Brazos abiertos para todas las ansiedades humanas, el Cristo de la Unidad dominaba el presbiterio de la Iglesia Catedral de Mérida a las ocho horas de ayer.
Los bronces convocaron a celebración. Misa de aniversario de la fundación de la urbe con los dos cabildos, el eclesiástico y el civil. Desde su cátedra, el arzobispo Gustavo Rodríguez Vega. En la nave central, en banca delantera, el alcalde Renán Barrera Concha acompañado por familiares y colaboradores. Asistieron también representantes del gobierno del Estado.
En una nave lateral, el cronista observa con afecto a un grupo de frailes franciscanos, sucesores de aquellos resueltos predicadores que alentaron el Evangelio en la amplitud de este solar con la fundación de conventos y jornadas de conversiones comunales.
Histórico fue el entorno. Apenas podemos imaginar —en el devenir de las centurias— cuántas ceremonias de acento feliz o desventurado habrán tenido lugar en este mismo espacio. Se podría afirmar que la evolución de la ciudad palpita entre las enormes columnas y bajo la cúpula. Desde el siglo XVI hasta la fecha.
A 481 años de la decisión del adelantado Montejo de asentar capital sobre la ruinosa Tho, de aquel cuadrado original de traza simple y pragmática, Mérida se ha fragmentado y extendido —sobre todo en los últimos cien años— por sus cuatro rincones originales.
Presentes ante las efigies de los santos patronos —Ildefonso y Bernabé— ciudadanos y autoridades han realizado un modesto acto de gratitud dentro de una línea de costumbre que marcha cronológicamente con la génesis y desarrollo de la propia Mérida.
La liturgia se desarrolla con el acompañar de música orquestal y vocal que vuelve celestial lo terrestre. Piezas sacras con fugaces giros del barroco, el clasicismo o la actualidad, de Haendel, Mozart, Cesar Franck o el marista Alejandro Martín. Instrumentos y tesituras bajas y altas nos remitieron a cascadas de glorias y aleluyas. Tomaron parte la Orquesta de Cámara y el Coro de la Ciudad, así como el grupo coral catedralicio.
Los maestros Russell Montañez Coronado y Nidia Góngora Cervera dirigieron, respectivamente, orquesta y coro citadinos. Fue Omar Waller, maestro de capilla, el encargado de las voces desde el coro alto. Fueron solistas Mariana Echeverría (soprano), Luis Dorantes (tenor) y Ricardo Moo (al piano).
Pronuncia el Arzobispo la homilía de la Epifanía del Señor que se adecua a la festividad cívica. Día en que la nueva ciudad se mostró al mundo, con esperanza de sucederes afortunados, nidal de mestizajes, fundamento de una sociedad progresivamente más democrática y solidaria.
Ese “podéis ir en paz” conclusivo ha llegado con un dejo de ilusión. Ojalá así fuese. Que la serenidad se abatiera sobre el materialismo y los frecuentes egoísmos. Que la impunidad jurídica disminuyese en pro de muchas inocentes vidas. Olviden los jóvenes su egocentrismo hedónico y aprendan la lección del compromiso.
Entre el aromar del incienso y los últimos cánticos —Aleluya, aleluya—, el Cristo de la Unidad —madera de abedul madurada solo desde la fe sencilla— permanece en sus alturas aguardando, como víctima divina, todo aquello que a este núcleo meridano le depare el porvenir.— Jorge H. Álvarez Rendón
