electrónicos y mensajes de texto, pues habitan en ciudades —en continentes— diferentes. Para verse presencialmente viajan a urbes que no son de habitual las suyas. Ella, escritora, existe con el duelo de un hijo fallecido, con una niña aún pequeña y con un exmarido de trato respetuoso. Él, abogado, lo hace con una esposa, dos hijas y una nieta.

La novela es el recuento que ella hace de ese idilio, de cómo nace, crece y agoniza, con palabras que suenan a una amiga cercana que nos actualiza sobre su vida.

“Es una voz no solo en primera persona, sino que se expone a sí misma sin ningún tipo de tapujos, sin ningún pudor. Es casi como si estuviera hablando consigo misma”, dice Guelfenbein.

“Es una mujer intelectual que se ve involucrada en esta pasión completamente irracional. Entonces, intenta buscarle palabras, encontrarle una lógica, asirse a ciertas cosas seguras para poder seguir viviendo en el fondo, porque es una situación compleja: primero, viene de un duelo; luego, protegida como está emocionalmente, se ve arrastrada por esta pasión”.

“En ese intento el personaje termina siendo muy, muy cercano, es como si estuviéramos escuchando no solo sus sentimientos, sino también sus pensamientos en el momento que están siendo pensando. Eso produce una ilusión muy grande de cercanía y, por supuesto, es intencional”.

Intencional es también nombrarlos solo por sus iniciales —él, F; ella, S—, a diferencia de los demás personajes, de los que sabemos que se llaman Maggie, Christopher, Noah, Elisa… “Creo que tiene mucho más fuerza cuando dices F y S, pasan a ser tan únicos”, reflexiona la escritora. “Porque si fueran Fernando y Soledad pasarían a ser los tantos cientos de Fernando y Soledad..; pero F y S son ellos. Al mismo tiempo, son todos los amantes… Hay un afán de universalizar, despersonalizar, pero en el camino, no intencionadamente, los personalicé muchísimo”.

Ciudad sin nombre

Tampoco se nombran las ciudades donde se encuentran, aunque su descripción podría ayudar a identificar a algunas. “Está la decisión literaria de que los encuentros se van a producir en ciudades diferentes. La geografía no es una que empieza a amaestrarse, a domesticarse, a ser reconocida. Cada uno de sus encuentros es como iniciar de nuevo en una geografía desconocida, al menos como pareja”.

“Pero, al mismo tiempo, es un telón de fondo, es decir, son ciudades que le quitan presencia al espacio: al cambiar de lugares, el espacio se vuelve un ente abstracto en el cual en primer plano están ellos. Hacer desaparecer los puntos cardinales y dejarlos a ellos flotando juntos en esta suerte de amor y guerra a la cual se enfrentan”.

Al igual que la autora, los personajes tienen raíces en Chile: F es originario de ese país; S, nacida en Inglaterra, es hija de exiliados. A través de ellos la patria se evoca con sabor dulciamargo. “Hay ciertos elementos que hermanan a S conmigo, por ejemplo que es escritora y que vivió el exilio en Inglaterra, yo viví 10 años en Inglaterra con mis padres. Pero hay esa mirada que es parte de mi identidad como mujer, como escritora, que es el desarraigo. Todos los personajes padecen de desarraigo; en mis nueve novelas no hay uno que pertenezca a nada”, señala.

“Esta mujer también; a pesar de que nace y vive en Londres, tiene esta disociación: la herida de sus padres que es el exilio y, a pesar de que ella nace después, vive esa herida, es parte de su identidad; conoce muy poco Chile, pero la patria de sus padres y abuelos está presente en su confusión de identidad. Eso es algo que le traslado a mi personaje, porque es algo que yo digo: yo soy bien chilena, pero tampoco soy bien chilena, estoy siempre dudando”.

“Es algo que tiene ver con mi familia y el desarraigo intrínseco: mis abuelos huyeron de Ucrania a Chile por los pogromos; una generación después mis padres tienen que huir de la dictadura de Pinochet porque son perseguidos por sus ideas. Mis abuelos son perseguidos por ser judíos; mis padres son perseguidos por sus ideas, y después estoy yo (ríe). Esa confusión de identidad o rabia de la no pertenencia, de un exilio que llevo a cuestas genéticamente, eso, sin duda, está en ella”.

Sentido

Nueve novelas y contando. ¿Tiene sentido seguir escribiendo libros en tiempos de redes sociales?

“Si vale seguir escribiendo en este mundo en el cual hay una rapidez, una falta de paciencia…”, repite la pregunta afirmándola. “No sé, pero es mi existencia, yo no sé hacer otra cosa, no sé vivir de otra manera que no sea escribiendo”.

“Al final es una respuesta existencial, muy personal, yo no puedo decir en términos universales si vale la pena o no vale la pena, yo no tengo otra opción”.

“En la mañana estaba leyendo unos textos de Clarice Lispector que hablan sobre esta obsesión, necesidad y, al mismo tiempo, futilidad de esta obsesión. Porque la mitad de lo que uno escribe va a parar al tacho de la basura, en el caso de ella y, en el caso mío, en el espacio”.

“¿Vale la pena pasarse una mañana pensando en cómo combinar esas tres palabras que están vibrando en tu interior? A mí me vale la pena simplemente porque me da un sentido de mi existencia, más allá de eso no lo sé. Y, probablemente, no”.— Valentina Boeta Madera

 

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