En una comida familiar por la graduación de la nieta de unos amigos, al agradecer públicamente el estar presente para celebrar y alegrarse por tan esperado evento, la voz del abuelo se quebró sutilmente y aquel frágil quiebre de sus cuerdas vocales que expresaba emoción me afectó a mí y a muchos de los presentes.

Se me hizo un nudo en la garganta y algunas lágrimas aparecieron en mis ojos.

En cuanto el abuelo calló, se llenó la sala de un breve y respetuoso silencio.

Emociones como las del abuelo y las mías y las de todos los presentes esa tarde parecen estar interconectadas; cuando se activan, reaccionan como en cadena en cada uno de nosotros de manera muy parecida.

Mi tristeza parecía ser igual que la tristeza de mi buen amigo e igual que la tristeza de todos los presentes; llevamos milenios interpretando la tristeza y otras emociones de esta manera.

En las dos últimas décadas, con la neurociencia de las emociones hemos aprendido más acerca de ellas que en los dos milenios anteriores y hoy sabemos que las emociones develan misterios humanos que la razón no alcanza.

La teoría clásica de la emoción nos dice que todos llevamos emociones incorporadas desde el nacimiento; que son fenómenos definidos e identificables en nosotros.

Cuando algo nos impacta nuestras emociones se desencadenan con rapidez como si alguien hubiera apretado un botón. ¿Qué es lo que realmente ocurre? Pregunté a los abuelos.

Psicólogo clínico, UVHM. Tutor Salud Mental y Espiritualidad para Adultos. WhatsApp: 9993-46-62-06. TutorSaludMental

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